Málaga

Miguel Lorente (Serón, 1962) quedó impactado cuando en 1988 varias víctimas de violencia de género le dijeron que sus maridos le pegaban lo normal. Aquello le hizo estudiar el origen de la violencia machista y replantearse actitudes normalizadas todavía en el seno de nuestra sociedad. El médico forense, afincado en Granada, es hoy día uno de los mayores expertos en el estudio de la violencia de género

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El director de la Unidad de Igualdad de la Universidad de Granada ha ocupado cargos tan relevantes como el de delegado del Gobierno para la Violencia de Género en el Ministerio de Igualdad o el de director del Instituto de Medicina Legal de Granada. Además, cuenta con más de 100 publicaciones nacionales e internacionales relacionados con estos temas de plena actualidad que tanto nos atraviesan.

El profesor universitario y escritor habla con EL ESPAÑOL de Málaga con motivo del Día Internacional para la Erradicación de la Violencia de Género este jueves. "La ciudad está preciosa y ha cambiado mucho en los últimos años. Tiene una luz y una temperatura envidiables. Además, tengo un hijo haciendo aquí Psiquiatría", señala al inicio de la conversación con este medio.

Hoy se celebra el Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. ¿Qué logros en materia de igualdad se han conseguido en los últimos años?

El logro más importante es la consolidación de un proceso que conducirá a una transformación social que, en lugar de estar levantada sobre la desigualdad con la discriminación, la injusticia y la violencia, esté basada en la igualdad. Ese es el derecho humano que todavía no tenemos. Esto nos permitirá convivir, resolver los problemas de manera pacífica y no discriminar a las personas y a las mujeres por su condición. Debemos tratar de organizarnos de una manera diferente sin tanto modelo androcéntrico. Todo esto es un proceso en el que la consecuencia más grave y terrible es la violencia contra las mujeres. El hecho de que conmemoremos un día internacional no sólo refleja la realidad, sino las circunstancias que llevan a que esa violencia forme parte de nuestro día a día hasta el punto de que tengamos una media de 60 mujeres asesinadas cada año, además de 5 niños y niñas asesinados. Somos una sociedad capaz de generar 60 asesinos desde la normalidad. Estos asesinos no son narcotraficantes, ni terroristas. Forman parte de la normalidad del día a día y terminan maltratando y asesinando a mujeres.

¿Cuánto ha crecido la violencia machista con la pandemia?

Bastante. La pandemia lo que ha hecho ha sido reforzar el objetivo de la violencia contra las mujeres. Conocemos la violencia a través de los homicidios o de las agresiones graves. El objetivo de la violencia de género es el control. Es una violencia estructural y no una violencia externa que ataca la convivencia. Te dicen que como hombre tienes que imponer una serie de normas y que tu mujer sea, entre y salga según consideres. El confinamiento ha garantizado el control a través de la limitación de la movilidad de las mujeres. Ese control que los agresores han mantenido durante este tiempo se ha traducido en una disminución de las denuncias por las dificultades para ponerlas y luego volver a casa donde tenían que convivir con el agresor; y un aumento del número de llamadas al 016. Las mujeres seguían sufriendo la violencia, pero no podían ni salir ni romper la relación.

¿Qué pasó al acabar el confinamiento estricto?

En 2020 los homicidios fueron 46, la serie más baja de la historia; y en el trimestre del confinamiento asesinaron a cuatro mujeres. Luego en agosto aumentaron cuando se dijo que volvíamos a la normalidad. Asesinaron a ocho mujeres en un solo mes. Y cuando acabó el estado de alarma, en mayo, asesinaron a nueve mujeres y en junio a 11. El factor de mayor riesgo llega cuando se produce la pérdida de este control, cuando la mujer puede salir de la relación y poner una denuncia. 

La mayoría de las víctimas no denuncia. ¿Debería haber mayores mecanismos de detección en los centros sanitarios?

