F.S.
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El sector agrícola continúa siendo una pieza clave de la economía y de la identidad de muchas comarcas, aunque quienes viven de él coinciden en que la realidad dista mucho de la imagen idealizada del campo. La incertidumbre climática, la inversión inicial y la falta de estabilidad siguen marcando el día a día de una actividad tan necesaria como exigente.

Sebastián, joven trabajador con trayectoria tanto en la agricultura como en la construcción, conoce bien ambos mundos y ofrece una visión comparativa basada en la experiencia. Desde su punto de vista, el campo puede resultar rentable si se gestiona con atención y planificación, especialmente cuando se apuesta por cultivos intensivos.

Según explica, el tipo de explotación es determinante. En su entorno, los invernaderos marcan la diferencia frente al cultivo al aire libre. Mientras este último requiere grandes extensiones para obtener beneficios, el cultivo bajo plástico permite optimizar el terreno y asegurar una producción más constante, siempre que se esté pendiente del desarrollo de los frutos.

En términos económicos, Sebastián señala que los ingresos pueden superar a los de otros sectores tradicionalmente más estables. Asegura que en la construcción es habitual rondar salarios mensuales de unos 1.500 euros, mientras que una buena campaña agrícola puede generar ingresos notablemente superiores. “Con una cosecha favorable puedes alcanzar más de 2.500 euros sin que el trabajo sea tan agresivo físicamente como en la obra”, apunta.

Uno de los factores clave para lograr rentabilidad, añade, es la organización del calendario agrícola. Disponer de varias parcelas permite alternar periodos de cultivo y recolección, lo que garantiza actividad continua y una entrada regular de dinero. Esta planificación, sin embargo, exige experiencia y dedicación constante. "Si tienes bastante terreno, puedes ir rotando: mientras una finca cría, en otra recoges. Así siempre tienes actividad y algo que vender", señala.

El clima sigue siendo uno de los principales condicionantes. Las altas temperaturas, especialmente durante el verano, convierten el trabajo en el invernadero en una tarea especialmente dura. A ello se suma el problema del agua, que en zonas como la Axarquía ha puesto en riesgo numerosas explotaciones en los últimos años, aunque la situación ha mejorado ligeramente en los últimos meses.

Para los jóvenes que quieren iniciarse en este mundo, los obstáculos son evidentes. "El metro de invernadero está a 1,5 euros y te dura tres o cuatro años. Como tengas mala suerte y pierdas la cosecha, lo pierdes todo", recalca con preocupación.

Sebastián, por ahora, compagina su trabajo matinal con el cultivo de una finca familiar por las tardes. Pero su intención es clara: "Más adelante quiero montar un invernadero y dedicarme más de lleno".