El pan es uno de esos alimentos que suelen acabar olvidados en la cocina cuando pasan unos días desde que se compraron. La corteza pierde su textura, la miga se vuelve más seca y lo que antes acompañaba cualquier comida termina muchas veces en la basura.
Sin embargo, que un pan se haya endurecido no significa necesariamente que haya dejado de ser aprovechable y, de hecho, existen formas muy sencillas de recuperar buena parte de su textura original sin necesidad de comprar una nueva barra.
El truco, según los panaderos de DVM Gastronomy está en combinar una pequeña cantidad de humedad con calor, de manera que el interior vuelva a ganar ternura mientras la superficie recupera ese acabado crujiente tan característico del pan recién hecho.
El truco para recuperar el pan duro
Cuando el pan se endurece, lo que ocurre principalmente es que pierde parte de la humedad que contenía en el momento de salir del horno.
La miga, que inicialmente es flexible y tierna, se vuelve más seca y compacta, mientras que la corteza deja de presentar esa combinación de crujiente por fuera y esponjosa por dentro que caracteriza a una pieza recién horneada.
Por eso, uno de los trucos más sencillos para intentar recuperarlo consiste precisamente en devolverle una pequeña cantidad de agua antes de calentarlo.
No se trata de empapar la pieza, sino de "mojarlo bajo el grifo durante apenas uno o dos segundos", explican los panaderos.
La cantidad de agua debe ser pequeña y suficiente para humedecer ligeramente la superficie. Si la pieza está cortada, también conviene evitar que el agua penetre en exceso por la zona interior, especialmente si se trata de un pan muy fino.
Después llega el segundo paso, que es el que permite que esa humedad haga su función.
El pan se introduce directamente en el horno, previamente calentado a 150 grados, y se deja durante unos diez minutos. Ese mismo calor ayuda a que el agua que se ha añadido en la superficie genere vapor en el interior de la pieza, mientras la parte exterior vuelve a adquirir una textura más firme.
El resultado depende, como es lógico, del tipo de pan, de su tamaño y de cuánto se haya endurecido.
Una barra que lleva un día en casa puede recuperarse con bastante facilidad, mientras que una pieza que lleva muchos días almacenada y se ha secado por completo tendrá más dificultades para recuperar su textura original. Aun así, el procedimiento puede mejorar considerablemente su aspecto y consistencia.
También existe una alternativa especialmente práctica para quienes utilizan una freidora de aire. En este caso, después de humedecer ligeramente el pan, se puede introducir en el aparato a unos 180 grados durante aproximadamente tres o cinco minutos.
Al tratarse de un espacio reducido y con circulación de aire caliente, el proceso es más rápido que en un horno convencional.
Es importante vigilar el tiempo porque las piezas pequeñas pueden tostarse rápidamente. El objetivo no es cocinar de nuevo el pan durante mucho tiempo, sino calentarlo lo suficiente para que la humedad añadida ayude a recuperar la miga y el exterior vuelva a quedar crujiente.
Una vez terminado el proceso, conviene sacar el pan y dejarlo reposar durante unos minutos antes de comerlo. Al principio estará muy caliente y su textura seguirá cambiando mientras pierde parte del calor.
Es entonces cuando se aprecia mejor la diferencia entre una pieza seca y dura y otra que ha recuperado una parte importante de su textura.
