María del Carmen Jorge Cruz (70 años) nació en la finca donde antes lo hicieron sus padres y sus abuelos: la de la Laja, en pleno valle de Agaete (al oeste de Gran Canaria), que se llama así por la enorme piedra que cayó en mitad del terreno y sobre la que se ha construido hasta una bodega y se sigue cultivando, como hace 200 años, el café más al norte del mundo.

Toda su familia está unida, desde las raíces, con un terreno que emerge como un llano entre dos de las montañas más antiguas de la isla. Un remanso verde que sirve de descanso a la vista, antes de elevar la mirada hacia arriba, hacia la diosa Tamadaba que preside toda la zona y a la que se le ruega agua y bendiciones.

De hecho, su primer recuerdo entre esos árboles es su tía abuela recogiendo los aguacates del suelo después de una noche de viento y su primer trabajo, cuando apenas levantaba un palmo del suelo, llevar agua a los empleados que recogían los granos de café para luego ponerlos a secar.

Finca de la Laja.

En esos años, todos eran trabajadores de los Manrique de Lara, los dueños de la finca, hasta que Carmen y su marido pudieron comprarla hace 25 años. "Comprar estas tierras fue como comprar parte de mi familia y de la historia de mi familia. Fue un regalo que quise hacer a mis padres".

El café de la Laja siempre ha estado presente en el modo de vida del valle y en su alimentación. Ahora cuenta que ella y su marido se despiertan a las tres o las cuatro de la madrugada y se toman un café para relajarse. ¿Y duermen después? "Lo que quita el sueño es el mal café, el buen café no quita el sueño", advierte. Y el suyo es de los mejores.

"El café se cultiva normalmente entre el Trópico de Cáncer y el de Capricornio. Pero aquí llevamos 200 años haciéndolo. Vino de Sudamérica y el primer sitio donde aterrizó fue el botánico de la Orotava, donde Carlos III que era un apasionado, tenía viveros para que las plantas se aclimataran antes de llevarselas al Palacio de Aranjuez", explica Víctor, el hijo de Carmen y uno de sus 'ayudantes' en la finca, porque la niña de la Laja tiene muy claro que no se va a jubilar nunca. Sigue siendo la jefa.

Imagen del café secándose.

"¿Jubilada? Nunca. Hay mucho que hacer en la finca y esta es mi vida".

Hace ya más de dos siglos, el café se adaptó perfectamente a las condiciones únicas de este valle. "El calor se queda muy condensado aquí y se da muy bien para cultivar la variedad arábica que en otros países de Sudamérica crece a partir de 1.200 metros sobre el nivel del mar", explica Víctor mientras señala la plantación que forma ya parte de la estructura de esta isla llena de montañas y barrancos.

Sin embargo, mantener con vida este cultivo no ha sido fácil ya que a finales del siglo XX los precios estaban dejando tirados a muchos agricultores que se habían hecho mayores y que estuvieron a punto de abandonarlo. "Se estaba perdiendo mucho su cultivo porque tiene mucho trabajo a la hora de recolectar, se pagaba muy barato el kilo del café y no salía rentable. Empezamos con un programa de revalorización haciendo una trazabilidad correcta para que el resultado de la taza fuera de especialidad, de excelencia. Pasamos de venderlo a 12 euros el kilo a 80 o 100 euros el kilo ahora".

La bodega de Los Berrozales.

Y toda la producción se comercializa sin salir ni siquiera de la Laja porque lo que ha creado Carmen y su familia es una economía circular que incluye agricultura, turismo y experiencia para acabar vendiendo todo desde la misma finca. "Nosotros exportamos nuestro café a más de 40 países pero no pagamos ni transporte ni aduanas. Se lo llevan en las manos las 80.000 personas que nos visitan cada año".

Carmen sabe que si quisiera vender toda su producción de golpe estaría lista en pocas semanas camino de Japón, el lugar del mundo donde ahora mismo se está comprando el mejor café y el más caro. "Pero así sólo ganaríamos nosotros y no conseguiríamos ser un reclamo turístico para la zona como somos ahora".

La bodega

Pero en la finca no sólo crece café. El negocio se completa desde hace 20 años con el vino que hacen en Los Berrozales. "Mi madre es como la Ángela Chaning canaria", bromea Víctor. Justo después de comprar la tierra, Carmen y su marido apostaron por completar los naranjos, aguacateros, plataneros o árboles de la papaya con vides para producir un vino casi de autor, que también sale de Canarias en la bodega de los aviones que llevan y traen turistas.

La bodega de Los Berrozales ocupa justo el corazón místico de este terreno ya que está construida alrededor de la laja, en un antiguo campo de aperos, donde el grosor de los muros permite mantener la temperatura que necesitan estos vinos.

Al año, sacan 40.000 botellas de blancos, el 70%, tintos y ahora un rosado y uno dulce, del que la mayoría se lo beben en la familia porque no quieren ni venderlo. "No hacemos más porque queremos ser felices", reconocen.

Son todos de variedades canarias y que, además, siempre se recogen en vendimias nocturnas en las que Carmen es una más en la dirección y recolección. "Así llega más fresca la uva, con más calidad y al final los vinos son más aromáticos y más limpios".

Víctor recuerda por qué los vinos canarios son únicos en el mundo y mucho tiene que ver con la situación geográfica de la isla: "Primero el terreno volcánico. Segundo, más de 340 días de sol al año y lo más importante, tenemos más de 1.000 variedades de uva que solo existen aquí y que se salvaron de la filoxera que atacó Europa pero que no llegó a Canarias".

Imagen del programa de Masterchef que se grabó en la finca. RTVE

Secretos

La finca está llena de secretos que van más allá de sus plantas. Cuenta la leyenda que la casa donde Carmen y sus hermanos vinieron al mundo es de la época de los Reyes Católicos y se sabe porque 'La casa de los Arenales', como se la conoce, fue donde vivió Francisco Palomares, el empresario al que Fernando de Lugo le vendió el primer ingenio azucarero para irse a conquistar Tenerife y La Palma.

"Ahí fue donde mis padres celebraron hace 50 años su boda y yo recuerdo cuando era pequeño, que veníamos aquí y no podíamos tocar nada para que no nos viera el dueño. Y ahora imagínate", bromea.

También se puede ver uno de los pinos más antiguos de la isla, "400 años", que aparece en el libro de los árboles más significativos y hasta tomarse un cafetito recién molido o un vino que sigue aún respirando la noche de su vendimia en la azotea donde se grabó uno de los programas de Masterchef más vistos la pasada temporada.

"Se grabó el 11 de marzo y se emitió el 11 de junio, en plena pandemia, en homenaje a los pueblos que más sufrieron el grave incendio de agosto de 2019 que nos tuvo cuatro días desalojados. Fue el más visto, después de la final, con una media de 2 millones de espectadores. El verano pasado hubo un boom de gente que quería visitar la finca por el programa".