Paula Martins
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Imaginar un vestidor de ensueño es sinónimo de imaginar una estancia repleta de ropa, accesorios y complementos. Hoy, los estilismos se construyen desde el detalle, pero hubo un tiempo en que, más allá de las prendas vaporosas, las mujeres necesitaban poco más que un chatelaine para salir a escena.

Ya antes, en la Edad Media, aparecía como parte indispensable del vestuario las que gestionaban el hogar. Alcanzó su apogeo, eso sí, en el siglo XVIII, ocupando un lugar central en el armario de muchas damas.

Era intrigante, singular y funcional. No apto para todas, pero actualmente presente tanto en vitrinas de museos —como el Louvre de París, el Victoria & Albert de Londres o, incluso, el Museo del Traje de Madrid— como en colecciones de firmas de lujo.

Dama de la ñepoca victoriana, con el 'chatelaine' alrededor de la cintura. Getty

Sin embargo, el chatelaine actual poco tiene que ver con el de entonces. Su historia está llena de claroscuros que reflejan el papel asignado a la mujer desde la época victoriana. Durante años se interpretó como símbolo de poder y estatus. Hoy, con perspectiva, esa lectura se matiza.

Para entenderlo, conviene ir al origen: una palabra francesa que designa a "la esposa de un hombre que vive en un castillo". Ahí empieza el cambio de significado.

En la práctica, el chatelaine estaba ligado a la gestión doméstica. Lo llevaban amas de llaves y responsables del funcionamiento de grandes casas. Consistía en una placa con ganchos de la que colgaban varias cadenas —entre cinco y nueve— con llaves, tijeras, relojes o costureros; y que se llevaba en la cintura, sobre los vestidos.

Durante años, se habló de él como un accesorio empoderador. La asistente de curaduría en el museo Victoria & Albert, Jessica Harpley, lo explica en The Journal of Dress History (2020): la señora de la casa "ejercía una gran autoridad sobre su dominio y era vista como una figura heroica y respetable, cuyo deber hacia su hogar era inquebrantable".

Ahí reside el dilema: otorgaba poder, "pero dentro de un perímetro impuesto", como señala Beatriz Palacios, diseñadora de joyas y otros accesorios y complementos, como chatelaines más actuales. "Siempre tuvo algo paradójico, pues era un símbolo de autoridad femenina, pero también de una limitada al espacio doméstico”, explica.

También marcaba diferencias de clase. Las damas lucían piezas de metales preciosos. Las que tenían menos recursos hacían versiones artesanales con cordones.

Chatelaine victoriano realizado en plata. Ansorena

Con el tiempo, ese símbolo de estatus empezó a apreciarse como una herramienta de restricción. Especialmente en la época victoriana, cuando la idea de que el poder femenino residía en el hogar se consolidó como norma. Fuera de ese espacio, a ellas se les quedaban excluidas disciplinas como la política, la filosofía o las finanzas. El hogar era su universo.

El chatelaine se convirtió en una imagen clara de ese límite. Y no sólo simbólico, pues también había control práctico: su tintineo permitía localizar a quien lo llevaba dentro de la casa.

Al mismo tiempo, era una pieza imprescindible. Los vestidos no tenían bolsillos. Como explica Jessica Harpley, así tenían a mano todo lo que parecía necesario para resolver los problemas que se les asociaban como cotidianos: "Para evitar perder tiempo buscando objetos extraviados, ellas contaban con una constante preparación, un conjunto de herramientas que resolvían diversos problemas".

Cuando los bolsos llegaron y se extendieron como parte fundamental de la indumentaria femenina en el siglo XX, el citado accesorio dejó de tener sentido. Pero hoy regresa a la moda, aunque lo hace respondiendo a otra lógica. No es tanto una recuperación funcional como una resignificación. El chatelaine ha pasado a ser una pieza estética, conceptual, incluso decorativa.

En ese cambio se sitúa el trabajo de Beatriz Palacios: "Mi proceso creativo parte de la curiosidad y la reflexión de materiales, formas, conceptos y funcionalidad, más bien del objeto en sí mismo y de su uso, que de una posible significación".

Un 'chatelaine' moderno de la diseñadora de joyas Beatriz Palacios. Cedida

Pero esta reinterpretación no es nueva. Ya en la época victoriana hubo un primer giro. Como señala la historiadora Rosie Harte, algunas mujeres empezaron a utilizar el chatelaine cuando practicaban deportes, aun a pesar de seguir manteniendo sus vestidos.

Después su uso también comenzó a emplearse como objeto de expresión personal. Sustituyeron herramientas por símbolos de identidad: pasiones, intereses, ideas.

Por primera vez, parecía posible elegir qué llevar. Albert Smith lo recogía en The Natural History of the Flirt (1852): "Podría haber una vinagrera, una llave de escritorio y un reloj diminuto, no más grande que un chelín; unas tijeras con forma de pájaro; una herradura contra la brujería; un alfiletero cilíndrico y un lápiz con forma de pistola".

Esa idea conecta con la visión actual, la del poder real. Así lo señala Palacios: "Si hay una figura que encarna mi universo, es alguien que se mueve en sus propios términos. Protege su intimidad, cultiva cierto misterio y no responde a expectativas ajenas. Su relación con la belleza no es normativa, es instintiva. La interpreta, la resignifica y la hace suya".

La diseñadora incluso va más allá: "Reunir las piezas bajo esta forma responde a algo profundamente personal, a un lenguaje propio que puede transformarse tantas veces como quien lo lleva”.

Hoy, el chatelaine vuelve a aparecer. Marcas como Chanel, Chloé, o Vivienne Westwood lo recuperan para alejarlo de su carga doméstica y acercarlo a un uso más libre. Se plantea como alternativa al bolso o como elemento distintivo dentro del estilismo e, incluso, algunas como Dior rompen todos sus moldes y lo trasladan al armario masculino.

En esa línea, Beatriz Palacios explica su propuesta: "Nuestro chatelaine nace como recurso estilístico en la colección Gentlewoman. En ella hago un retrato de la nueva mujer que busca expresar su propia subjetividad tomando del pasado, pero reinterpretándolo con una mirada hacia el futuro. Alguien que se mueve a su propio ritmo, rebelándose de manera suave, pero decidida".

Sus piezas incorporan elementos antes impensables: "Le colgamos el Silver Keeper (una caja de plata), una boquilla de fumar, un pendiente, un arnés y una cinta de seda. Para mí, la suma de todos estos elementos designa la independencia y la capacidad de transformar lo cotidiano y hacerlo propio".

Queda claro que el significado ha cambiado. Si antes el sonido del chatelaine marcaba los límites del movimiento, hoy funciona como señal de autonomía. Ya no representa una autoridad delegada, sino la capacidad de decidir qué portar… y qué significado darle.