Lana Corujo, autora de 'Han cantado bingo' (Reservoir Books, 2025).

Lana Corujo, autora de 'Han cantado bingo' (Reservoir Books, 2025). Diego Radamés

Protagonistas

Lana Corujo: "A veces es muy difícil decir: 'Mamá y papá me dan miedo'. Es más fácil decir: 'Hay monstruos en mi cuarto'"

La ilustradora presenta Han cantado bingo, una historia que se adentra en las zonas más oscuras de la infancia a través de la relación entre dos hermanas.

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Lana Corujo, nacida en Lanzarote, es ilustradora y escritora. Han cantado bingo, publicada por Reservoir Books, es su primera novela, una historia que se adentra en las zonas más oscuras de la infancia a través de la relación entre dos hermanas.

Con una escritura que evita el juicio y los grandes gestos dramáticos, aborda cuestiones como la violencia dentro de los vínculos familiares, la pérdida y el descubrimiento de la muerte, siempre desde la mirada de quienes intentan comprender aquello para lo que todavía no tienen palabras.

Convertida en una de las revelaciones editoriales de los últimos años, la novela ha superado los 20.000 ejemplares vendidos y suma ya 11 ediciones gracias al respaldo de los lectores y al boca a boca.

Las relaciones entre hermanas suelen contarse desde el afecto o el conflicto. Sin embargo, tú las sitúas en un terreno más incómodo. ¿Qué querías conseguir con eso?

Lo que me interesaba era llegar a la tensión que existe entre ambas partes. Creo que no somos personas exclusivamente buenas o malas, sino que transitamos una gran complejidad emocional.

En la infancia, además, las etiquetas aparecen muy pronto: eres una niña ruin, pesada o inquieta, y eso te encasilla rápidamente en un lugar del que luego es muy difícil desprenderse.

Con Lanzarote ocurre algo parecido. Es un territorio que ha sido muy romantizado, del que a menudo sólo se extrae lo positivo. Pero cuando vives allí también descubres la otra cara.

Me interesaba establecer esa analogía entre el paisaje insular y el familiar, explorando sus dos dimensiones.

La escritora se cita con Magas para participar en el pódcast 'Autoras de palabra con Rosa'.

La escritora se cita con Magas para participar en el pódcast 'Autoras de palabra con Rosa'. Diego Radamés

Cuestionas la imagen idealizada que durante años se ha construido de Canarias. ¿Qué te interesaba explorar de esa experiencia de crecer en una isla?

Me incomoda que se nos vea únicamente como un destino de sol y playa. Recuerdo que, cuando era pequeña, iba a la costa, pero también miraba la piscina privada del hotel de al lado y deseaba estar allí. Esa imagen se me quedó grabada porque habla de una convivencia extraña con el turismo.

Soy de una generación que ha crecido con ese boom. Mis padres conocieron el antes y el después de la isla; yo sólo he conocido lo segundo. Y eso hace que una se pregunte qué lugar puede ocupar dentro de todo lo que está ocurriendo.

Además, crecías escuchando que había que irse. Y ahí aparece una contradicción extraña: cuando yo pensaba en Lanzarote no veía sólo volcanes; veía el patio de mi abuela, mi habitación, los lugares cotidianos. Y, sin embargo, parecía que el mundo empezaba en otra parte.

¿Irse era una forma de libertad?

Sí. Recuerdo pensar que estudiar fuera y llegar a una ciudad donde nadie me conociera me acercaría a la libertad.

Pero luego descubres que no todo lo que te limita tiene que ver con el lugar del que vienes. Hay cosas que viajan contigo.

¿Hay algo reconocible en esa necesidad de ser mirada dentro de la familia?

Sí, porque al final ocupamos roles, ¿no? La hermana mayor, la pequeña, el padre, la abuela... Son lugares que nos tocan, no que decidimos.

Y creo que aprendemos a convivir con ellos y a establecer las distancias de seguridad que nos permiten habitar un espacio más o menos amable dentro de lo que significa la familia.

También siento que, igual que ocurre con el paisaje, tendemos a mirar solamente la versión limpia y buena de los hogares. Pero, desgraciadamente, también hay hechos y situaciones que suceden, y los miembros pueden llegar a comportarse mal. Creo que me interesaba explorar también esa parte.

