Inés Moreno lleva dos décadas intentando dar luz a las sombras que todavía sobrevuelan sobre la enfermedad del Alzheimer. Se licenció en Biología en la Universidad de Málaga, pero se interesó pronto por la biomedicina y el funcionamiento del sistema nervioso. Cuando se le cruzó la primera posibilidad para entrar de lleno en el mundo de la investigación, no dudó en decir que sí. Ahí comenzó su periplo para discernir todo el engranaje del envejecimiento en el cerebro.

Acaba de ser distinguida por la ‘Alzheimer´s Association’ no solo por su contribución a la investigación en el campo de las demencias sino también por su labor como mentora en neurociencia entre los jóvenes. 

Los titulares sobre posibles nuevos tratamientos contra el alzhéimer son recurrentes, ¿en qué punto de la investigación estamos?

Siempre decimos que la enfermedad de Alzheimer se ha curado ya más de 100 veces en ratones en laboratorio, pero lo que ocurre es que después no suele dar fruto cuando damos el paso a pacientes. El problema cuando hacemos investigación básica, como es mi caso, es que hay muchísimas limitaciones, por ejemplo, en los modelos animales que usamos y que evidentemente no captan bien la enfermedad. A día de hoy, hay muchas iniciativas para intentar generar nuevos modelos animales que sean más parecidos a lo que ocurre en humanos.

El alzhéimer es una enfermedad que afecta principalmente a personas con más de 65 años y la edad máxima de los ratones suele ser de dos años, es decir, estamos estudiando una enfermedad de personas envejecidas en animales que, aunque ellos estén envejecidos, no van a llegar a la edad en la que ocurren los mismos procesos biológicos que en personas mayores. Desafortunadamente, no tenemos más herramientas para esto.

Hay un debate ético importante sobre los animales con los que investigar.

Efectivamente. En laboratorio no está permitido el estudio con otros animales que puedan dar o tener más similitudes en comparación con los pacientes: usamos ratas y ratones modificados para que tengan unas características parecidas a la enfermedad de un humano. Hay algunas personas que estudian en primates, en monos, pero estos estudios son a muy largo plazo, son caros y, al final, no merecen la pena. Además, usar ese tipo de modelos que se parecerían más conlleva problemas éticos. Hay que encontrar un balance entre los resultados que podemos obtener y el uso de animales que no gustan a la comunidad científica.

Hay que encontrar un balance entre los resultados que podemos obtener y el uso de animales que no gustan a la comunidad científica

¿Por qué fallan estos tratamientos?

Por un lado, no suelen ser tan efectivos o tan eficientes como uno esperaba porque las condiciones de laboratorio no son las mismas que las de los pacientes. Por otro, porque ni siquiera son seguros, tienen efectos secundarios que no hemos observado en el laboratorio. En el caso del alzhéimer, los pacientes suelen tener otras enfermedades asociadas como la diabetes, problemas que no lo tienen los animales en laboratorio y que generan que haya más efectos secundarios de los que podemos observar previamente.

Ines Moreno, científica del Departamento de Biología Celular de la Universidad de Málaga.

Has trabajado durante casi 10 años en Estados Unidos. ¿Qué diferencias encuentras entre investigar en España y allí?

La diferencia es sobre todo de financiación. La cantidad de dinero que se pone a disposición de los investigadores en EEUU es quizá diez veces mayor de la que tenemos aquí y eso hace que se trabaje en mejores condiciones, que los sueldos sean más altos, que las instalaciones también sean mejores. Pese a todo, he de decir que con bastante menos financiación aquí hacemos muchas más cosas. Primero, porque evidentemente no tenemos el gasto de infraestructura y segundo, porque muchos investigadores trabajan en la universidad y en institutos públicos de investigación y el sueldo les llega de ahí por lo que la financiación para investigación va solo a la investigación. El problema de esto es que aquí hacer investigación básica es muy complicado, es una carrera de fondo: la financiación siempre es poca, el sueldo no va muy acorde y cuando estás en una universidad pública mucho de tu tiempo va a la docencia. En España hay que buscar tiempo libre para poder investigar.