Sí. Eso es la clave que manejo en los últimos años. El déficit que tenemos para avanzar de una manera decidida en esta erradicación y en los casos que existen está en la educación como factor de prevención. Esas mujeres maltratadas acuden con frecuencia a servicios sanitarios. Acuden un 20% más que las mujeres no maltratadas, según la Organización Mundial de la Salud. Tenemos a las mujeres donde no tenemos los recursos. La mayoría están destinados alrededor de la violencia. Las mujeres nunca van a denunciar en porcentajes altos porque es una violencia estructural y normalizada que culpabiliza a las mujeres de haberlo sufrido. El barómetro del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud recoge que las chavalas desde los 14 años dicen que la violencia de baja intensidad, los golpes leves, no deben ser considerados violencia. Esa normalización de la violencia es la que lleva a que tú convivas con ella y a que esa violencia vaya aumentado progresivamente y tú la consideres normal. Eso produce un impacto muy serio en la salud y tenemos que detectarlo. ¿Por qué una mujer cuando le pega el marido piensa que es lo normal y cuando lo hace un vecino no? Porque hay construcción cultural que las relaciones de vecindad pueden facilitar la resolución de conflictos por medio de la violencia. 

¿Cuánto cree que ha ayudado el caso de Rocío Carrasco a que las mujeres maltratadas den un paso al frente?

Poco. Mira el caso de Ana Orantes en el Diaro de Patricia. Luego fue asesinada. Tiene un impacto emocional muy intenso, pero no genera conciencia. Tiendes a ver el caso con sus particularidades y sus características. Ayuda, por supuesto. Al final estás viendo como una mujer que sale de los estereotipos de la violencia puede suscribir violencia y las circunstancias que la envuelven. De hecho, cuando analizamos el porcentaje de población que considera la violencia grave entre las prioridades según el CIS durante los meses en los que se emitió el reportaje no hubo variaciones. Ayuda a conocer la violencia en otra dimensión. Pensar que este tipo de programas van a ser la clave para resolver el problema de la falta de concienciación no es un argumento válido. La solución pasa por una educación, una concienciación y un mensaje más elaborado. Como ocurre con las campañas de prevención de accidentes de tráfico.

Hay seis violaciones al día en lo que va de año en España, según el Balance de Criminalidad que publica el Ministerio del Interior. ¿Cómo cambiamos esto?

Estamos hablando de conductas que llevan a cabo hombres con toda la planificación, la conciencia y la decisión. La pregunta es: ¿qué pasa para que los hombres seamos y nos comportemos de esa manera? No son factores causales. Estamos hablando de esa violencia cultural y de esa construcción de la masculinidad que entiende que se puede usar la violencia sobre las mujeres porque son de su propiedad; o que puedas agredirlas sexualmente porque son objetos y tú como hombre puedes usarlos. El cómo cambiamos eso pasa por dirigirnos a los hombres. Los hombres tenemos que entender que no hay neutralidad y que si no nos implicamos en una transformación social a favor de la igualdad estamos contribuyendo para que todo esto siga. El hombre maltrata para resolver sus conflictos particulares con la mujer y al mismo tiempo está reforzando el modelo social y la cultura patriarcal. Las políticas de igualdad deben romper con esa masculinidad y hacernos pensar que podemos ser hombres de otra manera.

¿Cuándo daño ha podido hacer las noticias falsas?

Mucho. Todas estas estrategias de manipulación, distorsión y negación consolidan el modelo actual. Si haces un planteamiento sobre igualdad estás creando un elemento transformador sobre una alternativa y una realidad que no exige y por lo tanto exige un esfuerzo para aceptar algo e intentar lograrlo. No deja de ser una propuesta. Si hablamos de que los hombres y las mujeres tengan los mismos derechos y cobren igual debemos imaginarnos que eso va a ser bueno. Tenemos que esperar a que se desarrollen las políticas de igualdad para ver un resultado práctico en el día a día. Cuando planteas la defensa de la construcción cultural y social que ya existe al final estás reforzando una realidad con sus mitos y sus estereotipos. Uno de ellos es que las mujeres son malas y perversas. Mientras que los hombres tienen palabra, honor y compromiso. Diciendo que las mujeres denuncian falsamente y que actúan de manera perversa contra el hombre, y además denuncian los viernes para que estén todo el fin de semana en el calabozo, se refuerza el mito. Todo el mundo dice: "Ah, es verdad". El problema de este tipo de estrategias es triple: facilitan la consolidación de lo que ya existe, evitan tomar conciencia de la realidad tal y como es (la gente así ya no se preocupa de que lo que hay detrás de la violencia contras las mujeres) y generan mucha ira y odio. Los hombres se sienten atacados y amenazados. Mira el caso de Tomás Gimeno. Asesinó a sus dos hijos. 