Entre las hermanas siempre se generan códigos propios, casi secretos. ¿Qué tipo de poder existe en esos espacios que los adultos no alcanzan a ver?

Creo que tiene que ver con la libertad de encontrar a un igual que te comprende. Al fin y al cabo, la comunicación entre el mundo adulto y el infantil no siempre se daba con facilidad. Había una especie de muro entre ambos. No existía tanto ese acompañamiento de explicar las cosas, de poner palabras a lo que ocurría.

Y siento que, cuando eso pasa, los niños rellenan los huecos con imaginación. Completan lo que no entienden. No les importa hacerlo. Y cuando tienen un cómplice con quien expandir ese universo, un hermano suele ser la primera persona con la que ocurre.

Lana Corujo frente al objetivo.

Lana Corujo frente al objetivo. Diego Radamés

Hay emociones que marcan la infancia y que muchas veces no tienen una forma clara. El miedo es una de ellas. ¿Qué te interesaba explorar a través de ese sentimiento?

Me interesaba mucho el temor como un concepto elástico. Cuando era pequeña, tenía mucho, pero ahora que soy adulta tengo todavía más. Quizás porque siento que las amenazas son más reales y están más cerca.

Cuando somos pequeñas, los miedos tienen formas difusas. Casi siempre pertenecen a un mundo imaginario que, de algún modo, también nos atrae, incluso dentro del terror que nos genera.

Y creo que en la novela este se coloca en una visión imaginada porque es muy complicado colocarlo en una real. A veces es muy difícil decir: 'Mamá y papá me dan miedo'. Es más fácil decir: 'Hay monstruos en mi cuarto'. Esas criaturas acaban sosteniendo el castigo, el reproche o aquello que no podemos nombrar directamente.

El ocio y el miedo parecen estar mucho más cerca de lo que solemos pensar. ¿Qué relación existe entre ambos durante la infancia?

Al recordar los juegos que hacía de pequeña, me di cuenta de que muchos eran bastante tenebrosos.

Hay algo muy pegajoso en el miedo cuando somos niñas. Quizá porque siempre podemos correr y volver a un lugar seguro, como la familia o un amigo. Hay una exploración constante, pero también un regreso a esa base segura.

Y siento que, cuando vamos creciendo, empezamos a mirar esos temores desde otra óptica. Por eso me interesaba que aquello que parece amenazante al principio sea el juego, cuando en realidad el peligro acaba llegando por otro lado.

Más allá de la inocencia, ¿qué crees que se pierde cuando dejamos de ser niñas?

Hay una pérdida de la capacidad de asombro. De que las cosas nos sorprendan, de que la mirada se despierte y se quede pasmada ante algo.

En la infancia hay muchos sobresaltos, tanto positivos como negativos, y una mente muy preparada para buscar explicaciones. Según vamos creciendo, estos van ocupando un lugar más lejano.

Y a veces me da pena, porque en el proceso artístico intento conservar el asombro. Siento que este siempre puede llevarte a un hallazgo.

Hay violencias que no se reconocen fácilmente porque se filtran en los vínculos y en lo cotidiano. ¿Qué ocurre cuando resulta tan difícil identificarlas?

Es muy complicado hacerlo y también protegerse de ellas. Cuando nadie te acompaña en ese descubrimiento —y creo que aquí los adultos tenemos un papel fundamental a la hora de mirar, integrar y acompañar a las infancias— aparece una vulnerabilidad muy grande.

Y cuando la violencia cae dentro de los vínculos familiares, es todavía más difícil señalarla. A un niño o una niña le cuesta mucho cuestionar las estructuras que están por encima porque las entiende como figuras de apego y de cuidado.

Por eso resulta tan difícil nombrarlas como agentes peligrosos o como personas que también pueden causar daño.

Y a veces lo que ocurre es que se busca a un igual. Y este, de la misma forma en que puede convertirse en un confidente, también puede acabar siendo un saco de boxeo, como sucede con las hermanas.

