Abrir la puerta de casa y encontrarse a un desconocido entrando al portal. Bajar las escaleras y cruzarse con alguien que espera frente a una vivienda. Encontrarse la puerta de acceso forzada o restos de suciedad y orina en las zonas comunes. Para los vecinos de este edificio de Alcorcón, estas situaciones se han convertido durante los últimos dos años en parte de la rutina.
"No se ha esperado ni que quite las llaves para pasar", cuenta Francisco, uno de los residentes, mientras recuerda alguna de las ocasiones en las que ha coincidido en el portal con personas que, según los vecinos, acudían al inmueble.
El piso en cuestión, situado en uno de los bajos del edificio, es señalado por los residentes como un presunto prostíbulo que funcionaría bajo la apariencia de un centro de masajes. La comunidad asegura haber presentado varias denuncias y sostiene que la Policía ha acudido al inmueble en distintas ocasiones.
Ahora, después de meses de quejas y de la atención de varios medios de comunicación, los vecinos aseguran que el movimiento ha disminuido. Pero durante mucho tiempo, dicen, convivir con la actividad era algo cotidiano.
Un portal de paso
Francisco vive en una de las plantas superiores y explica que, por esa razón, no siempre percibía el movimiento que se producía en las inmediaciones del piso. Sí recuerda, sin embargo, algunas discusiones que llegaban hasta otras zonas del edificio.
Portal con los carteles pegados
"Para nosotros, como venimos en el tercero, igual", explica. "Para aquí abajo, pues no sé, la situación será peor para el piso ese, porque están entrando y saliendo".
El trasiego no se limitaba a determinados días. Según los residentes, las entradas y salidas se producían tanto entre semana como durante los fines de semana. Julián, otro de los vecinos, recuerda que durante los momentos de mayor actividad era habitual encontrarse con personas que acudían al inmueble.
"No puedes negarle la entrada a nadie, porque no sabes dónde van", explica. Una situación que, según relata, terminó normalizándose entre quienes viven allí: "Pero ya creo que esto está normalizado ya", apunta.
La convivencia con el supuesto prostíbulo también ha dejado su rastro en las paredes del edificio. El portal aparece salpicado de carteles colocados por los propios vecinos, tanto en el exterior como en el interior, con mensajes dirigidos a quienes acuden al inmueble y avisos relacionados con las denuncias presentadas por la comunidad.
Cartel dentro del portal
Los papeles se han convertido en una especie de recordatorio permanente del conflicto y en una de las primeras cosas que encuentra cualquiera que acceda al edificio. Junto a ellos, los vecinos han dejado constancia de las quejas que acumulan después de meses de entradas y salidas de personas ajenas a la comunidad.
La puerta
Una de las principales consecuencias para la comunidad habría sido el deterioro de la puerta de acceso al edificio. Los vecinos aseguran que llegó a ser manipulada y forzada en varias ocasiones para facilitar la entrada y salida de personas.
Cerradura forzada del portal
Julián muestra una de las zonas dañadas del portal. La placa aparece doblada y, según explica, los desperfectos han tenido que ser asumidos por la propia comunidad. "La forzaron, la jodieron", señala.
Los vecinos también denuncian episodios de suciedad en las zonas comunes. Julián asegura que llegaron a encontrarse restos de orina en las inmediaciones de la entrada. "Por el lado de aquí se mearon por todos lados", cuenta.
Francisco recuerda además que la persona encargada de la limpieza tuvo que intervenir en alguna ocasión después de encontrar el suelo mojado y restos en las zonas comunes.
Denuncias
La comunidad asegura haber trasladado la situación a la Policía en varias ocasiones. Julián habla de alrededor de cuatro denuncias y explica que los agentes se han desplazado hasta el edificio. "Simplemente dicen que están investigando", asegura.
Los vecinos también han intentado abordar la situación directamente con la propietaria del inmueble. Según Julián, en una ocasión llegó a recriminarle que se encargara de limpiar los restos que dejaban algunas de las personas que acudían al piso. "Esto es uno de tus clientes. Así que ya estás limpiándolo", recuerda que le dijo.
La propietaria, según los vecinos, habría defendido que en la vivienda se desarrolla una actividad relacionada con un centro de masajes. Sin embargo, en distintas páginas de Internet aparecen anuncios que ofrecen servicios sexuales y sitúan la actividad en la misma zona.
Anuncio del Burdel en Internet
Uno de los vecinos asegura incluso haber contactado telefónicamente con uno de esos anuncios y haber comprobado que la dirección correspondía al mismo edificio. «Llamé y me dieron cita», explica.
Además, los residentes cuestionan que una vivienda pueda utilizarse para una actividad de este tipo. "Aunque sea un centro de masajes, es una vivienda", sostiene Julián.
La actividad pierde fuerza
Después de meses de denuncias, algo parece haber cambiado. Los vecinos aseguran que durante las últimas semanas el movimiento ha descendido notablemente.
Julián explica que la propia propietaria habría enviado un mensaje al presidente de la comunidad comunicando su intención de abandonar la actividad. Según cuenta, posteriormente habría informado de que quedaban menos personas en el inmueble. "Parece que sí, que está cumpliendo", asegura.
Comunicado en el portal del edificio sobre las denuncias interpuestas
Francisco también ha percibido un cambio. Cree que la presencia policial y la llegada de varios medios de comunicación al edificio pueden haber contribuido a reducir la actividad. "Puede ser que el movimiento de la televisión haya servido un poco", apunta.
La situación, por tanto, parece estar lejos de ser la misma que hace unos meses. Pero los vecinos prefieren mantener la cautela. Después de dos años conviviendo con el problema, saben que la reducción del movimiento no significa necesariamente que el conflicto haya terminado.
Los carteles continúan pegados en las paredes del portal y la marca de la cerradura forzada permanece en la puerta. Son las huellas visibles de un conflicto que los residentes aseguran haber soportado durante dos años.
Ahora esperan que el descenso de la actividad sea definitivo y puedan volver a entrar en su propio edificio sin encontrarse con personas ajenas a la comunidad en el camino.
