A las 6:30 se abrían las puertas de la Catedral. Santa María de la Victoria se mecía en el interior del templo y el primer sonido cofrade de la pandemia inundaba el Patio de los Naranjos: aplausos. Sencillos y sentidos aplausos. Los aplausos de cientos de cofrades que desde minutos antes se reunían, saludaban y felicitaban por vivir, de según qué manera, la vuelta del culto público en Málaga.

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Y es que no se puede hablar de procesión, porque faltaban ingredientes. El cortejo, sencillo y sentido, adolecía de cualquier mínimo aderezo que pudiera hacerle parecer una procesión. Por decreto episcopal, ni varas ni cirios, pero al menos sí compañía. No faltó el público, no fallaron los cofrades ni los devotos. No se puede hablar de ese vacío "toda Málaga", pero sí mucha más gente de la que podría preverse por lo casi clandestino del horario.

Desde la Diócesis se pretendió restar cualquier aderezo al cortejo: ni tan siquiera una cruz marcaba el recorrido del mismo. De la sencillez a la desnudez hay un paso muy pequeño que en esta mañana de sábado se ha dado. Difícilmente podía quitársele el significado de la primera salida en pandemia, porque el sentido se lo dieron los miles de devotos que acompañaron en su recorrido a la Patrona.

Las hermandades también salieron a saludar a la Virgen: el Mutilado en la puerta de la Catedral, el Sepulcro en calle Císter, Estudiantes en su casa de hermandad, el Rescate y la Humildad en calle Agua, el Rocío en San Lázaro y el Amor y el Monte Calvario en la Victoria. Pero, sin duda, la recepción más sentida fue la de la entrada en calle Victoria.

Allí, El Rico tenía engalanados sus balcones y llenos de hermanos. Unos con campanillas, otros con pétalos y todos con el corazón entregado. Allí se vivió uno de los momentos con más sabor de la mañana. Aunque unos metros arriba, una campanilla solitaria tintineaba desde un balcón. La asía una vecina que, con lágrimas en los ojos, recibía a su manera a la Victoria. El aplauso, desde la nada, sonó a marcha triunfal.

El Compás se hizo eterno, como cada ocho de septiembre, pero esta vez no por el cansancio, sino por la necesidad de retener momentos e imágenes. Si algo faltó, eso sí, fue el sonido. Y no necesariamente el de la música (que acompañó en la salida desde el interior de la Catedral), sino el de la oración. El respetuoso murmullo se convirtió en vocerío al entender el público que no había acto de rezo alguno.

La organización por parte de la Real Hermandad, eso sí, fue exquisita. Dentro de las innumerables restricciones, el trono anduvo correctamente y los acompañantes, sin elementos que les identificaran como tal, mantuvieron en todo momento la compostura. Acompañó a la Virgen en la salida el deán de la Catedral, D. Antonio Aguilera, y en todo el recorrido estuvo presente el párroco D. Alejandro Morcillo.