Periodista cultural, crítica literaria y escritora, Eva Cosculluela reconstruye en El club de las modernas (Seix Barral, 2026) la historia del Lyceum Club Femenino, una experiencia pionera que reunió a mujeres decididas a ampliar los límites que la sociedad de su tiempo les imponía.
Entre proyectos educativos, iniciativas sociales y una intensa actividad cultural, aquellas pioneras defendieron ideas que hoy parecen evidentes, pero que hace un siglo resultaban profundamente revolucionarias.
Hoy, Cosculluela las recuerda en el nuevo episodio de Autoras de palabra con Rosa.
Hay libros que nacen de la fascinación y otros, diría, de la incomodidad. ¿Qué te produjo exactamente el descubrimiento del Lyceum? ¿Admiración, rabia, perplejidad?
Un poco de todo. Por un lado, fascinación al descubrir que había existido una asociación pionera del feminismo que reivindicaba para las mujeres un espacio propio y entendía la cultura como un motor de transformación social.
Pero también sentí mucha rabia. Me preguntaba cómo era posible que supiéramos tan poco de ellas, que no aparecieran en los libros de texto y que hubiera tan poca información disponible. Cuando empecé a investigar, encontré materiales dispersos y tuve que acudir a las memorias de las propias fundadoras para reconstruir su historia.
Así que convivían ambas sensaciones: la admiración por lo que estaba descubriendo y el enfado ante la injusticia de que hubieran sido prácticamente borradas de la historia.
Eva Cosculluela es la protagonista de este episodio de 'Autoras de palabra con Rosa'.
Estamos hablando de una época en la que surge una generación poética como la del 27.
Sí. Nadie duda de la calidad de Alberti, Lorca, Salinas o Cernuda. Pero yo reivindico que muchas de las mujeres que estaban escribiendo poesía entonces ocupen también el lugar que les corresponde: Concha Méndez, Ernestina de Champourcín, Carmen Conde, Josefina de la Torre y muchas otras poetas de su generación.
Cuando se construyen las antologías que terminan conformando el canon desaparecen casi por completo.
Y eso, desde luego, no puede ser fruto del azar; responde a una decisión deliberada.
¿Crees que seguimos reivindicando a estas mujeres a través de los hombres?
Desde luego. 100 años después seguimos hablando de Zenobia Camprubí como la mujer de Juan Ramón Jiménez. María Lejárraga empieza a reivindicarse más, pero continuamos viendo a María Teresa León como la compañera de Alberti. Seguimos definiéndolas en función del varón que tenían al lado.
Hay una anécdota muy reveladora. Cuando Concha Méndez se casó con Manuel Altolaguirre, el periodista Samuel Ros escribió: 'Dos poetas, dos artistas; ya veremos cuál de los dos se sacrifica por cuál'.
En el libro aparecen gestos que hoy pueden parecer mínimos —fumar, quitarse el sombrero o hablar en público—, pero que entonces tenían una enorme carga simbólica. ¿La verdadera revolución empieza en el cuerpo?
Sí, y también en la ocupación del espacio público. Muchas de las cosas que hicieron las mujeres del Lyceum eran profundamente políticas, aunque ellas afirmaran mantenerse al margen de la política y de la religión.
Siempre he pensado que aquella cláusula de sus estatutos fue una decisión muy inteligente para evitar obstáculos. Porque, en realidad, empezaron a hacer política desde el primer momento. Inauguraron su sede en noviembre de 1926 y apenas unos meses después ya estaban impulsando iniciativas para reformar el Código Penal.
También impulsaron la Casa de los Niños, precursora de las guarderías públicas; facilitaron el acceso a la cultura y la formación; y reivindicaron el derecho de las mujeres a ocupar un espacio propio, hablar en público y organizarse de manera autónoma.
Supieron disfrazar de normalidad gestos profundamente revolucionarios.
En realidad, estamos hablando de políticas sociales.
Claro. Eran políticas sociales, pero seguían siendo políticas. No tenían nada que ver con los modelos asistenciales más tradicionales de la época, basados en la beneficencia o la caridad. Aquí hablamos de proyectos que buscaban transformar las condiciones de vida de las personas.
