Clara Sousa e Silva (33 años) tenía 12 años cuando descubrió que quería ser astrofísica. Era fin de semana y estaba en Lamego, un pueblito en el interior-norte de Portugal, y se preparaba para asistir por primera vez a un eclipse solar. "Mi madre me explicó qué iba a suceder: empezaría a las 13.00 horas, a las 13.15 horas estaría en determinado ángulo, y a las 14.10 horas habría terminado", recuerda.

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"Yo la miraba confundida, pensando en cómo podría mi madre adivinar lo que iba a pasar en el cielo y encima con una precisión de minutos. Justo ella, que siempre iba corriendo a todas partes y jamás ha llegado a tiempo en su vida", se ríe.

Clara asistió al fenómeno con una mezcla de escepticismo y fascinación: "Ocurrió tal y cómo me lo había explicado mi madre y yo no podía creer que alguien fuese capaz de predecir algo así. Me impresionó". La incredulidad dio paso al entusiasmo cuando sus padres -ella, profesora de matemáticas en un instituto y él, profesor de programación en la universidad- le explicaron que su madre en realidad no lo había adivinado, sino que lo había leído en el periódico, y que todo se trataba de ciencia. "Resulta que había una profesión que se dedicaba a estudiar el cielo y los movimientos de los astros y yo no podía entender por qué no estaba todo el mundo intentando ser astrónomo. Me pareció de pronto la mejor profesión del mundo, la única posible".

Al otro lado de la pantalla, en una conversación vía Skype, es fácil adivinar a esa niña de 12 años: con la mirada vivaz y el entusiasmo en la voz que contagia y atrapa a cualquiera con su historia. Esa niña tiene ahora 33 años y es una de las científicas portuguesas más brillantes. Y pese a que lleva más de 15 años fuera del país, no ha perdido ese acento tan característico de su Oporto natal que le sale naturalmente al hablar portugués: "Eso no se pierde nunca", dice con una carcajada.

A día de hoy, Clara trabaja en la Universidad de Harvard y es parte de una de las investigaciones científicas más impactantes de los últimos años, que podría determinar si hay vida en Venus.

El estudio, publicado en septiembre de este año, revela que las nubes de Venus podrían contener el compuesto químico preferido de Clara Sousa e Silva y al que ha dedicado toda su vida profesional: la fosfina. Se trata de un gas que en la Tierra es producido por microbios que están asociados a la descomposición y a la muerte pero que, sin embargo, no puede ocurrir de forma espontánea: es decir, en la Tierra este gas sólo se crea por formas de vida.

Nada de lo que conocemos en la Tierra podría aguantar las condiciones de las nubes de Venus, donde hay mucho ácido sulfúrico y poca agua

"A nadie le interesa la fosfina. Sólo a mí y a 12 personas más en el mundo: seis de ellas están muertas y las otras seis jubiladas", dice riéndose. Pero a Clara, esta pequeña molécula la ha fascinado desde un principio. "Realmente me indignaba cómo podíamos saber tan poco de una molécula que realmente era muy sencilla". Se empeñó de tal forma en ello que se ganó el apodo de Dra. Fosfina, nombre que a día de hoy utiliza en Twitter.

¿Vida en Venus?

Así, cuando los investigadores descubrieron indicios de fosfina en las nubes de Venus, contactaron con Sousa e Silva para saber si la presencia del gas podría significar vida. "Nos tiramos los dos años siguientes intentando encontrar otra explicación para la existencia de fosfina en Venus que no sea la vida. Y el caso es que no la hemos encontrado. Por ahora no hay otra explicación viable", dice.

¿Significa esto que hay vida en Venus? Clara prefiere ir con cuidado: "La posibilidad es tan extraordinaria que necesitamos una explicación igualmente extraordinaria para poder decirlo con seguridad". Por ahora, "tenemos indicios alentadores pero no extraordinarios". De tratarse de vida, tampoco se puede saber si su bioquímica podría ser igual a la nuestra. De hecho, Clara espera que no lo sea: "Nada de lo que conocemos en la Tierra podría aguantar las condiciones de las nubes de Venus, donde hay mucho ácido sulfúrico y poca agua. De ser una forma de vida parecida a las que existen aquí, su existencia sería una tragedia", cuenta.

La astrofísica es una defensora de la ética. Sarah Ballard

La simple aparición de fosfina en Venus es ya una sorpresa, "sólo esperábamos encontrarla en exoplanetas, muy distantes, y no en uno de nuestro sistema solar". Confirmar la existencia de vida en Venus será un proceso largo y laborioso, pero la sola posibilidad de hacerlo, hace que la imaginación de Clara eche a andar: "Tierra y Venus casi solo se parecen en tamaño. Si realmente hay vida en Venus, eso significa que la vida es común y se podría originar en muchos sitios. Hay 300 billones de estrellas en nuestra galaxia y todas las estrellas tienen planetas… si la vida es común, entonces eso querría decir que habría muchísimos planetas con vida… y eso hace que se abran muchísimas posibilidades en mi cabeza y en mi alma".

