Angelica Rimini
Publicada

En 2023 se adoptaron en España unos 56.500 gatos, aproximadamente un 3% más que en 2021, y esa pequeña variación porcentual esconde un cambio de fondo en nuestra relación con los animales. Cada una de esas adopciones es la historia de un animal que pasa de una jaula o de la calle a formar parte de un hogar, pero también la de una persona o una familia que decide asumir un compromiso a largo plazo.

Vista en perspectiva, la cifra no solo habla de gatos, sino de cómo se reorganizan los afectos, las prioridades y hasta la idea de familia en un país donde las mascotas ganan peso mientras la natalidad se estanca. El aumento del 3% respecto a 2021 puede parecer discreto sobre el papel, pero supone miles de gatos más que han encontrado casa en apenas dos años.

Esa subida se explica en parte por la consolidación del mensaje "adoptar antes que comprar" y por la visibilidad que han ganado refugios y protectoras en redes sociales y medios. Adquirir un gato ya no se asocia solo a criadores o tiendas; cada vez más personas acuden directamente a entidades de protección animal, se informan, rellenan cuestionarios, pasan entrevistas y se implican en un proceso que subraya la responsabilidad, no el impulso del momento.

Al mismo tiempo, las nuevas leyes de bienestar animal y la obligación de identificar y esterilizar a muchos animales han contribuido a cambiar la mirada social. La ley presiona para reducir el abandono y favorecer la tenencia responsable, mientras que quienes adoptan asumen con más naturalidad la idea de que un gato debe estar identificado, vacunado y atendido como un miembro más del hogar.

Un problema todavía enorme

Sin embargo, la lectura no puede ser triunfalista. Que 56.500 gatos hayan sido adoptados en 2023 significa que, previamente, han sido recogidos, rescatados o cedidos, y que el flujo de entrada en protectoras sigue siendo muy alto. Las entidades de protección animal viven en el equilibrio frágil entre la satisfacción de cada adopción y el agotamiento de ver cómo nunca se vacían del todo sus instalaciones.

El crecimiento del 3% es un indicio de mejora, pero no corrige de raíz problemas como la cría descontrolada, las camadas "caseras" no planificadas o los abandonos vinculados a mudanzas, rupturas de pareja o crisis económicas.

El perfil de quien adopta también está cambiando, y eso se refleja en estas cifras. Cada vez más personas jóvenes que viven solas o en pareja sin hijos optan por un gato como compañero de piso, porque se ajusta mejor a viviendas pequeñas, horarios irregulares y trabajos que permiten menos presencia en casa que la que suele requerir un perro.

A la vez, hay familias que deciden incorporar un segundo o tercer gato, muchas veces con la intención declarada de "ayudar" a algún animal que lo tiene más difícil: mayor, negro, tímido o con alguna secuela física. Esas decisiones, tomadas de una en una, suman finalmente las decenas de miles de adopciones que vemos reflejadas en la estadística.

Una nueva compañía 

En el trasfondo de todo esto aparece una sociedad que busca compañía, rutina compartida y sentido de cuidado en un contexto de incertidumbre económica y social. Para muchas personas, adoptar un gato es una forma de construir vínculo estable sin afrontar el nivel de responsabilidad y de carga económica que supone la crianza de hijos.

No es que los felinos sustituyan a los niños, pero sí ocupan parte del espacio emocional que antes se reservaba casi exclusivamente a la familia humana. Que en solo dos años las adopciones crezcan alrededor de un 3% indica que esa tendencia no es puntual, sino un proceso en marcha.

Mirando hacia adelante, la clave estará en que el aumento de adopciones vaya acompañado de una reducción sostenida del abandono y de la cría irresponsable. El objetivo no puede ser solo batir récords anuales de gatos adoptados, sino lograr que cada vez haya menos gatos que necesiten ser rescatados.

Si el dato de 2023 sirve para algo, es para mostrar que una parte de la sociedad ya está dando pasos en esa dirección. La pregunta es si seremos capaces, como conjunto, de transformar ese ligero incremento del 3% en la señal de un cambio más profundo y duradero en nuestra manera de convivir con los animales.