Las claves
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Soraya Arnelas (Valencia de Alcántara, Cáceres, 1982) fue un sueño de provincias, el de aquella joven azafata que, sin saber cantar, se presentó al casting de la cuarta edición de Operación Triunfo y fue elegida entre 14.000 personas para entrar en la academia. “Fue un milagro”, cuenta en esta entrevista. Como lo es que, sin formación musical previa, conectes con la gente, acabes siendo elegida para ir a Eurovisión o lleves 20 años amenizando las fiestas de media España porque, en buena medida, has sido la sintonía de miles de personas durante sus mejores años.
Pero ella no sólo fue. Soraya es, en presente. “Cuando crees que nada te puede sorprender, de repente te ofrecen formar parte de un musical, sacas nuevo disco y vuelves a la electrónica. Uno puede pensar que tras 20 años una se acomoda y vive del cuento. Pero no, yo estoy dispuesta a reinventarme. Estoy ilusionada”, explica a este periódico.
Su optimismo tiene fundamento. Este viernes sacó nuevo álbum (Ilúmina) y desde el 12 de marzo al 19 de junio de este 2026 formará parte del elenco Flashbak, un musical diferente, en el que la gente podrá estar viendo el espectáculo mientras bebe con amigos, familiares o ligues. Y a todo esto se le suma su gira, que pasará por gran parte de la geografía española y en Madrid hará paradas en Móstoles (6 de junio) y en el Caribe Mix Festival (7 de noviembre).
Soraya pasea por el Paseo de Recoletos.
“Y además con dos hijas. Es que me meto en unos líos...”, bromea mientras posa para este periódico con un abrigo blanco, el sol asomando por fin en Madrid y un optimismo que, desde luego, contagia a cualquiera que hable con ella. Está radiante, contenta, ilusionada y con ganas. Como si hubiera vuelto a salir de OT o estuviera a punto de volver a Eurovision. Pero con algunos años más, experiencia de sobra y nada que demostrar. Confía en lo que ha grabado, confía en sí misma y confía en en que Dios le marque el camino. El resto sabe que lo harán las canciones. "Que llegarán a la gente, seguro, como lo han hecho toda la vida".
P.—Con usted no sirve aquello de que nos ablandamos con la edad. Ilúmina es quizá uno de los álbumes más cañeros de su carrera.
R.—Diría que es como una autoterapia para frenar el paso del tiempo. A veces me preguntan cuál es mi secreto y yo siempre digo que ponerme música electrónica, seguir bailando, cuidándome... La gente va a salir con unos años menos de la gira. Hay canciones en este disco que van hasta a 160 revoluciones por minuto, así que para las clases de zumba y de spinning van a venir estupendas.
P.—Se le nota, además, más segura que en sus inicios.
R.—Había canciones al principio de mi carrera que yo no compuse. Eso es interesante que la gente lo sepa. He evolucionado y esa seguridad la he ido ganando a través de la experiencia, de crear mis propias canciones, de ser productora y compositora de mis temas.
Al principio, cuando era más joven, sí que me apetecía mandárselas a todos mis amigos —y eso que era más difícil con las discográficas—. Ahora no pregunto tanto.
P.—Con los años acabamos pareciéndonos irremediablemente a nuestros padres. ¿Qué tiene Soraya de su padre y qué de su madre?
R.—La pasión por la música es de mi padre, y mi nervio, y esos problemas para coagular la sangre. Él era pintor de brocha gorda y siempre que llegaba a casa se cambiaba y ponía música. Siempre había una banda sonora. Eso lo he adquirido y también lo están adquiriendo mis hijas.
Y de mi madre tengo el carácter. Tenemos mucho, pero también un corazón inmenso.
P.—Y como madre, ¿cómo es?
R.—Hay días que soy una madre cariñosa, muy dulce y hacen conmigo lo que quieren. Otros, en cambio, soy más seria y más austera. Lo que pasa ahora es que con la mayor —que tiene 8 años— tengo que marcar muy bien los límites, pero no por ella, sino por el mundo que viene. Desgraciadamente, no siento que estemos viviendo tiempos ilusionantes para la juventud. Nosotros éramos más felices, teníamos más oportunidades y más facilidades. Siento que ahora los tiempos no son ilusionantes. Me da un poco de pena.
P.—¿Cómo le cambió la maternidad? Supongo que no es fácil de llevar con las giras, los eventos...
R.—Tengo una sensación agridulce. Hay veces en las que mi marido y mis hijas pueden venir conmigo a los conciertos, pero otras no. En cualquier caso, trato de naturalizar mi profesión. No quiero que la hagan más de lo que es, pero tampoco quiero que la odien. Siempre tengo una especie de amargor porque cuando tengo que irme de gira sé que pasan cosas con ellas y yo no voy a poder ayudarlas. Hay cumpleaños en los que he faltado, fiestas del colegio...
Soya Arnelas acaba de estrenar disco, Ilúmina.
Pero ya digo, no me he sentido mal. Es una sensación agridulce. Porque, por otro lado, echarse de menos también es muy importante y a veces ellos necesitan que nos separemos puntualmente para que las vueltas sean aún más apoteósicas.
