Mafalda era una humanista, una niña Sócrates que miraba la vida con agudeza, con curiosidad, con alegría, con dudas y con templanza. Le chirriaban las guerras y los problemas tremendamente absurdos de los mayores, gestados a base de egos, de violencias y de crudezas. ¡Si ella tan sólo odiaba la sopa! Qué más podría odiar en un mundo bello que a ratos nos regala trazas de libertad. El mundo nunca tuvo la culpa de la sociedad nefasta que hemos cimentado en él, parecía pensar Mafalda: por eso en sueños hablaba con los extraterrestres, preocupada por explicarles por qué nuestro sistema no funciona y por qué, a su juicio, lo que nos hace odiarnos a los humanos es nuestra absoluta falta de solidaridad. 

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El fallecido y homenajeado Quino hizo mucho más que dibujar a una cría y a su pequeño universo de amigos: tejió con ternura una filosofía llena de saberes prácticos, de ocurrencias terrenales, de respuestas ingeniosas ante la barbarie de ahí afuera. Por eso y con razón decía Cortázar que "no tiene importancia lo que yo pienso sobre Mafalda; lo importante es lo que Mafalda piense de mí" -así respondió al ser preguntado por su pequeña compatriota-. 

La escuela de pensamiento de Quino se basó en la pluralidad, eso que dicen que es la democracia: "la bondad curiosa de Miguelito, el materialismo humilde de Manolito, la dulce soberbia de Susanita, la heroicidad tímida de Felipe, el escepticismo ceceoso de Guille, el compromiso caótico y afrancesado de Libertad, y la filosofía humanista de su gran protagonista", reza el prólogo de La filosofía de Mafalda, publicada ahora por Lumen en una edición verdaderamente hermosa.

Escepticismo político

La niña Mafalda era agria a veces, porque el escozor crítico es necesario: si el amigo le preguntaba "¿cómo van las cosas, Mafalda?" y ella venía cruzada de escuchar las terribles noticias por la radio, respondía, con pesar, sentándose en el banco: "Las cosas no van, vienen". Si se dejaba engatusar por las bonitas tonalidades de un mapamundi -"hay países anaranjados, verdes, lilas, amarillos... países todos en colores muy bonitos"- acababa por decirse a sí misma: "...que nada tienen que ver con el color de sus intenciones". 

Si leía en un libro que "siempre se tienen veinte años en un rincón del corazón", la cría sabia levantaba la ceja: "¿Y para qué diablos quiere uno todo ese stock ahí acumulado?". Se daba cuenta Mafalda, disfrutando del aire en la cara y del pelo alborotado subida en un columpio y dejándose llevar por el contoneo, de que "como siempre, apenas pone uno los pies en la tierra acaba la diversión".

Ni comer a gusto turrón podía, Mafalda, porque siempre arrastraba el runrún de los desfavorecidos, de los necesitados, de los pobres parias que llevan sobre sus hombros las injusticias sistémicas. "Ay, nosotros aquí y otros sin poder llevarse nada de comer a la boca...". Su colega le regañaba por estropear el momento: "¡Tú siempre igual!". Y ella reprendía, contestona: "Igual no. ¡Ayer era más joven!". 

El dedo en la llaga 

Había siempre humor en el extraño desencanto de Mafalda, en su reyerta contra las frases hechas, contra la estupidez aprendida y masticada que ya damos por buena.  Mafalda no era de esas niñas que estaban “más guapas calladitas”: Mafalda ni siquiera necesitaba ser guapa porque pensaba, y porque pensaba largo, y porque sabía expresar lo que antes había rumiado en su cerebrito.

Era una cría contestataria de los setenta, una rebelde de su tiempo y del nuestro, una punk enana y cabezona que no envejeció en cincuenta años de viñetas, que jamás pasó por el aro, que jamás se acomodó al discurso dominante. Un ser lleno de preguntas y de reveses. Puro combate dialéctico. Puro pensamiento diáfano. Siempre cuestionó lo que no hace tanto parecía incuestionable: la maternidad por norma, la guerra como respuesta a los conflictos, la niñez como espacio de inocencia -de la imbecilidad-.

Sabemos que lo de Mafalda era filosofía porque molestaba: el pensamiento siempre pisa el callo de los seres vegetales, de los muertos en vida, de los dogmáticos. De hecho, recuerden que cinco días antes de su última tira se produjo la masacre de Ezeiza. Argentina -tres meses antes del golpe de Pinochet en Chile- también acariciaba las violencias, a su manera, de las dictaduras militares de América en los setenta. Quino diría mucho después, en 2014, y en Montevideo, que si seguía dándole el soplo de vida a Mafalda "me pegaban uno o cuatro tiros".

Una cría con principios

"Tenemos hombres de principios. Lástima que nunca los dejen pasar del principio", mascullaba. Mafalda era consciente de que es difícil luchar contra el ojo cíclope de los poderosos, pero seguía intentando tocarles el testiculario con sus enormes preguntas. "¡Buenos días! ¿Se han abolido ya las injusticias terrestres?", lanzaba, nada más despertarse, guerrera desde el minuto uno. Al no recibir respuesta, continuaba hablando al aire: "Pues despiértenme para el almuerzo, entonces". 

Resultaba emblemática también defendiendo a la infancia e intentando cambiar el lugar que se le da a los vástagos en la sociedad. Leía un cuento que decía que "el ogro se comía a los niños" y refunfuñaba: "¡Y dale! ¡Siempre nos comen! ¿Hasta cuándo vamos a ser los pollos de la literatura? ¡Ya me tienen cansada estos cuentos en que los lobos y los ogros se comen a los chicos! ¿No es que somos el futuro de la humanidad y qué sé yo? ¡Nah! ¡Carne de imprenta, eso es lo que somos", farfullaba con inusitada brillantez. ¡Que serán infantes, hombre, pero no siempre quieren vivir infantilizados! 

Si veía a Manolito con un papel entre las manos, le preguntaba qué era y él le decía que "la cotización del mercado de valores", ella insistía: "Pero, ¿de qué valores? ¿Morales, espirituales, artísticos, humanos?". Y él zanjaba: "No, no, de los que sirven". A veces se enfadaba con los cangrejos cuando observaba que caminaban hacia atrás: "¿No me oíste? ¡El futuro queda hacia adelante! ¡Reaccionario!", le gritaba. "¡Sos un estúpido bicho sin porvenir!"... bufaba, hasta que reparaba en lo fundamental: "¿O será tan malo el porvenir que éste se vuelve?".