El PSC quiere equiparar a los huérfanos de la violencia machista con los del terrorismo. ¿Qué opina?

Todo lo que sea ayudar a las víctimas que sufren las consecuencias de la mayor injusticia social. Para mí, es mucho más grave y perversa la violencia de género que el terrorismo. No porque sea más grave en cuanto a significado. El terrorismo no deja de ser una violencia externa que ataca a la convivencia y a las normas de democracia. Mientras que la violencia de género utiliza las normas de convivencia y las normas democráticas para ampararse en la normalidad y asesinar. El terrorismo va contra el sistema mientras que la violencia de género refuerza el sistema. Es mucho más perverso que utilicen la normalidad, las justificaciones, los mitos y los estereotipos para causar daño, dolor y muerte. 

¿Cuánto daño ha hecho eso que se dice de que 'los hombres no lloran' y que no deben exteorizar sus sentimientos?

Mucho. Hay que preguntarse qué clase de masculinidad tenemos para que actuemos de esa manera. Los hombres que maltratan no son psicópatas, alcohólicos ni enfermos mentales. Muchas veces se dice eso para tranquilizarnos. Son hombres que cuando tienen un conflicto con un hermano, un vecino, un jefe o un compañero no utilizan la violencia. La utilizan sobre las mujeres porque la cultura ha creado esa posibilidad de violencia. Esa masculinidad está construida sobre la negación de la feminidad, es decir, ser hombre tienen un componente esencial de no ser mujer. De ahí la idea de que los hombres no lloran, ni se visten de rosa. En lugar de empatizar, de utilizar los sentimientos para tomar decisiones, de entender que la frustración es consecuencia de la convivencia, de entender que una decisión contraria de tu mujer es una decisión libre se interpreta en sentido contrario. Los hombres tenemos miedo, inseguridades, frustraciones, pero nos lo callamos. Y al callar lo traducimos en ira, rabia e impotencia. Eso lo llevamos a la conducta. 

Bueno, la percepción que se tiene del machismo a nivel global está cambiando. Usted lo sabrá que trabaja en instituciones públicas.

Está cambiando. Hay un movimiento liderado y protagonizado por las mujeres que se está traduciendo en políticas, instrumentos, acciones y protocolos. Los hombres tenemos que incorporarnos de una manera más decidida y sobre todo identificar las reacciones que se están produciendo contra este avance. Es una transformación social imparable. El mensaje negacionista de la ultraderecha está haciendo mucho daño. Está aglutinando a mucho maltratador, machista y hombre violento. Lo vemos en las redes sociales y en los debates políticos. Hace tres semanas, el líder de Vox le dijo al presidente: "¡Piense usted cómo se sentirá el padre de una menor que ha sido violada por un mena!". Me quedé helado. ¿Y cómo se siente la menor? Qué desprecio hacia las mujeres el de aquel que ni siquiera considera su situación de víctima para criticar el acto de un agresor. Este mensaje negacionista está calando en los chicos jóvenes, que prefieren replegarse sobre posiciones más machistas antes que enfrentarse a una verdad incómoda. Ante esa impotencia de no controlar a las chicas, muchos deciden agredir sexualmente y lo hacen en grupo, utilizando la sumisión química, en lugar de tratar de mantener una relación. Hay mucho trabajo que hacer y no podemos dejar que el tiempo pase. Hay vidas en juego.