En España hay que buscar tiempo libre para poder investigar



Con todo, da la impresión de que la enfermedad del Alzheimer está muy presente en el mundo de la investigación.

Eso depende de con quién se compare: si comparamos las enfermedades neurodegenerativas en general con el cáncer, la financiación es mucho más baja. Es un ámbito en el que estamos más atascados porque es difícil encontrar una cura y quizá se habla menos, es menos pública. Hace un par de décadas o tres, el diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer pasaba por considerar que una persona era mayor y que simplemente tenía que tener algo, normalmente mental.

Durante muchos años se habló de una persona senil, y senil implica muchas cosas: primero, que es una persona envejecida y segundo, que tiene una enfermedad y a lo mejor no está siquiera diagnosticada. A día de hoy, sabemos todas las enfermedades relativas que existen y dentro incluso dentro del alzhéimer podemos ver diferentes tipos de apariciones de la enfermedad. Hace falta crear más conciencia de que existe el envejecimiento saludable y de que las personas pueden ser mayores y no tienen por qué estar enfermas.

¿Hay mayor o mejor conciencia sobre el envejecimiento ahora?

Vamos hacia una población cada vez es más envejecida, tenemos una mayor esperanza de vida y hay más personas que son mayores. La mayoría de estas enfermedades neurodegenerativas están asociadas a personas de edades avanzadas, es decir, a partir de los 65 años. Durante los últimos años se ha visto un incremento de la población de esa edad, lo que hace que haya un boom también de personas que tienen este tipo de enfermedades. Por eso, en las últimas tres décadas se ha hecho mucho más hincapié en la importancia que tiene el estudio de estas enfermedades y, aunque es cierto que cuando se observan los síntomas es muy difícil revertir el daño, hay muchísimo hincapié en intentar prevenir daño, en intentar evitar que aparezca. Si no encontramos la cura, por lo menos que no aparezca.

Durante los últimos años hubo un incremento de la población mayor de 65 años, lo que hace que haya un boom de este tipo de enfermedades

¿Por qué es tan difícil encontrar la cura a esta enfermedad?

Hay varios motivos. Por un lado, es una enfermedad del cerebro, el órgano más complejo que tenemos. Cualquier cambio, cualquier acción que queramos hacer sobre él, siempre va a ser mucho más compleja. Por ejemplo, la administración de medicamentos es más difícil: no es lo mismo inyectar o dar una píldora oral que algún medicamento que necesite finalmente llegar hasta el cerebro. Además, cuando se realiza el diagnóstico suele ser tardío porque cuando hay un síntoma es que ya hay mucha pérdida neuronal y recuperar neurona es básicamente imposible.

¿Dónde estáis buscando entonces la solución?

Con la enfermedad de Alzheimer y con otras enfermedades neurodegenerativas, la esperanza es que haya un método de diagnóstico muchísimo antes de que haya un problema clínico. Si podemos atacar la enfermedad antes de que estas neuronas mueran, estamos anticipándonos a los daños que se vayan a producir. También podemos llegar a tener algún tipo de terapia personalizada. Desafortunadamente nos queda todavía mucho camino por andar, pero hay que intentarlo.

La esperanza es que haya un método de diagnóstico muchísimo antes de que haya un problema clínico

En esa etapa de anticipación es muy importante conocer los diferentes factores de riesgo que dan lugar a la enfermedad. ¿Cuáles son los principales?

El principal factor de riesgo para desarrollar la enfermedad de Alzheimer es la edad: cada cinco años que cumplimos se duplica la probabilidad de desarrollarlo: si uno tiene 65 años y tiene solamente un 1% de riesgo, a los 70 es el 2, a los 75 es el 4. Y al final es cuestión de cumplir años, es un factor de riesgo que no se puede evitar. También se ha visto que de cada tres personas que padecen Alzheimer, dos son mujeres. Esto parece que tiene mucho que ver con niveles hormonales, con los estrógenos que son protectores para el sistema nervioso y la bajada que ocurre a partir de la menopausia y que nos deja más expuestas a este tipo de enfermedades.

