Las condiciones laborales de las trabajadoras de la limpieza llevan años en el centro de las reivindicaciones de un colectivo que reclama más derechos, mejores salarios y, sobre todo, una carga de trabajo que puedan asumir sin poner en riesgo su salud.
Buena parte de esa lucha se ha articulado a través de Las Kellys, el nombre con el que se conoce al colectivo de camareras de piso que nació a través de las redes sociales para poner en común las experiencias de trabajadoras que sufrían problemas similares y dar visibilidad a una realidad que durante años había quedado relegada a un segundo plano.
Entre sus principales rostros está Vania Arana, portavoz y presidenta de Las Kellys en Cataluña. Peruana, llegó a Barcelona en 1992 y, después de no poder convalidar su formación, comenzó a trabajar en la limpieza de casas y residencias hasta llegar al sector hotelero.
Hoy ya no limpia habitaciones, pero continúa trabajando en el mismo hotel coordinando la actividad de otras empleadas y, sobre todo, poniendo voz a unas compañeras cuyas condiciones conoce de primera mano.
Las condiciones laborales de las camareras de piso
La imagen de una habitación de hotel limpia y preparada para recibir a un nuevo huésped es el resultado de un trabajo que comienza mucho antes de que el cliente abra la puerta.
Para las camareras de piso, cada jornada implica recorrer habitaciones, cambiar camas, limpiar baños, recoger residuos y dejar cada estancia preparada en un tiempo limitado.
El problema, explica Arana, aparece cuando la cantidad de trabajo asignada no encaja con las horas que figuran en el contrato.
"Mis compañeras me cuentan que se encargan de 25, 26 o 27 habitaciones cada día", explica en una entrevista para este periódico.
Algunas deciden marcharse cuando termina su jornada, aunque eso signifique dejar trabajo pendiente. Otras, en cambio, continúan hasta terminar porque consideran imposible completar todas las habitaciones dentro del horario establecido.
Las kellys tras una reunión del sindicato en Barcelona.
La situación se vuelve todavía más exigente cuando las estancias tienen varias camas. Arana asegura que hacer 26 habitaciones con tres camas cada una resulta prácticamente imposible dentro de una jornada convencional.
"Cuando se habla de trabajo precario yo me imagino un sueldo mileurista", señala Arana, antes de describir una realidad que considera todavía más grave. "No tenemos una hora de salida", afirma.
Según su relato, hay trabajadoras que pueden llegar a estar entre diez y doce horas trabajando, aunque sus contratos contemplen jornadas inferiores. "Es un trabajo, más bien, esclavista", resume la limpiadora.
El problema, según denuncia, está relacionado en buena medida con la externalización de los servicios de limpieza. Muchas camareras de piso no están contratadas directamente por el hotel en el que trabajan, sino por empresas externas que prestan este servicio.
De esta forma, sostiene Arana, se pueden reducir las horas que aparecen oficialmente en el contrato mientras la carga de trabajo permanece prácticamente intacta.
La consecuencia es una contradicción que las trabajadoras llevan años denunciando: sobre el papel tienen una jornada determinada, pero en la práctica necesitan mucho más tiempo para completar todas las habitaciones que se les han asignado.
"Con seis horas está justificado que te paguen 700 euros, aunque en la práctica trabajes mucho más", explica.
Precisamente esos 700 euros es otro de los grandes problemas que señala Arana. En su relato, hay trabajadoras que perciben, como máximo 900 euros mensuales mientras realizan jornadas que pueden prolongarse durante diez, once o doce horas.
Una situación que, a su juicio, pone en cuestión el discurso sobre la creación de empleo y la mejora de las condiciones laborales.
"Dicen que las camareras de piso han pasado de cobrar 800 a 1.400 euros", apunta. Sin embargo, sostiene que esa cifra no refleja la situación de buena parte del colectivo porque las empresas externas pueden establecer contratos de cinco o seis horas.
Vania Arana, líder y portavoz de Las Kellys.
El trabajo que debe realizarse, en cambio, continúa siendo demasiado para ese tiempo.
El resultado no afecta únicamente a la economía de estas mujeres, sino que también condiciona su vida cotidiana. Arana explica que muchas trabajadoras viven en zonas donde el coste de la vivienda se ha disparado precisamente por la presión turística.
Algunas, según relata, terminan compartiendo habitaciones con muchas personas o viviendo en alojamientos precarios porque sus ingresos no les permiten afrontar un alquiler convencional.
Un empleo que deja huella en el cuerpo
Más allá del horario y el sueldo, la dureza de este trabajo no se limita ahí. Limpiar durante horas, levantar colchones, mover camas, agacharse, estirarse y repetir los mismos movimientos durante años termina pasando factura al cuerpo.
Arana habla de compañeras que llegan a los 50 años con las manos afectadas, problemas en los hombros, las rodillas inflamadas, dificultades para apoyar los tobillos o incluso problemas para caminar. Para muchas, continuar trabajando en las mismas condiciones se convierte en una cuestión de resistencia física.
"Somos un colectivo enfermo", afirma. No se trata, según su relato, de molestias puntuales, sino de lesiones que se acumulan después de años realizando un trabajo físicamente exigente.
La situación lleva a muchas trabajadoras a utilizar fajas, rodilleras, coderas o elementos de protección para poder completar la jornada.
El consumo de medicamentos es otra de las imágenes que utiliza para explicar la situación. Arana asegura que al comienzo del día se produce entre las trabajadoras una especie de intercambio de medicamentos para afrontar dolores y molestias. "Yo te doy esto, tú me das lo otro", relata.
La posibilidad de coger una baja tampoco siempre resulta sencilla para quienes tienen salarios bajos y una situación económica precaria.
Cuando los ingresos apenas alcanzan para cubrir los gastos básicos, dejar de trabajar puede convertirse en un problema añadido. Así, el dolor acaba normalizándose como parte de la jornada.
Pero el desgaste no es únicamente físico. Arana también habla del impacto psicológico de unas condiciones laborales que se prolongan durante años.
La presión, el cansancio y la sensación de no poder abandonar el puesto pueden terminar afectando la salud mental de las trabajadoras.
A pesar de los avances logrados en los últimos años, Arana considera que queda mucho por hacer. La externalización continúa siendo uno de los principales motivos de conflicto y, desde su punto de vista, las reformas adoptadas no han resuelto el problema de fondo.
Las Kellys reclaman que se reconozcan las particularidades de un trabajo que provoca lesiones físicas y desgaste psicológico después de años de actividad.
También reivindican una reducción de las cargas de trabajo y medidas que permitan a las trabajadoras llegar a la jubilación sin tener que abandonar antes el mercado laboral por problemas de salud.