Hoy nos parece normal que existan guarderías públicas o recursos para conciliar, pero en aquel momento era algo profundamente innovador. En la Casa de los Niños, las madres trabajadoras podían dejar a sus hijos mientras iban a trabajar.
Allí recibían alimentación, atención médica, vacunas y cuidados básicos. También se formaba a las madres en hábitos de higiene y salud para prevenir enfermedades en el hogar.
Eva Cosculluela ante el objetivo.
Y, sin embargo, a menudo se las ha acusado de ser un movimiento exclusivamente burgués.
En este caso resulta difícil sostener esa crítica. Estamos hablando de mujeres que trabajaban para mejorar la vida de otras que tenían menos recursos y menos tiempo, especialmente las obreras.
Además, entendían que la educación y la cultura eran herramientas de transformación social. En muchos aspectos estaban abordando cuestiones que hoy relacionaríamos con la perspectiva de género en la salud. Organizaban conferencias y actividades para explicarles cuestiones relacionadas con la menstruación, el embarazo, el puerperio o la crianza.
Ellas quisieron que las mujeres pudieran acceder a información rigurosa de la mano de médicos y especialistas.
Por eso creo que sí, que la transformación empezaba también por el cuerpo. Supieron entenderlo muy pronto y articular respuestas muy avanzadas para su tiempo.
Dentro del Lyceum convivían mujeres con ideologías muy distintas: republicanas, monárquicas, liberales... ¿El feminismo funcionaba entonces como una conciencia compartida que estaba por encima de esas diferencias?
A mí me parece un ejemplo enorme de generosidad. Había diferencias políticas, religiosas e ideológicas muy profundas. Había monárquicas y republicanas; católicas fervientes y no practicantes.
Sin embargo, fueron capaces de dejar esas diferencias a un lado para trabajar juntas en aquello que las unía: la mejora de la condición de la mujer y la transformación de la sociedad.
María Teresa León decía que querían adelantar el reloj de España.
Por eso intentaron construir una red de apoyo mutuo que llamaron fraternidad femenina y que hoy identificaríamos con la sororidad.
En un momento como el actual, tan marcado por la polarización, resulta admirable ver cómo mujeres con diferencias tan profundas fueron capaces de encontrar un objetivo común y trabajar juntas por él.
¿Y por qué crees que hoy cuesta más encontrar ese espíritu de consenso?
No lo sé. Lo que sí percibo es que hoy existen concepciones muy distintas del movimiento por la igualdad y que eso genera fricciones. A mí me incomoda pensar en el feminismo como algo monolítico. Creo que hay tantos feminismos como mujeres.
Cada una llega a él en un momento distinto y lo ejerce como sabe o como puede. Hay quien milita en organizaciones, quien sale a la calle y quien lo practica a través de gestos cotidianos. Todo eso me parece valioso.
Por eso creo que es un error pensar que existe una única forma legítima de ser feminista o que alguien puede repartir carnés de feminismo. Cada mujer lo vive de manera diferente y toda contribución suma.
La autora de 'El club de las modernas'.
Has citado ejemplos muy concretos del Lyceum: la Casa de los Niños, el trabajo con personas ciegas, la formación de mujeres. ¿Crees que hemos perdido de vista ese tipo de objetivos?
Creo que a veces se plantea el movimiento como una confrontación con los hombres, y para mí eso es un error. Nos necesitamos mutuamente. Si queremos seguir avanzando hacia la igualdad, necesitamos que ellos formen parte de ese proceso.
Como decía Angela Davis, el feminismo es la idea radical de que las mujeres somos personas. No queremos ser más que los varones ni estar por encima de ellos; queremos ser iguales.
Y eso, que debería resultar perfectamente normal, sigue sin estar plenamente asumido.
Muchas de aquellas mujeres libraban una doble batalla: contra el machismo estructural de la época y también contra la condescendencia de hombres que se consideraban modernos y progresistas.
Muchos de aquellos intelectuales fueron figuras extraordinarias. Ortega, Marañón y otros pensadores de la época contribuyeron a modernizar España y fueron auténticos visionarios en muchos aspectos.
Sin embargo, cuando se trataba de la igualdad encontraban sus propios límites. Les resultaba muy difícil aceptar que las mujeres pudieran ocupar exactamente el mismo espacio intelectual que ellos.