Pero también hay factores externos que sí se pueden mitigar, ¿no?

Hay múltiples. Por ejemplo, el tabaco no solo hace que la enfermedad avance más rápida, sino que empiece antes en personas que son fumadoras comparadas con las que no lo son. La parte nivel nutricional y el ejercicio también es importante: ser menos sedentario y realizar ciertas actividades de tipo cardiovascular favorece o evita la aparición de la enfermedad. La diabetes tipo 2, la asociada con personas adultas, aumenta muchísimo las probabilidades de desarrollar alzhéimer. La depresión en personas mayores era hasta ahora considerada un síntoma que acompañaba la enfermedad, pero estamos estudiando si un proceso depresivo profundo podría ser uno de los desencadenantes. También se investiga cómo puede afectar el aislamiento social al desarrollo de la enfermedad porque cualquier cosa que active tu cerebro, ya sea leer o hablar con alguien, siempre va a mejorar la función cerebral en comparación con aquellas personas que tienen poca actividad a nivel mental o que simplemente están aisladas y pasan mucho tiempo sin interacción

El tabaco no solo hace que la enfermedad avance más rápida, sino que empiece antes en personas que son fumadoras comparadas con las que no lo son

Hay muchas de estas actividades sobre las que se hace mucha prevención, como el tabaco o el ejercicio físico. ¿Pero basta con dejar de fumar a los 50 años o ir andando al trabajo para evitar el riesgo?

Cuando una persona ha estado tanto tiempo con malos hábitos, los daños de muchos años no se pueden revertir. Pero en pacientes que ya tienen la enfermedad de Alzheimer, la realización de ejercicio, el cambio a una mejor dieta o la estimulación sensorial, por ejemplo, en comparación con otros que no lo tienen, mejoran o retrasan un poco el avance de la enfermedad. Una cosa es frenar y otra cosa es revertir. Puedes frenar que avance, pero revertir parte de ese daño es muy difícil.

Últimamente, se ha puesto el foco en diversos aspectos sobre la importancia del sueño. ¿También tiene relación con el alzhéimer?

Sí, en los últimos cinco o diez años se ha hablado mucho de cómo influye, no solo a nivel general sino también específicamente en la enfermedad de Alzheimer. Yo creo que esto ocurre porque, en general, dormimos mal y acabamos fijándonos en las cosas que hacemos. Dormimos un tercio de nuestra vida, es una parte importante de las cosas que hacemos, aunque no seamos conscientes.

En el sistema nervioso es una actividad fundamental porque cuando estamos dormidos nuestro cerebro sigue funcionando; de hecho, es el momento en el que el cerebro se limpia, cuando toda la información que hemos recolectado durante todo el día se selecciona y se elimina la que no nos interesa a nivel de memoria y de aprendizaje. Y también influye a nivel físico: es el momento en el que se eliminan los desechos que se van acumulando en el cerebro durante el día y que si no se limpia bien o si se acumulan pueden llegar a dar lugar a diferentes enfermedades, como las neurodegenerativas.

Dormir siete horas pero dormirlas mal, despertándote o no teniendo un sueño profundo, es casi igual de malo que dormir bien, pero en muy pocas horas

¿Dormir mal nos hace más sensibles a desarrollar alzhéimer?

Si uno duerme poco o duerme mal, que son dos cosas diferentes, puede tener más probabilidades de tener este tipo de enfermedades. Hay que dormir las horas necesarias, entre siete o aproximadamente al día, pero además deben ser continuas. Dormir siete horas pero dormirlas mal, despertándote o no teniendo un sueño profundo, es casi igual de malo que dormir bien, pero en muy pocas horas.

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