P.—¿Cuesta más ser madre ahora que cuando creció?
R.—Yo ahora entiendo algunas cosas que hacían mis padres. En esta pequeña adolescencia que está viviendo Manuela veo comportamientos que me fastidian.. A mí, por ejemplo, me preocupa que ella se preocupe por estar guapa con su edad, pero a mí me pasaba lo mismo y entendía que a mis padres les preocupara. Ahí está nuestro papel como padres.
P.—¿Qué le dicen cuando les cuenta aquellos vertiginosos años en los que estuvo en Operación Triunfo, en Eurovisión...?
R.—He hecho la prueba. A Manuela le puse los primeros capítulos de Operación Triunfo y a mitad de capítulo se aburrió y me dijo si se podía ir a su habitación. Lo digo en el sentido más humorístico posible, pero mis hijas me ningunean (ríe). Yo soy su madre, y punto. Fíjate que cuando vienen a los conciertos, por ejemplo, quieren ver a los bailarines y no a mí. Me tienen ninguneada y me encanta. Me hacen pisar la tierra.
P.—¿Cómo llevan lo de que sea famosa?
R.— No entienden la palabra fama. Sus amigos le dicen que su mamá escucha mis canciones, o que me han visto en la tele, pero no lo idolatran. Tengo miles de anécdotas, pero mira: cuando Manuela empezó el colegio, la profesora me llamó para preguntarme si le había explicado a mi hija a qué me dedicaba. Y es que en el colegio decía que su padre trabajaba con ordenadores y yo en el Leroy Merlín. Eso es porque estábamos haciendo obras y yo iba todo el rato.
Lo que la gente ve por fuera es a una mujer que hace lo que le gusta y se desarrolla como profesional, pero no he creído necesario explicarle a mi hija lo de mi popularidad. Por ejemplo, Manuela, cuando me paraban por la calle para echarse fotos conmigo, me decía: ¿por qué se las echan contigo y no conmigo? Y yo la apartaba porque era pequeña. Las he ido metiendo en mi mundo de manera natural.
P.—Cuando uno lleva más de 20 años en la música, ¿tiende a pensar que sus mejores años ya han pasado?
R.—Siento que nuestras energías, emociones y egos han ido madurando, y eso te hace ver la vida con otros ojos. Yo cuando con 21 años salgo de Operación Triunfo era un caballo ‘desbocao’. Salía con muchas ganas de trabajar hasta la extenuación. Ahora mido más. No todo vale. Soy capaz de decir que no, sé poner límites y me hacen ilusión las cosas, pero creo que es más saludable la energía de ahora, aunque la chispa de aquellos años era muy adictiva.
P.—¿En aquellos años le iba llevando la corriente?
R.—Sí, porque no soy de planear nada. Vivo de una forma orgánica y natural. Crear campañas de marketing está muy bien, pero yo no tengo marketing en mi vida. Lo que ves es lo que yo soy. Yo venía de ser azafata, no había cantado nunca antes de Operación Triunfo y he ido aprendiendo con los años y la ilusión a base de sacrificio y disciplina. Soy virgo de manual. Y lo agradezco mucho.
P.—¿Se lo tiene que ‘currar’ más ahora?
R.—Hay que aceptar el paso de las generaciones y yo soy de otra generación musical. Ahora me toca conquistar no sólo al público que creció conmigo, sino también a los más jóvenes. Hay que ser transversal.
P.—¿No es un poco agotador eso de tener que reinventarse todo el tiempo?
R.—Para una mujer curiosa como yo no es duro. No me gusta quedarme estancada. Si no fuese con la música, lo haría con otra cosa. Los tiempos han cambiado y hay que conectar con la generación más joven. Es muy difícil, pero confío en que la música lo haga, como ha sido siempre.
Soraya.
P.—Ahora tiene su propia discográfica. ¿Fue un palo cuando dejó de estar con Sony o Universal?
R.—Sí, fueron dos palos gordos. Yo sé cuáles son las ventajas de estar en una gran discográfica, pero ahora no los veo. Ahora tengo mi sello (Valentia records) y me he dado cuenta de los pros y los contras de estar con ellos. En aquellos tiempos formar parte de Sony o Universal era de una gran ayuda; ahora no tanto. Hemos vuelto a los tiempos en los que los artistas hacen un gran single y explotan, pero luego no tienen continuidad.
P.—Pero eso siempre ha existido.
R.— Durante un tiempo las discográficas decidieron hacer grandes discos y apostar por ellos. Ahora estamos en un momento musical en el que se la juegan todo a una carta.
P.—Incluso en la promoción, vendiendo single a single a los grupos.
R.—Es muy difícil que ahora una discográfica te haga un álbum. Tienes que ser muy rentable. Si no, te sacan un single y ya está. Por eso hay artistas que no tienen conciertos.
P.—No queda otra que autoproducirse.
