Hay días en los que cuesta escribir, hablar... No porque falten palabras, sino porque sobran emociones. Días en los que una intenta ordenar lo que siente para no gritar, pero tampoco callar. El accidente de Adamuz es uno de esos momentos que te obligan a bajar el ritmo, a escribir despacio, casi con respeto, porque lo que hay detrás no son cifras ni titulares: son vidas rotas.
Pienso, y no puedo dejar de hacerlo, en esa pequeña que consiguió salir por sus propios medios, perdida, desorientada, horrorizada. Solita. Caminando sin entender del todo qué acababa de pasar, dejando atrás a su familia, a su vida, a su mundo. Solo imaginarla me encoge el pecho.
Al escribirlo, se me humedecen los ojos. Porque no es una imagen lejana ni ajena. Podría haber sido cualquiera de nuestros hijos, amigos, familiares. Podríamos haber sido nosotros mismos en otro día, en otro coche, en otro trayecto cotidiano de trabajo o de placer.
Y entonces entiendes que esto no va de política ni de discursos vacíos. Va de personas. De padres que hoy no saben cómo seguir. De abuelos que han perdido el sentido del tiempo. De casas en las que el silencio pesa más que nunca. El silencio que llega cuando ya no hay a quién llamar, cuando el teléfono deja de tener sentido.
No quiero hacer sangre. No quiero recrearme en el horror. Pero sí quiero decir algo con calma y con verdad: este país no puede seguir funcionando como si nada. No puede avanzar como un tren sin frenos, confiando en que “nunca pasa nada”, hasta que pasa. Y cuando pasa, lo hace llevándose por delante lo más sagrado.
Nos hemos acostumbrado peligrosamente al riesgo. A carreteras secundarias olvidadas, a curvas que llevan años pidiendo atención, a señalizaciones pobres, a decisiones que se aplazan porque “no es prioritario”. A convivir con la idea de que la prevención puede esperar. Hasta que un día deja de ser una palabra técnica y se convierte en una urgencia brutal. Y entonces ya no hay marcha atrás.
Entre tanto dolor, hay algo que también necesito decir, casi gritar: los héroes. Los de verdad. Los que no salen con pancartas ni buscan aplausos. Los que fueron a ciegas. Sanitarios, bomberos, guardias civiles, voluntarios, vecinos… Personas que corrieron hacia el miedo mientras otros huían de él. Personas que no preguntaron a quién ayudaban. Que actuaron por instinto humano. Gracias a ellos, algunas vidas se salvaron, gracias a ellos, el horror no fue aún mayor.
A veces olvidamos lo fina que es la línea que separa el “les pasó a otros” del “me podría haber pasado a mí”. Un viaje más. Un horario distinto. Un día cualquiera. Por eso duele tanto. Porque no hablamos de extraños, hablamos de nosotros. De nuestra vida cotidiana. De esa falsa sensación de control con la que convivimos.
Y aquí, con cuidado, pero con claridad, hay algo que conviene recordar. Los que gestionan, los que deciden, los que trabajan en las instituciones no están ahí por casualidad. Están ahí porque los elegimos. Porque los sostenemos con nuestro trabajo, con nuestros impuestos, con nuestra confianza. Trabajan para nosotros. Para gestionar nuestro bienestar. Y entre otras muchas cosas, para velar por nuestras vidas.
No hablo de culpables, aunque los haya. No señalo con el dedo, aunque los miro. No busco nombres propios, aunque los sepa. Hablo de responsabilidad. De memoria. De no olvidar que gobernar, administrar o decidir no es un privilegio, es un encargo. Y que ese encargo implica anticiparse, prevenir, cuidar lo que no da votos, pero salva vidas. Porque cuando la política se olvida de lo cotidiano, siempre pasa factura.
No basta con minutos de silencio ni con flores en las cunetas. No basta con mensajes de dolor en las RRSS, no basta con promesas que se difuminan cuando la actualidad cambia de tema. Como escribió José Saramago, “somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos”. Y si olvidamos demasiado rápido, si pasamos página sin aprender, este tren volverá a descarrilar.
El tren sigue en marcha. Cada día. En cada trayecto que hacemos sin pensarlo demasiado. Ojalá este golpe nos obligue, por fin, a tocar el freno. A mirar de frente. A cuidar mejor. Porque no hay nada más injusto que perder una vida y menos aún por algo que se pudo evitar.
Hoy mi pensamiento está con Adamuz, y en ese tramo con esa niña. Con esas familias. Con esos héroes anónimos. Y también con todos nosotros, porque la vida, la de verdad, no entiende de excusas.