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Las claves

Jesús Carmona (Barcelona, 1985) recuerda desde que tiene uso de razón decirle a su madre que él quería "bailar flamenco". "No decía 'quiero bailar', que es algo muy global; le decía que quería bailar flamenco. Sin haberlo vivido, sin haberlo escuchado y sin haberlo mamado".

A día de hoy sigue sin saber de dónde le vino esa gran motivación, pero de lo que está seguro es de que es su gran vocación en la vida. De hecho, el conocido bailaor lo define como algo "heredado", aunque no a nivel familiar, sino "energético".

"No hay nadie en mi familia que sea artista, pero fue desde el momento en que empecé a hablar. E incluso cuando no sabía hablar, me ponía a bailar", cuenta al otro lado del teléfono en la entrevista con Madrid Total.

Así, a los seis años aproximadamente, obligó a sus padres a buscar un sitio donde le enseñaran. "Cerca de mi casa (en Badalona) había una peña flamenca. En aquella época era un barrio de inmigrantes andaluces, extremeños... Y ahí es donde ellos me llevaron y donde empecé".

De ahí acabó llegando a Madrid con 16 años para trabajar en una de las compañías más importantes de aquel momento. Y en 2010 emprendió su andadura en solitario creando su propia compañía: Compañía de Danza Jesús Carmona.

Posteriormente, todo ese esfuerzo ha dado sus frutos, con hitos como el Premio Nacional de Danza en 2020 o el Premio Benois de la Danse al Mejor Bailarín del Mundo en 2021, otorgado por el prestigioso Teatro Bolshoi de Moscú -unos reconocimientos considerados como los 'Óscar' de la danza, el cual solo siete españoles han logrado conseguir-. También fue portada del New York Times, que le bautizó como "un fenómeno".

Este jueves interpretará su obra Baile de Bestias como parte del ciclo Villanos del Flamenco, que se celebra en el Teatro Albéniz hasta el 12 de julio con diferentes figuras reconocidas del género.

Pregunta.- ¿Cómo recuerda su infancia? ¿Cree que se perdió muchas cosas al estar tan centrado desde tan pequeño en su trayectoria?

Respuesta.- Muchísimas. De hecho, a los 11 años tuve un bache en el que quería dejar de bailar porque no podía ir a cumpleaños, por las tardes al parque a jugar... Además, mi madre ha sido siempre una persona muy recta y nos ha inculcado mucho que cuando quieres algo tienes que luchar y tienes que trabajar de una forma muy disciplinada.

Entonces sí que es verdad que no tengo otro recuerdo que no sea en la escuela de baile, los fines de semana en las peñas bailando o en los festivales. No he tenido esa infancia más ordinaria. Yo no he ido nunca a esquiar, no he montado a caballo... Todas estas cosas no las hacía para no lesionarme.

P.- ¿Y ahora, con el paso de los años, se arrepiente o lo agradece?

R.- Hay una lucha interna. Obviamente, si estoy donde estoy, es por lo que hice. Sí que es verdad que hay una parte que digo: "¿Cómo hubiese sido el poder ser un niño normal?". Pero la vida que tengo y lo privilegiado que soy también es gracias a ese esfuerzo que hizo mi familia y que hice yo.

Jesús Carmona durante la obra 'Baile de Bestias'. Daniel Pérez

P.- ¿Cómo se tomaron sus padres, una familia de clase media sin relación con nada artístico, todo esto?

R.- Clase media-baja (ríe). Pues yo creo que muy bien. Soy el quinto de cinco hijos, todos varones, y para la época, los años 90, la verdad es que nunca hubo prejuicios. Siempre lo tomaron de una forma muy natural y me apoyaron mucho desde el principio. Aunque me imagino que para ellos fue una sorpresa.

Sí que es verdad que tuve muchísima suerte porque mi primera profesora fue Sonia Poveda, la hermana de Miguel Poveda (uno de los cantaores de flamenco más destacados del panorama español), porque somos del mismo barrio. Y ella ya vio que había algo especial en mí y aconsejó a mis padres que me apoyaran y que, en la medida de sus posibilidades, invirtieran en mí.

P.- ¿Y prejuicios entre los compañeros de colegio? ¿Acoso por la creencia de que sea una actividad 'de niñas'?

