Sara Gutiérrez (Oviedo, 1962) tenía 26 años cuando se trasladó a la URSS. Era 1989 y quería conocer de primera mano los efectos de la conocida Perestroika de Gorbachov que se había puesto en marcha unos años antes. Como médico que quería especializarse en Oftalmología, también le atrajo la fama de la medicina soviética y pensó que una estancia allí le serviría como punto distintivo en su currículum. Lo que iba a ser un mero viaje de estudios, se acabó convirtiendo en una aventura: vivió la caída de la Unión Soviética y los primeros años de vida de la actual Federación de Rusia

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Entremedias de todos estos acontecimientos realizó uno de los viajes más importantes de su vida por la Unión Soviética, justo el año de su disolución. Ahora narra sus periplos en El último verano de la URSS (El Reino de Cordelia), un libro que cuenta con imágenes de su paso por las distintas ciudades y las ilustraciones de Pedro Arjona, que muestran algunas de las vivencias más importantes para Sara y que no pudo fotografiar.

"Fue un viaje muy intenso pero importante, de descubrimiento de la necesidad de luchar por la libertad propia y ser muy consciente de lo que uno hace y quiere", explica a MagasIN mientras disfruta de unas vaciones en Asturias, su tierra natal.

Portada de 'El último verano de la URSS'.

Llevaba casi dos años en Járkov, una ciudad de Ucrania, viviendo en una residencia de estudiantes y trabajando como oftalmóloga en el hospital gracias a una beca del Ministerio soviético de Educación. Al llegar se encontró un país lleno de miseria que le recordaba a las historias de la postguerra española que le había contado su abuela con falta de alimentos, racionamiento, estraperlo... Y una formación que no tenía que ver con la educación de élites que le habían contado aunque "me enseñó muchas cosas".

Viaje por 7 ciudades

Aquel verano del 91 tenía dos meses de vacaciones y, en lugar de irse directamente a España, decidió que quería recorrer sola la Unión Soviética y conocer las principales ciudades. Pero, aunque parezca que no, aquella resultó ser una tarea complicada. Con su visado solo podía coger un vuelo internacional (el que la llevaría a España) pero no nacionales. Tampoco tenía permitido reservar en hoteles y para ir a cualquier sitio debía ser invitada por alguien del lugar que se encargase de su alojamiento y manutención. 

Para sortear estas dificultades decidió hacer el viaje en trenes nocturnos: allí no solían pedir la documentación y a la vez podría dormir y ganar tiempo. Miró su mapa -hay que recordar que no existía Google Maps- y diseñó una ruta para ir desde el Mar Báltico al Mar Negro: desde Járkov partió a Leningrado y luego Tallin, Riga, Vilna, Lvov, Kiev y Odesa.

Y, aunque quería hacerlo sola, a su aventura se unió Yulduz -nombre ficticio-, una compañera uzbeka del hospital. Sara no estaba muy convencida y pensó que sería un lastre, pero al final "resultó ser un regalo". "Ir con ella me supuso una lección de humildad, la verdad. Yo iba muy de sobrada y decía: ¿cómo va a venir esta conmigo? Pero luego me hacía pensar mucho. Ella daba por hecho que la vida era lo que le mandaba su padre, su marido o sus hermanos. Era una mujer, además musulmana, y no tenía ningún derecho ni siquiera a plantearse un cambio. Pero decía: no podré vivir a lo grande, pero sí soñar a lo grande".

El recorrido que siguió Sara ese verano del 91.

En El último verano de la URSS, Sara cuenta anécdotas de todos estos viajes, las diferencias culturales, su día a día, los problemas con los que a veces se encontraban para conseguir billetes de tren o comida... Y sobre todo, acontecimientos que en su momento no vio importantes, pero de los que ahora conoce su trascendencia como las barricadas de Riga o la manifestación independentista en la que se vieron envueltas en Kiev.

También sorprende la cantidad de personas que conocieron en el camino como un chico estadounidense con familiares originarios de Letonia y que recorría la región en busca de sus raíces, o una pareja con hermanos que habían tenido que abandonar su ciudad, Prypiat, debido al accidente de Chernóbil (actualmente Prypiat es una ciudad fantasma). "Es que si te quedas aislado, mueres. Para cualquier cosa dependes de los demás y ellos también de ti. La vida era muy social, muy relacionarse para todo".