Ellas empezaron a reclamar algo completamente distinto: estudiar, trabajar, escribir, intervenir en la vida pública y formar parte de los mismos lugares que los hombres.
Por eso la respuesta de estas mujeres fue tan poderosa. No respondieron con consignas, sino haciendo cosas.
Su respuesta fue hacer cosas y responder con hechos. Y quizá esa sea una diferencia con nuestro tiempo.
Creo que hoy también existen muchas organizaciones que trabajan de esa manera. Lo que ocurre es que vivimos en una época muy polarizada, en la que todo se convierte en un arma arrojadiza contra el adversario político.
Además, asistimos al auge de posiciones que cuestionan avances que parecían consolidados y que estarían más cómodas con un modelo de mujer subordinada y silenciosa. En ese contexto, el feminismo vuelve a ser una palabra que algunos intentan demonizar, igual que ocurrió hace 100 años.
Por eso creo que tenemos la responsabilidad de defenderlo con firmeza. Nos va mucho en ello.
La Guerra Civil acaba con el Lyceum. ¿Destruyó solo una institución o también una posibilidad distinta de país? ¿Qué consecuencias culturales tuvo esa ruptura?
Las mujeres del Lyceum decían que querían adelantar el reloj de España. Y, durante los 10 años que existió la asociación, lo consiguieron en muchos aspectos.
La Guerra Civil interrumpió ese proceso de forma abrupta. En agosto de 1936 el Lyceum deja prácticamente de funcionar porque muchas de sus integrantes parten al exilio.
Durante la contienda, la sede permanece intacta, pero al terminar el conflicto es incautada por Serrano Suñer y entregada a la Sección Femenina.
La periodista reivindica la historia de la primera asociación cultural y feminista de mujeres que hubo en España.
Después de haberlas criticado por hacer exactamente eso.
Exactamente. La diferencia estaba en el contenido. Ya no se trataba de educar a las mujeres en ciudadanía, derechos o cuestiones relacionadas con su autonomía personal. La formación pasaba a centrarse en las labores domésticas, la cocina, la moda o el papel de la buena esposa.
Cambió por completo la perspectiva. Aquello supuso un frenazo para ellas, pero también para la sociedad en su conjunto. Y después llegaron 40 años en los que muchos de los avances conseguidos durante la República desaparecieron.
No fue sólo una interrupción: fue una marcha atrás. Mujeres que habían conquistado derechos civiles fundamentales los perdieron de nuevo. Por eso el impacto de aquella ruptura fue tan profundo.
¿Te encontraste con alguna contradicción durante la investigación?
Muchas. Una de las primeras tiene que ver con la imagen que se ha transmitido de ellas. A menudo se las ha presentado de forma despectiva como 'las maridas', féminas privilegiadas vinculadas a hombres influyentes. Sin embargo, lo que encontré fue algo mucho más complejo: dedicaron tiempo, dinero y energía a proyectos destinados a mejorar la sociedad.
También me interesó comprobar hasta qué punto la política atravesaba una asociación que, en apariencia, era sólo cultural. Dentro del Lyceum convivían sensibilidades ideológicas muy distintas y eso generó debates.
Me llamó mucho la atención reconstruir qué estaban haciendo algunas de sus fundadoras el 14 de abril de 1931. Mientras unas celebraban la proclamación de la República, otras se quejaban de que las multitudes les impedían llegar a una cita. Es una imagen que recuerda que nunca existió una unanimidad absoluta.
La periodista cultural, crítica literaria y escritora.
¿Llegó a tambalearse el proyecto?
Sí. Los ataques fueron constantes. La Iglesia veía con enorme recelo una iniciativa como el Lyceum.
Ellas fueron muy inteligentes desde el principio. Nombraron presidentas de honor a la Reina y a la duquesa de Alba porque entendían que su apoyo les ofrecía protección. Y aun así recibieron críticas feroces.
La Junta de Damas llegó a escribir a la segunda preguntándole cómo podía respaldar una asociación que, según sus detractores, atentaba contra el orden establecido.
Las dos apoyaron el proyecto en sus primeros años. Después las circunstancias políticas cambiaron. Con la llegada de la República, la Reina abandona España y la duquesa de Alba se desvincula del Lyceum. El duque de Alba donó parte de los fondos que permitieron crear la biblioteca de la institución.