R.- Yo en mi recuerdo no tengo ese sufrimiento. Ninguno de mis hermanos me trató de esa forma, ni mi padre, ni mi madre. Nunca me condicionaron, ni hubo una palabra que me hiciera sentir mal ni muchísimo menos. Pero tampoco en el colegio ni en la escuela de baile.

Pero no sé si realmente es que mi cabeza ha borrado todo eso, porque es verdad que me extraña. Yo ahora tengo un hijo y cuando tenía cinco o seis años lo metimos en ballet para corregir un determinado piececito que tenía un poquito para adentro. Y lo dejó porque tres niños se metían con él.

Esto es algo que me ha hecho pensar mucho. Porque si hoy en día, por desgracia, sigue sucediendo, de alguna forma estoy convencido de que me tuvieron que decir eso, pero no sé si mi memoria ha preferido eliminarlo, porque yo no lo recuerdo. Yo era feliz bailando y tenía mis amigos; era algo muy natural.

P.- ¿En qué momento tuvo claro que bailar no era solo un hobby?

R.- Como a los nueve años. Pasé de la peña a una academia donde nos preparaban para entrar en el conservatorio. Y empecé a tomar clases de clásico, de ballet, de danza española... Ya eran todas las tardes de lunes a viernes, cuatro o cinco horas. Ahí dije: "Esto es lo que yo quiero de verdad".

Jesús Carmona durante la obra 'Baile de Bestias'. Jesús Vallinas

P.- ¿Cómo llegó la oportunidad de ir a trabajar con 16 años a Madrid?

R.- Yo estaba en el conservatorio, en el Institut del Teatre de Barcelona, cursando los seis años de carrera. Y en quinto vinieron a dar un cursillo Miguel Ángel Rojas y Carlos Rodríguez, que eran los directores del Nuevo Ballet Español, una de las compañías más relevantes y más potentes de aquella época. Estaban girando por todo el mundo y eran superreconocidos.

Les faltaba un bailarín para una gira. Me vieron y me dijeron que querían que entrase en su compañía. Claro, esto fue una bomba. Mis padres, con muchísimo temor, primero me dijeron que no, que era imposible. Porque ellos no podían pagarme una vida en Madrid y porque era un niño y tenía que ir solo. Pero yo recuerdo que le dije a mi madre: "O me dejáis ir u os encontraréis una nota de que me he ido". Yo también era muy dramático.

Al final me apoyaron. Sí que es verdad que uno de los directores se tuvo que hacer responsable legal de mí. Y me vine con una mano delante y otra detrás. Mis padres solo me pudieron pagar la línea de teléfono durante un año y dar dinero para un hostal durante tres meses. Entonces me tuve que buscar las habichuelas. Entre ese trabajo [con la compañía], otras cosillas que iba haciendo, amigos que conocí...

La verdad es que lo que tiene Madrid es que te abre las puertas y, al ser casi todo el mundo de fuera, pues tuve suerte. Encontré a gente que me ayudó muchísimo, que me dejó su sofá para dormir o sus habitaciones supletorias, hasta que conseguí tener un poco más de estabilidad económica.

P.- Se quedó al final en Madrid a vivir. ¿Cuál es su relación con la ciudad ahora?

R.- Llevo 25 años viviendo aquí. Tengo mi casa, mi familia, mis hijos... A mí me ha dado todo y me siento muy madrileño. Amo esta ciudad.

Sí que es verdad que cada vez va más rápido para mí. Cada vez pienso más con mi mujer en irnos a un sitio de playa a vivir un poquito más lento y un poquito más tranquilo. Pero nos cuesta mucho salir de Madrid.

P.- ¿Algún sitio especial en Madrid?

R.- Yo vivía en un hostal en Callao, que ahora lo han hecho un hotel. Recuerdo muchísimo que me iba a los cines, que ahora creo que es un Bershka o un Zara. Iba con lo poquito que tenía.

También recuerdo muchísimo, por ejemplo, irme andando hasta el Retiro. Y por todas las calles de la zona. Andaba un montón, porque tampoco tenía tantos amigos. Me iba con mi discman y mi música puesta.

Y uno de los sitios más especiales para mí es el Templo de Debod. Allí me iba a merendar, a pasar las horas, a ver a la gente pasar y a soñar con lo que podía ser mi futuro.

