Robert Redford
Hay una pregunta que se ha puesto de moda. Aparece en entrevistas, en libros de liderazgo, en discursos de despedida y en esas conversaciones solemnes en las que uno parece obligado a decir algo memorable: ¿cuál quieres que sea tu legado?
A mí esa pregunta me produce una mezcla extraña de ironía y pudor.
Porque parte de la idea de que podemos decidir qué quedará de nosotros. Y quizá haya pocas cosas más pretenciosas que intentar anticipar la memoria de los demás.
¿Quién puede saber qué sobrevivirá a su tiempo, qué recordarán los demás o qué acabará disuelto en esa inmensa trituradora que es la memoria colectiva?
Hace poco me llegó el último libro de Guillermo Fesser. Le comenté a una de las profesionales más brillantes que conozco que debería entrevistarlo. Pensé que podía ser una conversación inteligente, divertida, profunda, una de esas que empiezan hablando de un libro y terminan interrogándose sobre el mundo.
Entonces descubrí que ella no sabía quién era Guillermo Fesser. Tampoco uno de nuestros directivos más jóvenes y prometedores, alguien brillantísimo en el mundo de la tecnología, sabía qué había sido Gomaespuma.
Los mayores de 35 que estábamos en aquella mesa nos miramos con genuina incredulidad.
Gomaespuma.
Aquello que nos había hecho reír durante años. Aquellas voces, aquellos personajes, aquel sentido del humor que permitió a toda una generación compartir un lenguaje. Durante mucho tiempo habíamos pensado, casi sin pensarlo, que aquello formaba parte del acervo cultural de España.
Mario Díaz, el adjunto al director de EL ESPAÑOL, tiene una prueba parecida cuando llegan estudiantes en prácticas y recién graduados en periodismo. De vez en cuando les hace una pregunta muy sencilla:
—¿Quién es Robert Redford?
Y cada vez son más los que no saben responder.
Robert Redford. El hombre de El golpe, Todos los hombres del presidente, Memorias de África. Uno de esos rostros que parecían formar parte de la iconografía universal. Millones de personas se emocionaron con él, se enamoraron con él, soñaron con África a través de él.
Y, sin embargo, su nombre empieza ya a convertirse, para una parte de los jóvenes, en un nombre sin historia.
Eso es lo inquietante: que nos obliga a revisar esa obsesión contemporánea por el legado.
Porque si quienes fueron capaces de llenar salas de cine, transformar la cultura popular o acompañar durante décadas a millones de personas pueden desdibujarse en apenas una generación, ¿qué queremos decir exactamente cuando hablamos de trascender?
Tal vez hemos confundido trascendencia con permanencia.
Probablemente mi recuerdo, como el de casi todos nosotros, desaparecerá cuando desaparezca la última persona que me quiso. Después quedarán datos. Fotografías sin contexto. Algún texto perdido. Mi nombre convertido quizá en una búsqueda dentro del equivalente futuro de Google, engullido por un algoritmo entre millones de rastros digitales que ya nadie sabrá interpretar del todo.
Y quizá ahí esté la respuesta.
El legado puede ser mucho más sencillo: hacer que algo sea un poco mejor mientras estamos aquí.
Hace unos días, uno de los grandes ejecutivos españoles, líder de una de las compañías más importantes del Ibex 35, me hizo una reflexión que me pareció mucho más profunda que cualquier discurso sobre la huella personal.
Me dijo:
“Estoy seguro de que mis padres me dejaron un mundo mejor que el que recibieron ellos. Pero me pregunto continuamente si yo les estoy dejando a mis hijos un mundo mejor”.
Ahí está todo.
Esta debería ser la pregunta: ¿qué mundo dejo cuando me vaya?
¿Fue mi familia un lugar un poco mejor porque yo estuve en ella? ¿Fueron más felices mis amigos? ¿Ayudé a alguien cuando podía hacerlo? ¿Hice mi trabajo con dignidad? ¿Fui generoso con quien empezaba? ¿Construí algo que sirvió a otros? ¿Cuidé lo que me entregaron antes de pasárselo a quienes venían detrás?
Quizá la trascendencia consista precisamente en eso: en una cadena de gestos cuyo origen acaba olvidándose.
Un hijo que trata bien a sus hijos porque así fue tratado. Un joven profesional que ayuda a otro porque alguien le tendió la mano cuando empezaba. Una empresa que cambia una práctica porque alguien se atrevió a proponer una manera más justa de hacer las cosas.
Tal vez ese sea el legado que merece la pena.
Uno que cabe en la vida de quienes nos rodean. Uno que puede sobrevivirnos sin llevar nuestro nombre.
Al final, quizá la verdadera trascendencia sea esa: haber pasado por el mundo de manera que, cuando ya nadie recuerde exactamente quiénes fuimos, algo de lo que hicimos siga haciendo la vida de otros un poco mejor.
Y entonces sí, quizá la pregunta pueda formularse de otro modo.
¿Dejaremos un mundo un poco mejor que el que recibimos?