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Cuando no ha dado tiempo en la zona oeste de Málaga a llorar el próximo cierre de uno de los templos del campero malagueño, el Larita, en el barrio de La Luz, llega el anuncio de una nueva despedida: la hamburguesería Munich de calle Gaucín cierra por jubilación.

Así lo ha confirmado una de las propietarias, Paqui Tomé, a EL ESPAÑOL de Málaga. La malagueña puso el local en marcha en el año 1986 junto a su marido, Manolo Barrionuevo, y cuarenta años después, a comienzos de 2027, bajará su persiana por jubilación.

Un negocio de estas características requiere mucha vocación y esfuerzo. Mucho cariño y muchas horas. Y Tomé no ha podido encontrar relevo generacional, muy a su pesar. Lo comprende, pero reconoce que "no quiero dejarle la hamburguesería a cualquiera".

Le encantaría que la persona que compre el local, que ya está en venta, se anime a seguir un legado que tanto ella como su marido construyeron con mucho esfuerzo. "Éramos dos niños, teníamos 23 años y fue por casualidad", cuenta Paqui.

De hecho, a modo de anécdota, confiesa entre risas cómo consiguieron quedarse con el local, que entonces era de un familiar. "¡Se lo compramos a cambio de pagarle un Renault 21!", recuerda la hostelera.

Ambos se metieron en la aventura del emprendimiento y aquel atrevimiento les ha permitido lograr cada objetivo que ambos se ponían. "Han sido años de mucho trabajo, pero también de muchas alegrías", reconoce.

Confiesa que le da mucha pena decir adiós a su segunda casa, pero "todo tiene su fin". "De verdad, mi empeño es que alguien pueda seguir dándole vida a Munich otros 40 años más", sostiene.

De hecho, la propietaria está totalmente dispuesta a guiar a quien esté interesado para mantener sus recetas, incluidas las de sus sabrosos camperos y sus famosísimas ollitas. La de kebab siempre fue uno de sus clásicos. "Es un local que funciona muy, pero que muy bien. Y me gustaría que lo cogiera alguien que sepa de hostelería", sostiene.

Al ser cuestionada por su clientela, reconoce que es "lo mejor de lo mejor". "Yo no soy de ese barrio, pero siempre lo he llevado por bandera. Un barrio de gente trabajadora que destaca por su buena gente. Una familia, muy, muy grande", declara.

Malos tiempos para el amante del campero

Son malos tiempos para los amantes del campero malagueño. Málaga lleva dos años despidiéndose de algunas de las barras donde mejor se ha servido este bocadillo. Unas cierran por jubilación, otras por cansancio y otras porque no encuentran un local que puedan pagar en una Málaga donde ya no se sentían comprendidos.

Una de las primeras en bajar la persiana fue El Laberinto, en Nueva Málaga. Miguel y Antonia cerraron a comienzos de 2024 después de unas tres décadas al frente de una hamburguesería que se había convertido en parada obligada para cenar en el barrio. Pesaron los años y los gastos que tiene cualquier negocio hostelero, y Miguel resumía entonces a este periódico que “al final tienes que trabajar más para ganar menos”. Su hija, que había trabajado 18 años en el local, decidió no coger el relevo.

Dos meses después, en abril, El Torcal se quedaba sin la histórica hamburguesería Joan, vecina de la Munich. Antonio Pérez y María Soledad Santiago se jubilaban tras más de tres décadas en el número 7 de la calle Niño de Gloria, donde el plato más caro de la carta costaba 5 euros. Su despedida fue tan multitudinaria que sobre las 22.30 ya no les quedaba ni pan de campero. Ninguno de sus hijos se planteó tampoco continuar con el negocio.

Este año le tocó a Santa Cristina. Ñam Ñam Poti Poti, el bar malaguista conocido por sus camperos de más de un kilo, cerró el 26 de abril tras casi una década en la barriada. Su responsable, José Cruces, pasó dos meses buscando otro local sin conseguirlo, porque los traspasos que encontraba no bajaban de 50.000 euros. El espacio que ocupaba el Poti se ha convertido en una vivienda a pie de calle.

El penúltimo aviso llegó a finales de septiembre desde La Luz. La hamburguesería Larita, en el número 6 de la plaza del mismo nombre, anunció que servirá su último campero el 28 de noviembre, después de 18 años. Anabel, que está al frente, se ha ganado una clientela fiel con bocadillos de grandes dimensiones salidos de una cocina de apenas dos metros cuadrados. Cierra por motivos personales y ha dejado abierta la puerta a que alguien se anime a seguir con sus camperos “aunque no sea yo quien los haga”.

Ahora es la Munich la que anuncia con un cartel que se vende por jubilación. Queda por ver si, como desea Paqui, alguien se anima a seguir haciendo sus camperos o si otra plancha de toda la vida se apaga en Málaga. "Ojalá sean 40 años más dando de comer a las nuevas generaciones", concluye.