Jesús Carmona durante la obra 'Baile de Bestias'. Cedida

P.- Hace menos tiempo, en 2023, la Comunidad de Madrid acabó contratándole como director del Ballet Español de la región. Sin embargo, un año después decidió dimitir. Fue una decisión que desconcertó a muchos. ¿Se cruzó alguna línea roja para que tomara esa decisión?

R.- Sí, se cruzaron varias líneas rojas. Para mí era un proyecto que me hacía muchísima ilusión. De hecho, mi equipo y yo pusimos todo nuestro recorrido, toda nuestra inteligencia y toda nuestra sabiduría para poner en pie esta fundación. Y una de las personas, y el equipo que esta persona tenía, que estaban implícitos en el proyecto, cruzó todas las líneas rojas que se pueden cruzar y no tuve más opciones que dar un paso al lado y seguir con mi carrera. Sobre todo, por una cuestión de salud y de felicidad.

P.- ¿Fueron momentos difíciles?

R.- Muy difíciles, sí.

P.- Otro momento un poco complicado en su carrera fue la pandemia.

R.- Sí. Yo ya estaba mal. Yo en 2020 pasé por una profunda depresión. Fue muy dolorosa. Y ya estaba en este proceso, aunque en aquel momento todavía no lo sabía, porque yo creo que hasta que uno se da cuenta, pasan meses en los que dices: "¿Qué me pasa? ¿Por qué estoy así? ¿Por qué no tengo ganas? ¿Por qué me cuesta tanto?".

Y claro, una vez adentrados en la pandemia: con el encierro, la pérdida de toda la agenda, el bloqueo económico... Acababa de hacer una inversión para un espectáculo que no pude estrenar hasta septiembre del año siguiente. O sea que toda mi economía la había invertido y justo al mes y medio se cerró todo. Verme con un hijo, con 1.000 euros en la cuenta y con la incertidumbre de que cada día me llamaba mi representante para decirme que se había cancelado esto y lo otro. Todo eso yo creo que agravó mucho más la situación e hizo que entrase en picado, de cabeza, en ese boquete negro tan horroroso.

P.- ¿De ahí nació Baile de Bestias? Es una obra más oscura y que se aleja un poco de la energía positiva que solían invocar las anteriores.

R.- Realmente es un prospecto de cómo el ser humano se hunde. Se encuentra con sus bestias en ese agujero negro y aprende a abrazarlas y a superarlas.

Yo siempre digo que cuando empiezo a sentir otra vez las bestias que me arañan, me gusta ver el espectáculo para ver por qué caí ahí, cómo conviví con esas bestias y cómo logré abrazarlas y permitirme que transitaran por dentro de mí para volver a encontrarme como un Jesús renovado, más fuerte y con mucho más conocimiento de mí mismo.

Jesús Carmona durante la obra 'Baile de Bestias'. Cedida

P.- El Premio Nacional de Danza también llegó en 2020. ¿Fue una especie de rayo de luz?

R.- Fue algo que también impulsó la salida de ese boquete. No a nivel de trabajo, porque seguíamos igual, pero sí que fue como un abrazo caluroso de la profesión. De decir: "En este momento tan pésimo, en el peor momento de tu vida, tienes una pareja que te ama, un hijo que tiene salud y la profesión te está reconociendo con uno de los premios más importantes que hay a nivel nacional". Yo jamás me hubiese imaginado ni hubiese soñado este reconocimiento.

P.- Y un año después también le otorgaron el llamado popularmente 'Óscar' de la danza. Es todavía el último español en haberlo ganado.

R.- Fue muy sorprendente. Ni en mis mejores sueños. Yo estaba junto a compañeros de danza clásica de Estados Unidos, Europa, Asia... Había bailarines increíbles. Primeras figuras de las mejores compañías del mundo.

Yo fui allí y sentía que estaba como de paso. Decía: "Bueno, una experiencia más, me lo voy a pasar lo mejor posible y volveré a mi casa y a seguir trabajando". Y cuando dijeron mi nombre, me quedé que no me lo creía. Entre que lo dijeron en ruso y no me enteré, y que no me lo esperaba para nada, pues fue algo muy sorprendente. Y sí que es verdad que se hizo eco la prensa a nivel mundial y ayudó a impulsar y consolidar de alguna forma mi nombre.

