Angelica Rimini
Publicada

En España hay unos 1,5 millones de pequeños mamíferos de compañía, una cifra que, a simple vista, puede pasar desapercibida frente al protagonismo de perros y gatos, pero que describe un universo silencioso de jaulas, refugios, estanterías con heno y ruedas que giran de noche.

Detrás de ese número se esconden conejos, hámsteres, cobayas, ratas domésticas, chinchillas y otros animales que, sin ocupar tanto espacio en la calle o en los parques, forman parte esencial de la vida cotidiana de cientos de miles de hogares. Son los habitantes discretos de familias que buscan compañía en formato "mini", pero con una carga afectiva nada diminuta.

El auge de estos pequeños mamíferos refleja, en buena medida, laadaptación de los vínculos humanos a las condiciones reales de la vida urbana. Frente a la imagen del perro que exige paseos largos o del gato que reclama su territorio, el conejo, la cobaya o el hámster se perciben como animales "más gestionables".

Ocupan menos espacio, hacen menos ruido, parecen encajar mejor en casas donde el tiempo y los metros cuadrados son un lujo. Esto no significa que requieran menos cuidados, pero se piensa que encajan en un tipo de rutina en la que muchas personas sienten que no podrían asumir las exigencias logísticas de un perro, ni siquiera las de un gato.

Una paradoja importante

Estos 1,5 millones de pequeños mamíferos ponen sobre la mesa una paradoja. A menudo se asocian a "mascotas de iniciación" o a regalos para niños, como si fueran una especie de ensayo general de la responsabilidad, algo que se puede probar casi sin consecuencias.

Sin embargo, su biología, sus necesidades emocionales y su vulnerabilidad desmienten esa mirada frívola: un conejo puede vivir muchos años, una cobaya necesita compañía de su especie, una rata doméstica requiere estimulación y contacto frecuente.

El volumen de animales en esta categoría obliga a replantearse cuánto sabemos realmente de ellos y cuántas de esas vidas se desarrollan en condiciones adecuadas, y cuántas en jaulas demasiado pequeñas, dietas incorrectas o aislamiento.

Un compromiso serio

Optar por un pequeño mamífero parece, para algunos, una especie de compromiso intermedio: menos gasto, menos exigencias percibidas, una sensación de responsabilidad acotada. Sin embargo, son animales sociales, que necesitan tiempo de juego, cuidados especiales y mucha compañía.

Es una elección que, en el mejor de los casos, puede funcionar como un vínculo enriquecedor y respetuoso; en el peor, como un consumo rápido de afecto que se agota cuando llega el aburrimiento, la mudanza o la adolescencia de quien lo pidió.

Que haya 1,5 millones de pequeños mamíferos de compañía debería ser un toque de atención para ampliar la conversación: hablar de bienestar no solo desde el tamaño o la especie, sino desde la calidad de la relación y el nivel de compromiso que estamos dispuestos a asumir con cualquier animal al que llamamos "mascota".