En la serie Tauromaquia, un conjunto de grabados realizado entre la primavera de 1814 y el otoño de 1816, Francisco de Goya quiso plasmar sobre el papel la historia del toreo en España, empezando por la Antigüedad, la época de dominio musulmán, la Edad Media cristiana y el Renacimiento; siguiendo con las figuras de las dos escuelas principales del toreo durante el siglo XVIII; y terminando con los lances de la lidia saldados en forma de trágicos desenlaces. Las escenas las dominan hombres célebres, más conocidos por sus hechos de armas como El Cid o Carlos V, y afamados diestros, picadores y banderilleros.

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De entre todos ellos sobresale una mujer, protagonista del grabado número 22, la primera torera con nombre propio. Llamada Nicolasa Escamilla y apodada La Pajuelera, aparece en una actuación picando de frente al toro con la llamada vara de detener. Aunque en la primera tirada de la serie el título era puramente descriptivo, en una posterior se añadió un calificativo más provocador: Valor varonil de la célebre Pajuelera en la de Zaragoza. La picadora fue retratada con un aspecto masculinizado, que se acentúa al exponerla en soledad ante la embestida del bóvido y que contrasta con sus rasgos mucho más femeninos del dibujo preparatorio que se conserva en el Museo del Prado.

Trazada más hombre o más mujer, el valor de La Pajuelera reside en su conversión gracias al testimonio gráfico de Goya en pionera entre las féminas que se lanzaron al mundo del toreo —un plato de loza del Museo Arqueológico Nacional de finales del siglo XVII dibuja a una alanceadora, el testimonio más antiguo en este sentido, pero la fémina es desconocida—. Y eso que casi con total certeza el autor de Los fusilamientos nunca llegó a valorar en directo su destreza, pues contaba con poco más de un año cuando se encuentra el primer testimonio (1747) sobre la participación en una fiesta taurina de Nicolasa, "de estado soltera" y "con beneplácito de su padre".

Grabado de 'Valor varonil de la célebre Pajuelera en la de Zaragoza'. Francisco de Goya

La madrileña de Valdemoro, nacida y muerta en fechas desconocidas, se ganaba la vida vendiendo pajuelas de azufre para sanear cubas de vino y otros empleos domésticos —de ahí su apodo—. Pero en ese documento del Archivo General de Palacio que glosa su primer envite con los toros del que haya quedado constancia, no se halla burla por su intromisión en unas tareas reservadas a los varones, sino que se recalca su "lucimiento y destreza en el manejo del caballo y aplauso de todos los concurrentes". "Es decir, no se saca a La Pajuelera con permiso de su padre al ruedo para reírse de ella, sino para admirar su habilidad en un ejercicio que hasta entonces había sido una actividad inusual o fracasada entre las mujeres", resume el escritor José Delfín Val en su libro Lanzas, espadas y lances.

No obstante, no todo fueron halagos hacia la rompedora empresa de la mujer. El historiador y narrador taurino José Sánchez Neira fulminó sin reparos su misticismo —y de paso el grabado del pintor— en su obra Gran diccionario taurómaco: "En todas las épocas ha habido payasos, bufones y botargas que han servido de hazmerreír a sus semejantes. Sin embargo el célebre Goya la incluyó en su magnífica colección de láminas taurinas, grabadas al aguafuerte".

Probable éxito

Casi un siglo antes, José Vargas Ponce, literato y director de la Real Academia de la Historia, de opiniones antitaurinas, cargó de forma feroz contra la mujer en su obra Disertación sobre las corridas de toros (1807): "No hace muchos años que en Madrid se presentó en la plaza pública una mujer para torear, y que de hecho toreó. Llamábanla Pajuelera, porque cuando mozona había vendido alguaquidas o pajuelas de azufretes en un cuarto. Este fenómeno ha sido la ignominia del devoto femenino sexo, que tiene adherente la compasión, y la afrenta del indiscreto sexo barbado que toleró y dio licencia para que saliese al público semejante monstruosidad. (...) ¿Qué ha sido aquello, sino ridiculizar la fiesta de los toros?".

Aunque pueda parecer una anomalía encontrar a una mujer toreando a mediados del siglo XVIII, Nicolasa Escamilla no debió de ser la única en estas lides. Su contemporáneo y picador Josep Daza, también cronista, recoge en sus Precisos manejos que La Pajuelera, una jornada, enmendó el fracaso rotundo que había dejado una rejoneadora andaluza —de nombre desconocido— en la plaza de Madrid. Si bien puede que no fuese la primera en intentar torear, que su nombre al menos llegase al taller de Goya indica que lo pudo hacer con cierto éxito. Y además lo hizo como picadora, la forma predominante en la época frente al toreo a pie.

"Goya, aunque la inmortalizó, no vio nunca actuar a La Pajuelera", asegura José Delfín. "Y su aguafuerte, como otros muchos, forma parte de la crónica plástica de los sucesos populares de mayor trascendencia. Lo de Nicolasa a Goya se lo contaron o lo leyó en algún papel; ya que las actuaciones de La Pajuelera no debieron ser muchas y es seguro que su paso por los toros no hubiera tenido ningún viso de inmortalidad de no haber mediado la mano del genial sordo. Es posible, incluso, que nunca llegar a torear en la plaza de toros de Zaragoza como figura en el título de la segunda tirada de los grabados. Goya fue un creador de inmortales".