Adolf Hitler logró esquivar más de cuarenta intentos de asesinato desde su desembarco en la Cancillería del Tercer Reich. Algunos le provocaron ciertos rasguños, como la detonación de la bomba accionada por el coronel Claus von Stauffenberg el 20 de julio de 1944, durante la fallida Operación Valquiria; de otros escapó indemne por circunstancias tan azarosas como el tiempo atmosférico. El führer, ante la tormenta que golpeaba Múnich la tarde del 8 de noviembre de 1939, decidió acortar el discurso que pronunciaba en una cervecería para regresar antes de Berlín. Trece minutos después explotó un artefacto casero ensamblado por el panadero George Elser que probablemente hubiera acabado con su vida.

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Con estos antecedentes, y conocedor del número de enemigos que se arremolinaban en torno a su figura —la mayor parte de conspiraciones fueron perpetradas por miembros de la resistencia alemana—, resulta obvio que Hitler ingeniase una serie de mecanismos de protección para permanecer indemne. Una de las medidas que adoptó el líder de la Alemania nazi, y como ya habían hecho algunos emperadores romanos como Claudio dos milenios atrás, fue crear un pequeño destacamento de catadores de comida. Probarían los alimentos destinados a saciar el apetito del führer para comprobar que no estaban envenenados. Una angustiosa y arriesgada profesión.

Esa labor le correspondió a una quincena de muchachas alemanas. Se encontraron ante la paradoja de comer los mejores manjares —sin una pizca de carne: Hitler era vegetariano— en medio de un contexto de guerra y hambre, pero al mismo tiempo estaban siendo utilizadas como una suerte de ratas de laboratorio, con la incertidumbre de no saber si ese iba a ser el último bocado. Desde 1942 y durante unos dos años y medio, estas mujeres saborearon los platos del dictador nazi antes de que se los sirviesen en la Guarida del Lobo, su cuartel militar en Polonia.

La historia de este grupo de mujeres permaneció en el olvido durante casi siete décadas, hasta que en 2012, el día de su 95 aniversario, Margot Völk le confesó a un periodista alemán que se había sido obligada a jugarse la vida diariamente por salvar la de un monstruo. "Solo quería contar lo que había pasado en aquella época: que Hitler era un hombre realmente repugnante. Y un cerdo", dijo en una entrevista posterior. Era la única que podía hacerlo: sus otras catorce compañeras habían sido fusiladas antes de la conclusión de la II Guerra Mundial.

El reclutamiento

Nacida en 1917, Margot Völk se convirtió en un importante punto de engranaje de la maquinaria nazi por casualidad. Ella no simpatizaba con el régimen —se había negado a formar parte de la Liga de Muchachas Alemanas, la rama femenina de las Juventudes Hitlerianas, y su padre había sido encarcelado por no querer afiliarse al Partido Nazi—, pero de pronto se vio como catadora de la comida del mismísimo führer. ¿Cómo llegó a registrarse esta situación?

La joven secretaria había abandonado el apartamento de Berlín en el que vivía con sus padres, destrozado por las bombas de los aviones aliados, en el invierno de 1941. Se dirigió a la hoy localidad polaca de Parcz, lugar idílico, alejado del tronar de la guerra, en el que habitaba su suegra —su marido Karl se encontraba luchando en el frente—. La única amenaza, situada a unos tres kilómetros, era la Guarida del Lobo.

Adolf Hitler, leyendo relajado unos documentos en su casa de Berghof. C&T Auctions

Poco después de su llegada al pueblo, fue reclutada a la fuerza para una misión primordial. Margot, junto con otras catorce jóvenes, debía de velar desde ese momento por la salud de Hitler haciendo de conejillo de indias. Cada día iban a recogerla y, entre las 11 y 12 horas de la mañana, le servían un plato de comida —arroz, espárragos, pimientos, guisantes o coliflor—; al terminarlo, se iniciaba el cronómetro: si en una hora no presentaba ningún síntoma, el menú era empaquetado y conducido a la mesa del líder nazi.

"Siempre estábamos aterrorizadas por el hecho de que la comida pudiera estar envenenada, ya que Inglaterra quería envenenar a Hitler y él lo sabía por sus espías. Así que empleó a chicas jóvenes para probar sus platos", explicaba la nonagenaria en una entrevista de hace un par de años. "Llorábamos mucho y nos abrazábamos. También nos preguntábamos: '¿Estaremos vivas mañana o no?'".

Violaciones

Después del fallido intento de asesinato orquestado por Von Stauffenberg, la seguridad en torno a Hitler se multiplicó: a las catadoras no se les permitió seguir durmiendo en sus casas y fueron trasladadas a un edificio cercano al cuartel militar. Sus servicios solo eran requeridos cuando el führer estaba en la Guarida del Lobo. Margot Völk ha asegurado en multitud de ocasiones que nunca se cruzó con él. A quien sí veía de forma habitual era a su perra Blondi.

Logró huir de aquella especie de cárcel gracias a la generosidad de un teniente alemán que la subió a un tren rumbo a Berlín cuando las tropas soviéticas se encontraban a un par de kilómetros de distancia. Pero de vuelta en la capital alemana, no pudo esquivar a los soldados del Ejército Rojo. La agarraron y la violaron continuamente durante dos semanas, provocándole unos desgarros que en el futuro le impedirían tener hijos.

"Estaba tan desesperada... no quería vivir más", reconocería Margot. No solo se había enfrentado diariamente al temor de la muerte por envenenamiento, sino que ahora las fuerzas liberadoras del nazismo la habían utilizado como un mero objeto para saciar sus necesidades sexuales. Pero la vida le regalaría por fin una buena noticia en 1946: su esposo seguía vivo, no había muerto en frente. Se reunieron de nuevo y trató de olvidarse de la guerra, de su función como catadora de Hitler. No lo haría púbico hasta muchas décadas después.