Publicada

Existe una creencia muy extendida entre los tutores según la cual un perro sociable debe dejarse acariciar por cualquier desconocido o interactuar de forma efusiva con todos los perros con los que se cruza por la calle.

Sin embargo, los expertos coinciden en que esta expectativa no solo es errónea, sino potencialmente perjudicial para la estabilidad emocional y el bienestar del animal.

Al igual que las personas, cada perro posee su propio temperamento, historial de vida y nivel de tolerancia social. Forzar a una mascota a mantener interacciones indeseadas vulnera su derecho al espacio personal y puede desencadenar episodios severos de ansiedad, reactividad o agresividad defensiva.

La sociedad tiende a etiquetar a los perros tímidos o reservados como animales problemáticos o mal educados.

Frente a esta idea, los profesionales de la conducta animal recuerdan que la sociabilidad canina no es un estado fijo ni universal, sino un espectro que cambia con la edad, la genética, la etapa de socialización y el estado de salud.

Asumir que todos deben disfrutar del contacto constante con extraños somete al tutor a una presión social innecesaria y expone a la mascota a situaciones de incomodidad constante.

El lenguaje corporal y los avisos sutiles de incomodidad

Antes de responder con una conducta drástica como el gruñido o la dentellada, los perros envían multitud de avisos corporales para comunicar que se sienten incómodos. Los expertos coinciden en que saber interpretar estas señales de calma es vital para evitar conflictos.

En una primera fase de estrés leve, el animal suele lamerse la trufa repetidamente sin haber comida cerca, bostezar fuera de un contexto de descanso o parpadear de forma acelerada mientras aparta la mirada.

Cuando el malestar aumenta, el perro busca poner distancia activa girando la cabeza o dando la espalda por completo. También es habitual que se quede totalmente rígido con la musculatura en tensión, muestre la parte blanca del ojo o mantenga las orejas pegadas hacia atrás y la cola baja.

Si el entorno ignora estas advertencias y continúa aproximándose, la mascota entiende que sus intentos de comunicación pacífica han fallado, lo que le obliga a utilizar conductas de distancia mucho más contundentes.

Los peligros de forzar la interacción y el uso de la correa

Cuando un perro se encuentra atado a la correa, su capacidad natural de huida queda completamente anulada. Si en ese momento se le fuerza a saludar a una persona o a otro perro, se genera la clásica respuesta de indefensión o de ataque por acorralamiento

Retener al perro mientras alguien se acerca a acariciarle la cabeza puede romper la confianza que la mascota tiene en su tutor. A largo plazo, el animal asociará los paseos y la presencia de desconocidos con una experiencia de amenaza incontrolable.

Pautas para gestionar los contactos de forma respetuosa

Para garantizar paseos tranquilos y seguros, los especialistas en comportamiento animal recomiendan aplicar un protocolo basado en el respeto y el consentimiento. Es fundamental aplicar el test del consentimiento, permitiendo que sea el propio perro quien tome la iniciativa de acercarse.

Si el animal se aproxima moviendo el cuerpo de forma relajada, se permite la interacción, pero si se detiene, olfatea el suelo o decide alejarse, hay que respetar su decisión sin presionarlo.

Asimismo, resulta clave aprender a poner límites al entorno e informar amablemente a los transeúntes de que la mascota necesita su espacio. Durante la marcha, mantener la correa holgada evita transmitir la tensión que suele aumentar la reactividad.

Finalmente, aumentar la distancia de seguridad cambiando de acera o creando un espacio amplio en cuanto se detecte inquietud ayudará a que el perro se sienta fuera de peligro y disfrute verdaderamente del paseo.