La proximidad de Venus genera un nuevo abanico de oportunidades que la científica prefiere explorar con reservas: "Podríamos incluso ir allí, pero desde mi punto de vista ese tendría que ser el último paso. Tengo dudas de que sea ético, de que tengamos legitimidad. Si es vida, no quiero que nuestra acción les provoque daño…", explica.

Entre la curiosidad científica y la ética, Clara siempre se queda con la segunda. De hecho, no concibe la una sin la otra: "La ciencia no puede separarse nunca de la ética. Esa es una de las cosas que le debo a Portugal, el haber insistido en mantener la asignatura de filosofía en el instituto: la ética es fundamental en la vida".

De revolución en revolución

No son palabras vacías. A poco que una ahonde en la vida de Clara Sousa e Silva descubre a una mujer entusiasta, decidida, comprometida con sus causas desde muy temprana edad y dispuesta a montar sus propias revoluciones. "Hice la vida imposible a muchos de mis profesores... Si ahora volviese al país, tendría que pedir perdón a mucha gente", recuerda entre risas.

Las ganas de libertad que aún desprende y el cuestionamiento de la autoridad entonces cuadraron de manera difícil con el instituto católico que frecuentó. "Mi madre era una atea convencida, y yo ni siquiera estoy bautizada pero ese era el mejor instituto para estudiar matemáticas en Oporto y mis padres decidieron escolarizarme allí. Fue… complicado, diría", asume entre risas.

De esa época recuerda sobre todo el tropiezo con el profesor de la asignatura de ‘Religión y Moral’. "Decidí que él no tenía atributos para impartir educación moral… la parte religiosa, perfecto, ¿pero la moral? ¿Qué cualificaciones tenía para enseñarnos moral a nosotros? Me metí en un follón gigante".

Uno de tantos, que le hicieron aprender una de las lecciones más importantes que aún lleva grabada a fuego: "Muchas veces arrastré a mis compañeros conmigo, olvidando que ellos, en sus casas, tenían a unos padres que quizás no les apoyaran, o no pensaran como los míos", cuenta. "Fue entonces cuando aprendí que las revoluciones exigen responsabilidad y que aunque tú estés dispuesta a asumirlo, no significa que tus compañeros también se merezcan sufrir las consecuencias de la revolución que empezaste tú. Aprendí mucho sobre la empatía".

Mis padres fueron muy activos políticamente antes del 25 de abril. Siempre los vi como revolucionarios, lo llevaba en la sangre

Después de algunos incidentes, Clara decidió que quería estudiar fuera del país. "Cuando salí de Portugal la primera vez, tenía 15 años. Era muy joven y muy arrogante", reconoce. Estudió un año en Nueva Zelanda, donde consiguió su primer trabajo en un planetario: "Básicamente atendía teléfonos pero yo era feliz allí". Volvió a Portugal para completar el instituto y al final de ese año decidió salir otra vez.

"Estaba muy enfadada con el sistema porque me había sido muy difícil legalizar el año que había estudiado en Nueva Zelanda, y con la sociedad en general. Recuerdo haber ido a manifestaciones por el derecho al aborto [antes del referéndum que lo legalizó en 2007] y en una de ellas nos llamaron asesinas y eso me impactó muchísimo. Volví a casa pensando en que no quería estar en un país donde me consideraban inmoral".

Su carácter contestatario lo ha heredado de sus padres sobre todo, de su madre. "Los dos fueron muy activos políticamente antes del 25 de abril [fecha de la Revolución que liberó a Portugal de 40 años de dictadura]. Siempre los vi como revolucionarios, lo llevaba en la sangre".

Su madre llegó incluso a estar en la cárcel durante unos días por un incidente con la policía política al intentar sacar adelante un periódico universitario sin censura en su época de estudiante. "Ella no tenía miedo a la autoridad, ni siquiera cuando sabía que algo le podía suponer consecuencias importantes. Jamás perdió un minuto de su tiempo con gente que no merecía la pena y siempre luchó por lo que creía que era lo correcto. Y eso es muy difícil de encontrar", dice con admiración.

Ellos fueron su mayor apoyo. "Desafortunadamente mi madre no me ha visto ejercer como científica porque se murió hace 10 años, pero me incentivó muchísimo. Mi padre está súper orgulloso".

De profesora a científica

Estudió astrofísica en Escocia, pero, al salir de la carrera, la realidad que encontró fue desalentadora. "Cuanto más asciendes, más masculina es la ciencia. Y aunque yo tenía a un jefe a quién le importaba la diversidad, pese a que él también representaba los estereotipos de hombre blanco y mayor, le era muy difícil contratar a más mujeres y gente diversa". Clara se dio cuenta entonces de que el problema estaba en el instituto, donde muchas niñas no tienen la motivación que ella siempre había tenido de manera natural y acaban por nunca elegir estudiar ciencias aunque les guste: "Decidí entonces que ser científica era egoísta y que iba a ser profesora".