"La gente siempre tenía muchas ganas, tienen como un carácter parecido al nuestro de fiesta, de alegría. Era como: está todo mal, pero nosotros podemos sacar la chispa, aunque el entorno nos esté oprimiendo tenemos la fuerza para disfrutar del momento", recuerda.

Sorpresa por la disolución

Sara explica que era evidente que la URSS "se estaba desmoronando y no tenía mucho futuro". Todo el territorio tenía algo en común: "en todas partes odiaban a Gorbachov, les provocaba frustración". "Al menos los soviéticos con los que me relacionaba", apunta. Sin embargo, nunca imaginó una disolución como la que finalmente ocurrió. "Una cosa era que cambiara el sistema y otra que se disolviera la Unión Soviética, eso sinceramente no me lo esperaba".

"En ese viaje vi que las repúblicas bálticas eran radicalmente diferentes al bloque ruso, ucraniano… Entonces, que esas tres se desgajaran lo podía entender. Además, ellos estaban luchando con bastante fuerza por la independencia, me parecía algo natural. Pero que se disolviera así de decir: hoy se acabó, cada república es un país independiente, no. Es como si aquí ves que hay comunidades que están tirando por independizarse y de repente dicen: se acabó España, cada comunidad autónoma es un país. Pues era esa sensación, esa extrañeza".

Sara y Yulduz brindando con otros pasajeros en el tren durante el viaje de Kiev a Odesa. Ilustración: Pedro Arjona

En agosto, cuando se produjo el secuestro de Gorbachov, Sara se encontraba en España de vacaciones, pero el 25 de diciembre de 1991, cuando se firmó la disolución, ya estaba de vuelta en Járkov. Sin embargo, afirma que se vivió como un proceso normal, sin grandes aspavientos. "No hubo ningún cambio inmediato, todo siguió funcionando igual. Tampoco nadie hizo grandes comentarios, algo bastante asombroso porque es la caída de uno de los grandes imperios". 

Ni manifestaciones en las calles -ya sean de celebración o de tristeza-, ni constantes conversaciones sobre el tema. Nada. "Yo, la única diferencia así más grande que percibí fue que en Járkov algunas personas empezaron a hablar ucraniano como para marcar la diferencia, y eso se fue agudizando. Antes la gente era de donde fuera y no pasaba nada, y de repente sí que se empezó a marcar territorio. Pero ya está, la vida siguió igual".

"Gorbachov lo firmó el 25 y el 26 seguíamos trabajando como si no hubiese pasado nada". Además, como la URSS era ya un sistema descentralizado de por sí, las antiguas repúblicas contaban con sus propios gobiernos, por lo que esa transición administrativa no supuso mucho trastorno. "Lo que te digo del símil con las comunidades autónomas: se va el poder central pero todo sigue funcionando y cada autonomía tiene su gobierno".

Vuelta a Rusia

Sara se mudó de Járkov a Moscú en 1992, donde se quedó hasta 1996. ¿El motivo? La pura curiosidad por ver cómo acababa todo. "La curiosidad mata", comenta entre risas. "Yo decía: ya que estamos aquí, vamos a tirar para delante. Me quedé hasta que acabó la primera legislatura de Yeltsin porque para mí, que tenía pasaporte español, era una aventura. Es algo que te puedes permitir cuando tienes un as en la manga y sabes que te puedes ir".

Sara en las famosas escaleras de Odesa que aparecen en la película 'El acorazado Potemkin'.

Desde entonces ha vuelto dos veces a Moscú y una a San Petersburgo, aunque todavía se le escapa llamarla Leningrado, y ha visto el cambio radical que ha vivido el país desde aquellos años 90. "Cuando yo llegué a Moscú no había ni bares ni tiendas ni nada, pero en 2007 Moscú era la acumulación salvaje del capital. Era el lujo y más lujo, parecía Nochevieja todos los días (los coches, cómo vestían, los restaurantes, los escaparates…). Ya en 2018 era una capital normal".

"Me sorprendió por ejemplo que antes había muchísima gente pidiendo en las calles y ya no hay nadie, no ves a ningún pobre. Me imagino que es porque las autoridades apuestan mucho por que Moscú sea el escaparate de Rusia y mostrarlo limpio y brillante. Pero ya es más normal de lo que había visto en 2007. Por su parte, San Petersburgo a finales de los 80-90 era la ciudad puntera, la más europeísta, pero se quedó un poco atrás de Moscú y pienso que es un poco por lo que te digo, que están invirtiendo en que la capital sea un gran escaparate. Es una suposición, pero que es intencionado, no casual", concluye.