Andrea y Claudia de Mena heredaron de su padre el arte de la escultura. Pedro de Mena, uno de los grandes artífices de la escultura religiosa española del siglo XVII, les enseñó a dibujar, a policromar y todos los secretos de este arte que llegaron a dominar a un nivel de excelencia. Juntos, en el taller de Málaga, perfilaron la iconografía de las Mater Dolorosas, los Ecche-Homo y otras escenas vinculadas con la pasión y a la Semana Santa. En esta Semana Santa atípica, donde las procesiones no están permitidas y las imágenes no saldrán de las iglesias, rescatamos el trabajo de estas dos hermanas que desarrollaron su actividad a finales del XVII, parte de ella a la sombra de su padre.

En esos momentos, el destino de la mayoría de mujeres artistas era dedicarse a su arte de manera casi anónima, a la sombra de un hombre, sin nunca alcanzar la mayoría de edad profesional. Pero, a diferencia de numerosas mujeres que han quedado completamente en el olvido, hay estudios relativos a la actividad de Andrea y Claudia de Mena que demuestran su buen hacer. Y aunque la mayoría son textos dedicados en gran parte a su padre y en los que ellas aparecen citadas de manera marginal, sí hay registros de su actividad artística. Ellas tuvieron un nombre propio en un momento en el que la carrera artística estaba casi prohibida a las mujeres.

Andrea de Mena nació el 26 de enero de 1654, y su hermana Claudia lo hizo el 23 de junio de 1655. Las dos entraron en el convento de Santa Ana de la Orden del Císter de Málaga el 18 de junio de 1671 cuando habían cumplido 17 y 15 años respectivamente.

Antes de ingresar al convento, las dos desarrollaron su actividad artística en el taller de Pedro de Mena, en la calle Afligidos de Málaga, actualmente convertida en el Museo Revello de Toro. De allí salió una producción magnífica realizada no sólo por el artista sino por sus dos hijas, Andrea y Claudia. Antes de su conversión en religiosas, es muy probable que las dos mujeres participaran de las tareas desarrolladas en el obrador familiar como forma de colaborar en la supervivencia económica de todo el grupo doméstico, formándose como escultoras de la mano de su padre, como cuenta Alba Gómez de Zamora Sanz en el blog Investigart.com.

Era, de hecho, una práctica común a los grandes talleres artísticos del Barroco: reclutar a los miembros de la familia para que, especializados en determinada área, ayudasen con su trabajo al maestro director, ante la gran demanda de obras. Andrea y Claudia fueron religiosas y la mayor parte de su vida vivieron en el convento malagueño del Cister. Las dos fueron escultoras de gran talento y trascendieron también la visión simplista y casi peyorativa de la monja-artista, como señala Antonio Rafael Fernández Paradas en el libro Escultura Barroca Española. Nuevas lecturas desde los Siglos de Oro a la Sociedad del Conocimiento.

El talento de las hermanas Mena queda patente en los dibujos de sus propias Cartas de Profesión Religiosa. Generalmente, este tipo de textos se ilustraban con pequeños dibujos anónimos, y en este caso las cartas de las dos mujeres siguen una estética similar, con una cartela que incluye en su interior una imagen de la Encarnación y la Asunción respectivamente, en referencia a los nombres de religión que cada una de ellas escogió.

Además, las dos han sido las artífices también de las pequeñas imágenes de vestir de los patriarcas San Benito y San Bernardo, que se encuentra en el museo de la Abadia Cisterciense de Santa Ana, y ambas de candelero. Según acredita el Libro de Fundación del Convento de Santa Ana del Císter, las dos se realizaron para que las monjas pudieran llevarlas en andas con comodidad durante las procesiones claustrales.

La intención de las dos artistas era poner al servicio del monasterio el talento y las habilidades que habían desarrollado en el taller de su padre. Las dos piezas, conservadas hasta mediados del siglo XX en el propio convento, se encuentran actualmente en el Museo de Arte Sacro de la Abadía Cisterciense de Santa Ana, y, hasta hace poco, eran la única evidencia del trabajo artístico de las dos hermanas.

Pero, el 22 de febrero de 2000 se subastaron en la casa de subastas Castellana 150, dos esculturas de un Ecce-Homo y una Dolorosa firmadas, en la cartela inferior, con el nombre de Andrea de Mena y Bitoria. Al no estar firmado con su nombre de religiosa, Andrea de la Encarnación, algunos autores fechan las esculturas con anterioridad a 1671. Esto no solo demuestra su talento precoz, sino su suficiencia artística.

Andrea y Claudia de Mena no fueron las únicas religiosas que se dedicaron a las labores artísticas. De hecho, la existencia de otras escultoras de vida religiosa invita a pensar que el mundo oculto de las clausuras femeninas debió ser un refugio muy frecuente para mujeres artistas. Formadas en talleres de sus familias, decidieron apartarse de sus vidas sociales por motivos distintos, pero dieron continuidad a su creación artística durante la clausura. En los monasterios, las mujeres recibieron en ocasiones una cierta formación intelectual que incluía el aprendizaje de la lectura, la escritura y el latín, y algunas de ellas llegaron a dedicarse a la creación pictórica o literaria, habitualmente con un objetivo piadoso.

Años después de haber ingresado en el la Orden de Císter de Málaga, Andrea y Claudia de Mena fundaron en Granada el convento de San Ildefonso de la Orden del Císter, donde llegaron a ser abadesas. Allí ingresaría también su hermana menor, Juana de Mena, que había profesado el 21 de noviembre de 1676. Las tres terminarían regresando al convento malagueño donde, más de veinte años antes, habían profesado.