En las páginas del Tao Te Ching, uno de los escritos clásicos fundamentales de la filosofía china, ya se advertía de que “los que hablan no saben, los que saben no hablan”. El pensador Jorge Freire (Madrid, 1985) recoge ahora esta máxima y ahonda en ella para escapar del ruido en el que la sociedad se ahoga. Lo hace en La banalidad del bien, un ensayo al que le basta menos de 170 páginas para hacerte sucumbir a la necesidad de parar y sentarte frente a ti mismo (o a la imagen que has construido de ti) para simplemente reflexionar.

“Hablar de la banalización del bien es hablar de cómo las buenas acciones han acabado siendo sustituidas por el efecto, de cómo al final acabó siendo más importante el decir que el hacer, de cómo es mucho más importante publicitar nuestros valores que nuestras acciones”, sintetiza el filósofo en una conversación con este medio de la que es posible extraer algunos consejos para pensarnos.

Consejo 1: obra bien y habla menos

Lo que defiende Freire en el libro, asegura, es que “es mucho más importante la verdad que la palabra”. El pensador explica que “toda palabra es una palabra de más” porque cuando una persona habla mucho, no puede hacerse cargo de todo lo que dice. “Y, al final, pasa como con las monedas que sufren la inflación, que pierden su valor”, remata. Por eso, “como dice el refrán español, obras son amores y no buenas razones y el equilibrio está en obrar bien y hablar menos”.



Consejo 2: no tengas empatía

La idea de este libro emergió un día en el que el pensador se topó con una noticia que hablaba de un directivo que se había visto ‘obligado’ a despedir a unos cuantos trabajadores en Estados Unidos. Este, en “una de las redes sociales más abyectas y más asquerosas que hay”, LinkedIn, subió una foto suya lloriqueando y contando que tenía el corazón roto por haber tenido que despedir a esos trabajadores. “Esto es la banalidad del bien”, matiza Freire, apuntando a la muestra de “exhibicionismo moral, de sensiblería, de poner las emociones por delante” y, en paralelo, a “la idea de que hay que exteriorizar mucho los sentimientos”.

“Si has hecho una mala gestión con tu empresa y eso te ha llevado a despedir a 100 personas, apechuga y hazte responsable de ello, no te pongas moralista”, apostilla el filósofo, que defiende que la empatía hace a las personas peores porque únicamente consiste en mostrar algo, a diferencia de la compasión. Sobre esta idea (y otras), Freire publicó el 2022 Hazte quien eres. Un código de costumbres, donde la ejemplifica así: “Antes, el adinerado mandaba a paseo al mendigo que le interrumpía la comida. Hoy se hace un selfi con él, componiendo un ademán compasivo, y luego lo sube a redes”.

Consejo 3: prima lo real frente a lo virtual

En este dibujo de la sociedad actual, lo que cada persona hace es que prevalezca “el simulacro sobre lo real”. Frente a eso, Freire asegura que “la única forma de ser dichoso, de ser feliz, es vivir ocultos”, pero ni mucho menos eso significa volver a la cueva en soledad. “Vivir ocultos significa, entre otras cosas, alejarse de las redes. No hace falta salir de ellas, creo que basta con dosificar, con no exponerse demasiado”, puntualiza.

Esto, sin embargo, no es tarea fácil para muchos. “Entre los adolescentes, el chantaje es especialmente perverso”, explica Freire, que asegura que la socialización de los chicos y chicas de 12 o 14 años, en la actualidad, “no es real, sino virtual”. “Ya no bajan al barro, al parque. Se quedan en sus casas para conectarse y sabemos que las redes sociales hacen trizas su salud mental, pero si los alejamos de ellas, los aislamos de sus amigos y las consecuencias todavía son peores”, reflexiona.

La solución que plantea radica en “el impulso del enemigo”. “Lo que hay que hacer es contenerse; como enseña el estoicismo, aprender a dominarse cada día. Favorezcamos lo real sobre lo virtual”, defiende.

Consejo 4: el mayor gesto de rebeldía es parar

Para Freire, “vivimos en una sociedad que nos interpele constantemente a estar haciendo cosas y cuantas más cosas hacemos, menos significativas son”. Por eso, para él, “no hay mayor gesto de desacato que detenernos, marcar distancia”. Esto no lo arregla todo, reconoce, pero es un buen punto de partida para aprender a mirar atrás y reflexionar sobre lo que sucede, “para pensar acerca de cuál es tu lugar en el mundo”.

“Si estás en medio de una vorágine, nunca puedes pensar claramente. La sociedad nos tiene constantemente moviéndonos como pollos sin cabeza y será que a lo mejor no nos quiere reflexivos, sino infinitamente flexibles, dúctiles, arrastrados por la marea. Yo propongo dar pasos en la distancia porque esa es la única forma de lograrlo”, argumenta.

Consejo 5: deja el móvil

¿Pero de dónde sacar un hueco para pensar en una agenda llena de tareas pendientes, con una jornada laboral que se antoja interminable? El filósofo invita a quienes se haga esta pregunta a mirar esa app que está instalada en casi todos los teléfonos y que cuantifica cuántos minutos pasas delante de la pantalla. “Puede que te dé un patatús cuando veas que son cuatro horas diarias”, ironiza. Por eso, lo primero que promueve es que “nos alejemos del móvil un poquito”.

Por otra parte, refuta eso de que “realmente estemos agobiados porque estamos entregados a productividad”. “No somos tan productivos como parece”, asegura, apuntando a un mito que se ha ido creando en los últimos años, el de la multitarea, y a El valor de la atención, el libro que hace unos meses publicó Johann Hari y que habla de cómo a merced a la multitarea, vivimos sobreestimulados y eso nos hace menos productivos y tener menor capacidad de pensamiento analítico.

“Hay quienes dicen que la atención va a ser el nuevo medidor de la inteligencia y, en realidad, están poniendo el dedo en la llaga, porque nuestra atención se ha reducido hasta extremos históricos. Yo tengo amigos que me dicen que las series de 20 minutos se le hacen largas y que las reproducen a velocidad. Si una persona no tiene atención, no tiene inteligencia y no tiene capacidad de pensar”, apostilla.

Consejo 6: presta atención a quien tienes delante

Y, de esa reflexión, aparece otra invitación más concisa: atiende a quien tienes delante. “Ese es uno de los mayores rasgo de amor hacia una persona que puede haber: dedicarle tu atención, prestarle un tiempo en el que tú estás presente”, explica. Cuando una persona comparte un rato con otra, puede que esté presente de forma física pero, si está mirando el móvil “es como un cascarón vacío”; sin embargo, cuando está presente en cuerpo y alma, está atendiendo a esa persona. “Yo recomiendo para romper con esa dispersión constante, fortalecer nuestra atención, estar presente”, apunta Freire.

Bonus: hay que ocuparse y no preocuparse

P. En toda esta vorágine, con todas estas tareas pendientes, ¿qué le preocupa a Jorge Freire como persona y como filósofo?

R. La verdad es que tiendo a escandalizarme por pocas cosas, por eso digo que soy estoico. Está todo el mundo preocupado por amenazas inminentes, pero a mí me cuesta mucho preocuparme en general, lo que no quiere decir que sea un insensible. Nicolás Gómez Dávila decía que “el sabio es aquel para quien todo tiene interés y nada tiene importancia” y, nada más lejos de mi intención que llamarme sabio, pero creo que eso está muy bien. Diría que hay que ocuparse y no preocuparse.

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