P.- Es cierto que no solo baila, también hace coreografías para otros. Por ejemplo, fue el coreógrafo principal de Malinche, el musical de Nacho Cano. ¿Cómo fue trabajar con el músico?

R.- Muy enriquecedor. Fue algo que nunca había hecho. Nacho tiene una forma de trabajar en la que te involucra en todos los procesos. Yo tuve la oportunidad de ver una mega producción desde toda su perspectiva: de entender la parte técnica, de entender la parte sonora, de entender la parte de proyecciones, actoral... Era algo muy nutritivo. Salía de ahí todos los días con algo aprendido. O sea, para mí fue un regalo.

Estuve en el proyecto como seis años. Entonces fue algo muy intenso. Además, Nacho no tiene hora; no tiene fin. A lo mejor te escribe a las tres de la mañana diciendo: "Se me ha ocurrido no sé qué". Yo no sé en qué momento duerme.

Sí que era muy exigente. Siempre es verdad que conmigo desde el respeto y desde la admiración. A mí siempre me ha tratado con mucho respeto, al igual que yo a él. Nos hemos hablado de tú a tú a nivel artístico.

P.- ¿Prefiere bailar o hacer bailes para otros?

R.- Yo tengo la necesidad física de ser intérprete, porque además me cura, por dentro y por fuera. Pero la parte como creador, como coreógrafo, es algo que me nutre a nivel intelectual, a nivel emocional, de una forma totalmente diferente.

Yo ojalá pueda estirar la convivencia de las dos facetas lo máximo posible. Sí que es verdad que ya tengo 40 para 41. El cuerpo ya duele y llegará el momento en el que me diga hasta aquí. Estoy disfrutando al máximo los años que me quedan como intérprete y cultivando todo lo que pueda para, cuando no pueda bailar, centrarme exclusivamente en esa faceta como coreógrafo o director.

P.- ¿Cómo se gestiona psicológicamente ese miedo a que el cuerpo un día te diga basta?

R.- Yo creo que va muy ligado a la madurez. Si todos estos dolores que yo tengo me hubiesen venido con 30, a lo mejor hubiese entrado en pánico.

Pero ya no necesito ser el intérprete que era con 25 años. No necesito dar 18 piruetas. Antes quería dar muchas vueltas. Quería zapatear más rápido que nadie. Y ahora acepto. Acepto el físico que tengo y los dolores. Al final, mi danza y mi forma de interpretar siempre han sido llevando el cuerpo al límite. Entiendo, por eso, que me duela la espalda o la rodilla. Son dolores con los que convivo.

P.- Hay gente muy purista con el flamenco y su estilo se caracteriza por la experimentación y la fusión.

R.- El término fusión es un término con el que yo no estoy demasiado de acuerdo; no me siento del todo identificado. Entiendo que se nombre así y entiendo que se vea de esa forma, pero yo lo que realmente hago es que mi danza y mis pases se comunican con otros estilos.

Yo de donde vengo y mi base más potente es el flamenco. Es de donde yo bebo. Pero yo lo que he hecho ha sido preocuparme por aprender otras danzas para que se quedaran dentro de mí. Me fui a Nueva York a vivir. Estuve seis meses allí estudiando tap, jazz, afro... Luego me fui a Londres a estudiar danzas contemporáneas.

Todo dentro de mí se ha mezclado e intento ser lo más honesto conmigo mismo. Y de eso surge quién soy hoy en día. Si volviese a la tradición más absoluta, estaría mintiéndome.

P.- Este jueves estará interpretando Baile de Bestias en el Teatro Albéniz. Es el primer teatro donde bailó en Madrid. ¿Qué significa para usted?

R.- Cuando entro por la puerta, todavía recuerdo cuando llegué por primera vez a ese teatro. Era dentro de un certamen e iba con una coreógrafa de aquella época. Yo era muy pequeño. Es como echar la vista atrás, ver 25 años que han pasado, y de ser un intérprete más a estar aquí con tu propio nombre y espectáculo.

Además, con este espectáculo que llevamos cinco años girando por todo el mundo, que tiene reconocimientos (Premio Max 2022 al mejor espectáculo de danza), que es un espectáculo tan querido por el público, por la crítica... Volver siempre es bonito.