Es curioso que un lugar tan encantador y discreto como la isla de Milos, conocida gracias a la Venus de mármol que se encontró en sus aguas, fuera protagonista de una de las mayores lecciones de política que podemos aplicarnos hoy.
Corría el siglo V antes de Cristo, y Atenas y Esparta se enfrentaban en la dilatada guerra del Peloponeso, apoyadas por otras ciudades griegas. Una de ellas, vasalla de Atenas, se negó a pagar un impuesto. Hubo deliberaciones y quejas, pero las consecuencias no llegaron más allá; incluso entonces, existía cierto margen para el diálogo y la negociación.
La pequeña isla de Milos, por su parte, se mantenía al margen de la guerra. Por ello, cuando unos emisarios atenienses llegaron para exigir un tributo, sus habitantes se sintieron legitimados para negarse: ¡Ni siquiera eran sus aliados! ¡No les debían nada! Los mensajeros fueron despachados con frialdad, y los milios creyeron que la cuestión quedaba zanjada.
Para su desgracia, estaban muy equivocados. Como muestra de autoridad, los atenienses enviaron una flota con la misión de matar a todos los hombres de la isla y esclavizar a las mujeres y a los niños.
Los milios, mucho más débiles e incapaces de enfrentarse a una maquinaria de guerra semejante, protestaron, rogaron y trataron de razonar, recibiendo una respuesta demoledora: “El fuerte hace lo que puede, y el débil aguanta lo que debe”.
Esta historia lejana muestra hasta dónde llega el poder sin cortapisas, pero no es la única. Como todos sabemos, hace más de 80 años que terminó la Segunda Guerra Mundial. Mi padre guardaba en casa una colección de libros que analizaban el conflicto, y en ellos se incluían copias de periódicos reales de la época.
Los leí todos. Me horroricé ante la masacre del bosque de Katyn y contuve el aliento con los preparativos del día D. No fui capaz de terminar el volumen dedicado al Holocausto; todavía recuerdo con nitidez aquellas fotografías espantosas y los testimonios de las víctimas. Precisamente esas imágenes en blanco y negro, que reflejan una gran tragedia, muestran también por qué los países decidieron fijar reglas y comprometerse a acatarlas.
Y es que, aunque muchas personas no lo saben, la destrucción y el sufrimiento de ese conflicto impulsaron lo que hoy conocemos por Derechos Humanos, en la concepción amplia y garantista que tenemos en Europa. No es que estos valores no existieran antes, pero entonces se reconocieron como centrales en la sociedad occidental.
¿Significa que las guerras terminaron en el mundo? No, es evidente. Ni siquiera en la propia Europa. Pero ha habido un esfuerzo constante y coordinado por buscar soluciones de compromiso y por construir una sociedad más justa y solidaria, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras.
El equilibrio, sin embargo, es frágil, pues solo se sostiene mientras los distintos actores acepten someterse a esas normas compartidas. Por eso, en los últimos tiempos, el viraje de Estados Unidos resulta especialmente preocupante. No por la detención de un presunto criminal y dictador, sino porque para hacerlo se recurre a acciones armadas en una nación soberana, Venezuela, y eso viola el derecho internacional. Tampoco por la defensa de los propios intereses económicos y militares en tierra extranjera, sino porque esa “tierra”, Groenlandia, pertenece a otro país que es, además, un aliado pacífico.
Lo más desalentador, en el fondo, es que nada de esto lo perpetra un grupo terrorista, un estado fallido o una dictadura bananera. Estados Unidos ha sido, desde hace décadas, uno de los principales garantes del orden internacional, justo ese orden del que parece ahora querer descolgarse.
Y aunque el sistema es imperfecto, y en absoluto ajeno a la desigualdad o a los abusos, es el que ha permitido la existencia de mecanismos multilaterales como la ONU o los tribunales internacionales, que no surgieron de una obligación impuesta, sino del deseo compartido de sustituir la ley del más fuerte por una legalidad común y universal.
Hace muchos años del episodio de Milos. A pesar de sus intentos de apaciguar a Atenas, la isla fue asaltada y su población masacrada o esclavizada. Pero la historia no terminó ahí. Tiempo después Esparta derrotó a la propia Atenas, sometiéndola a un largo asedio. Hubo enfermedades y hambrunas, hasta que al final la cuna de la democracia se rindió.
Le esperaba un fin terrible. Mientras ciudades como Tebas y Corinto abogaban por devolverle el daño infligido a Milos, los atenienses aguardaban aterrados el veredicto de la temible Esparta, de quien nadie esperaba compasión.
Sin embargo, aunque actuó con dureza, Esparta se negó a destruir Atenas. Cuentan que, en el transcurso de las deliberaciones, alguien empezó a declamar unos versos sobre el sufrimiento humano, y los propios magistrados se sintieron conmovidos. Otros dicen que mostró clemencia por consideración a la gran aportación ateniense en la defensa de Grecia frente a enemigos externos.
En cualquier caso, Esparta decidió contenerse, demostrando que el poder no significa tan solo tener fuerza, sino también decidir cuándo y cómo usarla. Es precisamente esto lo que hacen las naciones cuando siguen las normas o se someten al arbitraje internacional, incluso ante adversarios más pequeños. Porque no todo lo que es posible resulta aceptable, ni siquiera para el líder.
En definitiva, sería ingenuo pretender que los poderosos se comporten siempre con justicia, pero su posición dominante no les exime de actuar de forma responsable. Es este compromiso, y no las declaraciones grandilocuentes ni las demostraciones de fuerza lo que conduce, como aquella vez a Esparta, al lado correcto de la historia.