Christian Millán
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Las claves

Antonio Pineda Navarrete, Antonio Pineda García y Antonio Pineda Barranquero. Tres generaciones de Antonios, tres generaciones de Pineda… o mejor dicho, tres generaciones de conserjes.Antonio Pineda Navarrete, portero de profesión y dueño de un domicilio en la Calle Marqués de Larios número 6, es la última pieza de esta cadena familiar que ha cuidado la calle más famosa de la ciudad.

Antonio Pineda Navarrete nació el 27 de marzo de 1945. A sus 80 años pudo presenciar cada detalle, cada acontecimiento y cada fiesta, ya sea Semana Santa, feria o carnavales, como si lo viese sentado desde la televisión de su casa pero, en este caso, la película se filmaba cada año a apenas 20 metros de su trabajo y de su portería.

“Mi familia llegó a la portería a finales de los años 50 o principios de los 60”, explica Antonio. “Primero fue mi abuelo, luego mi padre y ahora estoy yo. Somos tres generaciones, mi abuelo trabajó para los Larios, y cuando quedó libre la portería, entraron ellos. Así empezó todo”.

Para la familia Pineda, Larios era un álbum de recuerdos. Donde hoy encontramos escaparates de marcas de renombre, antes hubo ultramarinos pequeños, donde el trato era casi familiar, donde los trabajadores y trabajadoras sabían lo que querían y reconocían por sus nombres.

Desde la portería veían la calle diferente. Mientras uno va corriendo dirección a las grandes franquicias para realizar regalos o simplemente darse un caprichito sin quererlo, allí están los Pineda, observando cada gesto y acción.

Entre las rutinas compartidas de los porteros, era fundamental una sonrisa a las trabajadoras que subían y bajaban a los almacenes u oficinas, y allí, en el número 6, las tenía. Era rutina, sí, pero una rutina cargada de pequeños gestos que no valorabas, pero ahora lo anhelas. Porque cada “buenos días” era distinto al anterior aunque pareciera igual.

“La calle ha cambiado muchísimo. Mis primeros recuerdos son de principios de los años 80, pero mi padre me hablaba de cómo era antes. La solería, el bullicio, la gente… todo era distinto. Las grandes reformas llegaron a partir del año 2000, y de eso ya han pasado más de 25 años", señala.

Antes, la calle era más familiar, más cercana. “Había comercios que conocías de toda la vida: ultramarinos, zapaterías, tiendas donde te saludaban por tu nombre. Recuerdo entre risas el ultramarinos Cosmópolis (número 1). De allí fueron mis primeros cereales, mi madre me compraba esos cereales todas las semanas”, recuerda Antonio con una ligera sonrisa.

A pesar de las grandes infraestructuras, las luces estridentes de las tiendas de ropa y los escaparates cada vez más cargados de productos, allí se encuentra la portería de Antonio, que es un salto en el tiempo: las puertas antiguas, como si de puertas de iglesias se trataran, las paredes, los buzones con un número ya casi borrado y por no hablar, de que la mitad de ellos están sin nombre.

Antonio describe cómo su padre vivía el día a día de la portería: vigilar que todo estuviera en orden, los paquetes y alguna que otra charla con la persona que pasaba. Era un portero y un testigo de la evolución de una calle que crece más rápido que los niños.

Antonio Pineda observa la calle Larios.

“El día a día de mi padre no era muy distinto al mío: cuidar el edificio, estar pendiente de todo, ayudar a la gente. Pero antes había más trato humano, más conversación. Se notaba que la gente confiaba en él y él se preocupaba por todos”, dice Antonio con nostalgia.

El día del fallecimiento de Antonio Pineda García, el portero que marcó la segunda generación de los Pineda al mando de la portería, un cielo gris parecía acompañar el silencio de Parcemasa. Entre flores tradicionales y coronas, había un ramo diferente, pero lleno de significado: “Tus niñas de Calzedonia”.

Todos extrañados a la vez que sorprendidos, entienden que no solo era un ramo, era la prueba de la cercanía y bondad que su padre dejaba en las trabajadoras de esta multinational de ropa interior, medias y trajes de baño.

Este gesto hizo que Antonio entendiera algo increíble, la importancia de los pequeños tratos y de las rutinas, cada vez más difíciles en una calle en la que negocios locales se han convertido en grandes cadenas de paso. Antonio y su familia no imaginaban que alguien pudiera tocar tanto a personas que solo lo veían un rato cada día.

“Para alguien que no lo conociera, diría que era una persona muy cercana, muy cariñosa… se hacía querer. Siempre nos llamaba ‘mis niñas’, siempre con afecto”, recuerda una de las dependientas, Alicia. “Nunca pensé que una relación así pudiera marcar tanto", añade.

Tres generaciones no se explican con fechas como en el colegio cuando haces una línea cronológica, sino con gestos que se repiten. La misma mano que durante años abrió puertas cada mañana, aprendió antes a hacerlo mirando a otra.

Primero fue el abuelo, luego el padre y después el hijo. Tres Antonios. Tres hombres distintos y, sin embargo, el mismo lugar ocupado por tres generaciones.

La portería para ellos no fue solo un trabajo heredado. El abuelo enseñó a saludar mirando a los ojos, a escuchar sin interrumpir. El padre aprendió ese lenguaje silencioso que todos resaltan y a crear, de la rutina, cercanía y compañía. El hijo creció entre llaves, portones de madera, familias típicas que se convertían en tu propia familia, conocer a todo el mundo sin preguntar nombres.

La portería no es solo una labor, es la seguridad de que siempre habrá allí alguien, un trabajo invisible pero fundamental. La portería fue testigo de tres maneras de mirar la misma calle, tres épocas diferentes y de un mismo oficio.

“Yo he visto tres cambios de sentido del tráfico en la calle. Hoy es impensable que circularan coches por aquí, antes era lo normal”, afirma Antonio Pineda.

Cuando dos de esas generaciones ya no están, el vacío se nota. Falta la voz conocida, la ausencia de un saludo. Y, sin embargo, la historia no termina.

Hay un cuarto hijo. Esta vez no se llama Antonio, se llama Óscar Pineda, un chiquillo de cuatro años, un hijo que, aun siendo pequeño, observa, quiere abrir la puerta con su padre cada mañana y un pequeño que ya conoce al cuponero, o al de la farmacia. Tal vez aún no lo sepa, pero lleva consigo una herencia.

¿Será el que continúe? ¿Habrá una cuarta generación de conserje? Cuidando la misma puerta, la misma calle, una vez más.

“Al final esto es una historia más de Calle Larios. Una historia humana, yo continúo aquí, otra generación más, y no sé si mañana será mi hijo. El tiempo lo dirá”.

Christian Millán es estudiante de la facultad de Periodismo en la Universidad de Málaga y participa en la sección La cantera periodística de la UMA a través de la cual EL ESPAÑOL de Málaga da su primera oportunidad a los jóvenes talentos.