Nunca terminas de mostrar del todo el acontecimiento que está en el centro de la historia. Te interesan más sus efectos que el propio hecho. ¿Por qué?

Porque sabía que, si explicaba exactamente lo que había pasado, la historia iba a ir por otro lado. Yo quería construirla desde la consecuencia.

También me interesaban los personajes poliédricos. No buscaba escribirlos desde el juicio, desde un 'tú actúas bien' y 'tú actúas mal', sino desde la complejidad que supone equivocarse, darse cuenta, querer arreglar las cosas...

Porque los padres también crecen. No son figuras estancas que permanecen iguales en el tiempo. También cambian y pueden replantearse muchas cuestiones.

Me interesaba construir personajes que estuvieran moviéndose continuamente entre el bien y el mal, por así decirlo.

La escritora conversa con Rosa Sánchez de la Vega.

La escritora conversa con Rosa Sánchez de la Vega. Diego Radamés

¿Qué lugar ocupa la muerte en la infancia?

Creo que hay un momento muy importante: cuando eres consciente de que vas a morir. Al menos a mí me pasó. Y entonces entras en una especie de bucle existencial preguntándote qué viene después.

Hay mucho miedo en esa toma de conciencia, en entender que estamos aquí de paso. Y, al mismo tiempo, aparece la pregunta por lo que habrá después.

Para mí la muerte sigue siendo un misterio. En mi casa, por ejemplo, se habla muy poco de ella. Y en Han cantado bingo fue una forma de entregarme a ese misterio para ver dónde me llevaba.

¿Cuándo descubriste que íbamos a morir?

Con unos siete años. Una compañera me dijo que, cuando falleciéramos, no habría más.

Y ese 'nunca jamás' empezó a hacerse enorme en mi cabeza. Pensaba: no podré comerme un helado, ni jugar, ni hacer nada.

Recuerdo que sus palabras me impactaron muchísimo y que me quedé callada durante horas.

¿Por qué crees que en tu familia se hablaba tan poco de la muerte?

Creo que porque no sabemos muy bien cómo hacerlo. Tampoco se enseñó a las generaciones de mis padres a acompañar el duelo y, cuando eso pasa, muchas veces acabas viviéndolo en silencio.

También existe el miedo a incomodar a los demás. Parece que hablar de quienes ya no están sólo puede traer dolor, cuando también puede ser una forma de recordarlos.

Mi abuela murió cuando yo tenía 10 años. Recuerdo a mi madre devastada porque había perdido a su madre, y yo a mi primera amiga mayor.

Pero no podía llorar delante de ella. No quería hacerle más daño. Lo hacía sola, por las noches, con la almohada.

Has hablado de tu abuela y del gesto de cantar bingo, pero también de una forma muy particular de transmitir. ¿Qué herencia te interesa cuando no pasa por lo material, sino por lo vivido?

Pienso que, si ella me legó algo, fue la forma de contar historias. Me contaba muchísimas y lo hacía de una manera tan divertida que me dejaba completamente atrapada. Bastaba una conversación pequeña entre dos personas.

Siento que eso he querido conservarlo siempre porque me recuerda a ella de una manera muy bonita.

Y también me interesaba plantear que hay herencias que podemos elegir mantener y otras de las que podemos desprendernos. Que también existe la posibilidad de decir: 'Yo llego hasta aquí'.

¿Crees que podemos desprendernos de la herencia?

Me gusta pensar que sí. Y creo que también tiene que ver con mi generación.

Estamos más acostumbrados a hablar de lo que ocurre dentro de casa y a pedir ayuda. Ese acompañamiento te permite poner nombre a muchas cosas y preguntarte: '¿Esto lo quiero para mí o no?'.

También entiendo que para la generación de mis padres no era tan sencillo. Muchas veces se cargaba con determinadas cosas porque nadie te ayudaba a nombrarlas.

Cada vez se habla más de salud mental y de la importancia de pedir ayuda.

A mí la terapia me salvó. Tengo trastorno obsesivo-compulsivo desde que era muy pequeña. Recuerdo que encendía y apagaba la luz una y otra vez porque pensaba que, si no lo hacía, algo malo podía ocurrirle a mi familia.