No hay nada femenino ni masculino en la ciencia pero la realidad es deprimente y se alimenta de estereotipos muy difíciles de erradicar

Consiguió trabajo en un instituto de Londres en el que, durante dos años, impartió la asignatura de Ciencias. "Fue horrible. Es inmensamente más difícil ser profesora que científica en Harvard, sin duda", aclara con vehemencia. "A nivel intelectual es muy exigente, porque tienes que saber mucho de lo que estás impartiendo para que consigas transmitirlo. Y a nivel emocional es incomparable: estás interfiriendo en la vida de muchos niños y lo que seas capaz de enseñarles puede tener consecuencias buenas o malas. Muchas veces sentí que les estaba fallando a mis alumnos porque me necesitaban y yo no estaba lo suficientemente preparada".

Al segundo año desistió de la docencia: "Me di cuenta de que es para personas mejores que yo". Además de las clases, Clara terminó creando Orbyts (Original Research By Young Twinkle Students), un programa educacional que pretendía acercar la ciencia a los más jóvenes. Empezó con ello en Londres y luego lo replicó en Estados Unidos bajo el nombre de Harvard-MIT Science Research Mentoring Program.

Consciente de las dificultades de las mujeres en el ámbito científico, Clara empezó por imponer cuotas de 50-50. "Este año ya no hizo falta porque, por primera vez, teníamos a más chicas inscritas", dice con orgullo. "No hay nada femenino ni masculino en la ciencia pero la realidad es deprimente. Y se alimenta de estereotipos muy difíciles de erradicar. La mayoría de las niñas a las que le gusta las ciencias solo son incentivadas a estudiar enfermería, farmacia, o, si son ambiciosas, medicina. Nadie piensa en las demás opciones. Y yo estoy segura de que muchas serán miserables siendo médicas pero ellas simplemente no saben qué más pueden hacer con todo el talento científico que poseen".

Por ello, además de las cuotas, Clara ha impuesto un segundo criterio en su programa educacional: no se tienen en cuenta las notas. "Las chicas son mucho más exigentes que los chicos, pese a que, de normal, sus notas son mejores. Sin embargo, muchas creen que, meterte en una carrera masculina merece la pena sólo si vas a ser Marie Curie... si no es para ser excelente, no vale".

Para desmitificar este concepto, la científica recurre a su propia experiencia: "Siempre que tengo la oportunidad cuento que yo, al contrario de lo que la gente supone, porque estoy en Harvard, ni soy un genio, ni he tenido notazas. Era buena alumna, pero terminé el instituto con un 16 [sobre 20], hice una carrera de astrofísica que me costó mucho esfuerzo, suspendí exámenes… Pero al final, soy una buena científica, algo que nadie hubiese dicho basándose en mis notas".

"Hay que reivindicar la mediocridad. Los departamentos científicos y de ingeniería están llenos de hombres mediocres y a nadie le importa. A ellos no les molesta y no pasa nada. Las mujeres tenemos que quitarnos el lastre de la excelencia que se nos impone y termina poniendo en duda nuestra valía", dice tajante.

Clara y su molécula preferida. Melanie Gonick

Algo que ha sufrido en carne propia, como esa vez en la que un grupo de investigadores se le acercó, en una conferencia, preguntando de quién era el trabajo que iba a exponer. "Dije, emocionada, que era mío. Y ahí uno de ellos me cogió del brazo con condescendencia y me dijo "Ya, pero, realmente, ¿de quién es ese trabajo?". Y de repente me vi nombrando a todos los científicos cuyas investigaciones habían contribuido para mi tesis, y quitándome el mérito… como si ellos no necesitaran el conocimiento previo de otros", reconoce con enfado.

A día de hoy, con más tablas y experiencia, duda de si hubiese sido capaz de contestar algo distinto: "Me encantaría poder decirte que sí. Pero no lo sé. Porque además nosotras también tenemos que ser siempre educadas y correctas", apunta con sorna.

En un mundo donde la competitividad marca el paso, Clara Sousa e Silva va con la humildad por delante y no se siente cómoda si la señalan como ejemplo. "No me gusta y no creo que sea bueno que la gente admire a quién no conoce. Porque siempre que yo lo hice, terminó en decepción. Me ha costado caro, ciencia y crédito, porque me di cuenta de que esas personas se habían quedado con el mérito del trabajo de gente más joven, cómo se estaban quedando con el mío en ese momento. Si quieres un referente coge a alguien que conozcas".

En su caso ella lo tiene claro: "Mi referente es mi madre. Amaba la ciencia, era una excelente profesora, era divertida y una revolucionaria que no le tenía miedo a los estereotipos. Era fantástica. A ella la conocía bien y la puedo admirar sin miedos".