Iñaki Burgueño todavía se emociona cuando habla del uniforme de bombero. “Miro mi ropa y todavía siento ilusión”, admite. Tiene 33 años, trabaja en el Parque de Bomberos número 7 de San Blas y asegura que el día que le entregaron el casco y el equipo fue “el más feliz” de su vida. “Dejé todo lo que hacía para poder ser bombero”.
El domingo, además, vivió una experiencia difícil de olvidar: acabó sobre el escenario del acto de bienvenida al Papa tras ser seleccionado para contar su historia ante miles de personas en el Movistar Arena.
Todo empezó con un mensaje de WhatsApp. Un sacerdote, al que le habían pasado su contacto, quería hablar con él. “Me dijo que estaban buscando a un servidor público que representara el servicio a la ciudadanía”, cuenta. Les habían hablado de él, de su perfil y de la asociación Bomberos Ayudan, de la que hoy es presidente.
Aceptó casi sin pensarlo. “Cuando me invitaron dije que sí porque es algo positivo para la sociedad. Contagiar voluntariado y solidaridad siempre merece la pena”.
Hubo ensayos previos, preguntas, pruebas y cambios de última hora. En uno de esos ensayos contó más detalles sobre Bomberos Ayudan y gustó mucho.
Aunque no llegó a estrechar la mano del Papa, la experiencia le dejó marcado por otro motivo. Compartió buena parte de la mañana con una enfermera y con Pablo, un joven enfermo de cáncer que soñaba con conocer al Pontífice.
“Hicimos todo lo posible para que pudiera saludarle”, recuerda. “Él tenía asignado otro sitio, pero acabó sentándose en una zona desde la que el Papa pudiera verle”. Burgueño sonríe al recordarlo: “Me hacía mucho más feliz que Pablo pudiera saludarle él, porque tenía muchísimas ganas”.
Ser bombero lo era todo
La idea de ser bombero llevaba años escondida en algún rincón de su cabeza. “Era el típico niño que quería ser bombero”, cuenta. Pero aquella vocación quedó aparcada mientras estudiaba Ciencias de la Actividad Física y del Deporte.
Hasta que llegó un Erasmus. “En tercero de carrera tuve me daba espacios de silencio para pensar y afloró el pensamiento. Me di cuenta de que lo que quería era ser bombero”.
Sabía que no quería una vida de oficina. “Siempre he sido un 'culo inquieto'. Necesitaba un trabajo con un componente físico y con vocación de servicio”. Así que terminó la carrera, empezó un máster y, al mismo tiempo, empezó a opositar.
Fueron casi cuatro años estudiando y entrenando. En Madrid apenas salían plazas y el proceso se eternizó. “Había una sequía de casi seis años sin convocatorias”. Cuando finalmente aprobó, sintió que todo había merecido la pena.
“Ser bombero era todo. A nivel profesional, pero también personal. Era superación”.
La segunda familia
Iñaki lleva vinculado al voluntariado desde los 16 años. Ha trabajado en cárceles, ha hecho acompañamiento y ha participado en proyectos sociales desde adolescente. Pero encontró su sitio definitivo en Bomberos Ayudan.
La asociación nació hace más de trece años después de una intervención que marcó a varios bomberos. Durante la crisis económica empezaron a entrar en casas donde las emergencias dejaban ver situaciones extremas: familias hacinadas, pobreza severa o personas viviendo sin apenas recursos.
Una historia terminó de cambiarlo todo.
Sonia, de nombre ficticio pero historia real, había cancelado el seguro de su vivienda mientras tramitaba otro nuevo. En ese intervalo, la casa se incendió. Cuando los bomberos llegaron, encontraron a la familia completamente desesperada.
“Mis compañeros vieron que no podían quedarse de brazos cruzados”, explica Burgueño. Entre ellos había electricistas, fontaneros y gente acostumbrada a arreglarlo todo. Empezaron a reconstruir la vivienda en su tiempo libre, después de las guardias.
“Era más importante hacer eso que descansar”, resume.
Poco a poco se fueron sumando más bomberos. Lo que comenzó como una ayuda puntual acabó convirtiéndose en una asociación estable dedicada a reformas, acompañamiento y asistencia a familias vulnerables.
“Es mi segunda familia”, dice.
“Hay cosas que nadie quiere ver”
Habla de su profesión con entusiasmo, pero también con crudeza. “Es la profesión más bonita del mundo, aunque hay momentos muy complicados”.
Los accidentes de tráfico son lo que más le pesa. “Ves familias, parejas, personas solas en situaciones durísimas. Y tienes que actuar rápido”.
Aun así, asegura que casi todo compensa. Incluso las noches más duras.
“Entre estar en la cama o desaguando un piso a las cuatro de la mañana… creo que estoy ahí porque tengo que estar ahí. Qué orgullo poder ayudar”.
Una de las intervenciones que más recuerda, sin embargo, no tuvo fuego ni grandes rescates. Solo un ascensor atrapado entre una séptima y una octava planta.
Dentro había dos personas y una estaba completamente aterrorizada.
Mientras varios compañeros preparaban el rescate, uno intentaba tranquilizarles desde fuera. “El pobre no tenía la mejor habilidad comunicativa”, cuenta entre risas.
Iñaki acabó uniéndose a la conversación. “La persona me contó su vida y yo le conté la mía”. Cuando finalmente consiguieron abrir el ascensor, el rescatado le abrazó emocionado.
“Es una intervención un poco tonta, pero refleja muy bien que cada uno tenemos nuestros dones”, explica. “Ese compañero tiene una habilidad tremenda para rescatar. Yo quizá conecto mejor hablando con la gente”.
La DANA
Otra experiencia que le dejó huella fue la intervención durante la DANA. Pasó días sacando coches de garajes inundados y ayudando en viviendas llenas de barro.
Pero lo más duro, asegura, no fue el trabajo físico. “Lo que más me marcó fue el contacto con las familias. Estaban destrozadas, colapsadas con los seguros y sin soluciones”.
En medio de aquel caos, uno de sus compañeros cumplió años. Al terminar una jornada, improvisaron una pequeña tarta con velas.
“De repente empezaron a salir familias a aplaudirnos y a celebrarlo con nosotros”, recuerda. “También celebraban que estuviéramos allí”.
Con algunas de esas familias todavía mantienen el contacto hoy.