Durante mucho tiempo eso se interpretó como cosas de niños. Pero cuando ya con veintipocos años llegué a un equipo de profesionales y alguien le puso nombre a lo que me ocurría. Hubo un antes y un después.

Entenderlo me permitió empezar a gestionarlo. Por eso creo que todos deberíamos tener acceso a alguien que nos escuche y nos guíe para identificar lo que nos pasa. No hace falta atravesar una catástrofe para necesitar ayuda.

La novela nació de una forma muy íntima de contar historias, pero ha terminado encontrando muchísimos lectores. ¿Qué crees que ha ocurrido?

La verdad es que todavía no lo sé. Esta siempre me ha acompañado, pero yo venía del mundo de la ilustración y publicar me daba mucho miedo. Soy una persona bastante reservada y pensaba que tendría poco público. De hecho, esa idea me tranquilizaba porque me daba libertad para hacer lo que quisiera.

Lo que ha pasado después ha sido muy bonito. Creo que el libro ha circulado gracias a recomendaciones genuinas: entre hermanas, amigas, madres e hijas, clubes de lectura... Yo hice el ejercicio creativo en su momento, pero siento que han sido los lectores quienes le han dado esta vida. Y lo recibo como un regalo.

'Han cantado bingo' se adentra en las zonas más oscuras de la infancia a través de la relación entre dos hermanas.

'Han cantado bingo' se adentra en las zonas más oscuras de la infancia a través de la relación entre dos hermanas. Diego Radamés

¿Has tenido que tomar distancia de todo lo que ha sucedido alrededor de la obra?

Sí. Cuando explotó de repente, me encontré pensando: 'Yo nunca he vivido algo así y no sé cómo gestionarlo'.

De hecho, volví a terapia. Era extraño regresar por algo positivo, pero necesitaba entender cómo atravesar todo aquello. Quería que, cuando terminara, pudiera recordarlo con cariño.

Por eso también puse ciertos límites. No busco reseñas ni sigo constantemente lo que se dice del libro. Con lo que me quedo es con los encuentros en persona y con las conversaciones que genera. Luego dejo que la obra siga su camino.

¿Qué significa para ti una silla?

Simboliza justo lo contrario de lo que representa en la novela. Allí funciona como una barrera, pero para mí es el lugar que mis padres me dieron para poder sentarme.

Mi padre trabaja la madera y, cuando éramos pequeños, nos hizo a mi hermana y a mí una mesa y dos sillas. La mesa se perdió, pero las sillas se conservaron.

De hecho, llevo una silla tatuada por mis padres. Leí una frase de una artista argentina que decía: 'Si paro, me caigo'. Y yo siempre he pensado lo contrario: que puedo parar y no caerme porque tengo una silla donde sentarme.

Esa silla es todo lo que mis padres construyeron para que mi hermana y yo pudiéramos descansar, coger aire y seguir adelante cuando lo necesitáramos.

¿Cómo habría sido una vida sin hermana?

Ay, en mi caso es muy difícil imaginarla.

Creo que habría sido mucho más complicada. Yo era una niña muy introvertida y no tenía muchas amigas. Ella fue, inevitablemente, mi primera confidente.

Además, hay algo que he entendido mejor con los años: la importancia que ocupa una hermana en tu vida muchas veces se comprende de adulta.

Yo nunca sentí juicio en sus ojos. Y creo que encontrar a una persona con la que puedes ser completamente transparente, sobre todo cuando te da tanta vergüenza mostrarte tal y como eres, es algo muy valioso.

Ella ha sido ese lugar que me ha permitido existir por completo.

Retrato de la ilustradora y escritora.

Retrato de la ilustradora y escritora. Diego Radamés

Después de escribir Han cantado bingo, ¿con qué te gustaría que se quedaran los lectores?

Con la posibilidad de mirar la infancia con más complejidad y también con más ternura. Que recuerden que muchas veces los niños están intentando entender el mundo con las herramientas que tienen.

Y, sobre todo, me gustaría que cada uno encontrara algo propio dentro del libro. Al final, una novela termina de construirse cuando alguien la lee. Ahí deja de pertenecerte del todo y empieza a formar parte de la vida de otras personas.

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