R.—¿Qué es lo que le ha pasado a Amaral y a otros artistas? Que se han ido de las discográficas y se han autoproducido. Así, ellos manejan sus tiempos, su economía, su público y lo que les interesa. Y te lo digo en calidad de artista y empresaria de la música: a un artista nuevo no le interesa estar en una gran discográfica. Le van a sacar un single, le van a hacer promoción y ahí se va a acabar su carrera si no funciona. Antes había más oportunidades.
Soraya Arnelas.
P.—Además al no venderse discos...
R.—Yo estoy vendiendo vinilos, eh. Se han agotado y he tenido que pedir otra tirada. Y me sorprende muchísimo. Obviamente, no se pueden comparar con las ventas de hace 20 años, pero cuando al público le llega un buen proyecto está dispuesto a comprar aunque sea por coleccionismo.
P.—Volviendo a la gira. En su momento compuso Alas por el niño al que perdió. ¿Piensa cantarla en directo?
R.—En la producción final del directo del 20 aniversario sí que se incluyó, pero días antes dije que la quitaran. Nunca la he cantado en vivo y no la voy a cantar. Para mí ‘Alas’ fue una terapia y la ayuda que necesitaba en ese momento. No sé si soy capaz de cantarla en directo y no me voy a arriesgar. Creo que es bonito que un artista se sienta vulnerable, pero creo que hay unos límites. Hay cosas que tengo que procesar como mujer y madre. Aunque lo cuente, mi terapia no está de cara al público.
P.—¿Aquella canción fue su psicólogo?
R.—Sí, yo nunca he ido. Estos años he tenido un diálogo interno conmigo misma y he sabido afrontar de la mejor manera posible las cosas que me han ido pasando. Tengo la música y eso es lo que me ha salvado. Además, justo después de eso empecé a escribir Ilúmina.
P.—Que es un disco muy luminoso.
R.—Tiene algunas sombras, pero está envuelto en luz.
P.—Tengo entendido que cree en Dios. ¿Va a misa?
R.—No, no voy a misa, pero hablo con Dios todas las noches. Primero hablo al Padre, a la Virgen y a mis Ángeles de la guarda. Y después saludo a todos los familiares que están en el cielo y les doy las gracias aunque haya tenido un mal día. Les doy las gracias por haber tenido la oportunidad de haber vivido ese día y por haberme enseñado. Les pido que cuiden de los míos y que me guíen en el cometido que tenga en la vida. Lo hago todas las noches y, cuando se me olvida, pido perdón por no haberlo hecho.
Yo me he criado entre monjas en el colegio y, cuando vine a Madrid, me fui a vivir a un piso de monjas durante dos años. Siempre he tenido esa alma eclesiástica. Yo soy creyente. Es bonito que uno tenga fe en Dios, en el universo o en lo que sea. Que no nos sintamos vacíos.
Dios me inspira. Él siempre me deja al libre albedrío para que yo elija, pero yo he aprendido estos años que de las grandes caídas resurjo más fuerte. No tengo miedo a caerme ni a confundirme porque de todas las experiencias se puede sacar una moraleja.
Estoy viviendo este proceso de la vida ilusionada porque no tengo miedo a lo que me pueda traer la vida y sabiendo que si tengo fe, encuentro la luz. Con lo que nos está tocando vivir, o te aferras a la fe o a Dios o a quien quieras. Son tiempos convulsos y difíciles y ahí emana la fuerza de Dios. La canción Ilúmina es una carta a Dios. Es un rezo. Esa canción se la hemos enviado a DJ sacerdote, que pincha música tecno. Y le dije que era un rezo.
Pero bueno, es que siempre tengo algo de esto en mis discos. En el anterior, Luces y sombras, escribí una a mi ángel de la guarda.
P.—¿Está de moda el fenómeno de la religión?
R.—Es por los tiempos que estamos viviendo. Hay gente a la que le da por la droga, o que tiene problemas mentales... Y hay otras gente que se aferra a la religión. Los artistas somos muy sensibles y nos da por la fe.
Soraya, durante la entrevista con este periódico.
P.—Aun así, da la sensación de que durante un tiempo a la gente le dio pudor decir que iba a misa o creía en Dios. Ahora se ha naturalizado.
R.—Yo creo que la religión nunca puede estar de moda. La religión es infinita, no va por tiempos, sino por necesidades. A mí me ha acompañado toda la vida. No voy a misa normalmente y, últimamente, siempre ha sido por bautizos, bodas y comuniones, pero la fe está en todos lados. A mí Dios me acompaña a todos sitios. Siento la palabra de Dios dentro y es bonito cuando alguien, como un sacerdote, te la cuenta. Pero yo escucho la palabra de Dios en la boca de mi hija. Los niños dicen verdades y tienen palabras que te sorprenderían.
P.—¿Y no hay mayor luz que la de sus hijas?
R.—Mis hijas y mi marido. Fíjate que mi mánager se llama Miguel Ángel y mi marido también, como el arcángel. Estoy rodeada de ángeles. Pero es que siento que en mi vida ha habido magia. Que te elijan entre 14.000 personas cuando no has cantado nunca, como me ocurrió a mí en OT.... ¿No viene eso de un propósito más elevado que el mero deseo de un ser humano de querer ser cantante?
P.—Se siente una elegida.
R.—Eso es un milagro.
