Un estudio de CBRE recién publicado deja ver una conclusión que me parece interesantísima: entre 2022 y 2025, el área de influencia de la ciudad de Nueva York alcanzó los 394.300 trabajadores tecnológicos, mientras que el área de la bahía de San Francisco, donde se sitúa el mítico Silicon Valley, cayó hasta los 375.730.

Aunque obviamente esto no signifique que el norte de California haya muerto, sí permite observar que algo importante parece estar cambiando en la geografía del talento. Además, los trabajadores con competencias específicas relacionadas con la inteligencia artificial crecieron hasta los 751.000, y ambas costas incorporaron más de 20.000 de ellos.

¿Qué generó la aparición de Silicon Valley? En gran medida, universidades como Stanford o Berkeley, que funcionaban prácticamente como fábricas de talento, como fuentes de conocimiento, como laboratorios de creación de empresas y como redes de contactos. Profesores de estas universidades invitaban abiertamente a sus mejores alumnos a poner en práctica sus ideas, incluso animándolos a abandonar sus estudios a medias o presentándoles inversores, cuando no invirtiendo ellos mismos.

Hay un famoso estudio de Stanford que cifra el valor creado por las compañías iniciadas allí en unos 2,7 billones de dólares. Una cuarta parte de los exalumnos y un 31% si tenemos en cuenta tan solo a los ingenieros crearon sus compañías a menos de 30 km del campus. Era un auténtico polo de atracción: estudiabas en Stanford o Berkeley, conocías a tus cofundadores, a profesores, entrabas en contacto con posibles inversores y con tus primeros empleados, y terminabas montando allí la compañía porque era la opción lógica y natural.

¿Qué ha pasado? Simplemente, que la cantera más importante de talento ya no es ni las universidades californianas, ni tampoco Estados Unidos. En 2019, China generaba el 29% del talento clave en inteligencia artificial. En 2022, esa cifra ya era del 47%, mientras Estados Unidos se había quedado en el 18%.

Prácticamente uno de cada dos investigadores punteros proviene de China y de su apuesta por el sistema educativo y el STEM, que ha dado lugar al mayor superávit de ingenieros brillantes del mundo. Cuando en Estados Unidos dos compañías cierran algún acuerdo de integración de producto, la frase es “y ahora, que tus chinos hablen con mis chinos”.

Por mucho que Estados Unidos pueda seguir siendo el polo fundamental de atracción de talento, que lo es, ese mecanismo empieza a estropearse, y funciona con otras reglas. Además está el alucinante y suicida efecto Trump: desde 2017, la cantidad de investigadores y desarrolladores de inteligencia artificial que se han trasladado a los Estados Unidos ha caído un 89%, y un 80% sólo durante el último año. Bonita forma de pegarse un tiro en el pie.

¿Qué pasa cuando la cantera del talento deja de ser intrínsecamente local? Muy fácil: que la geografía de la innovación se convierte en algo negociable. Esos investigadores brillantes ya no se dedican a crear compañías en los alrededores de sus universidades (aunque China está intentando con cierto éxito que tengan lo más fácil posible hacerlo), sino que simplemente se trasladan allí donde más dinero les ofrecen, que puede ser en una costa, en la otra, o si se tercia, en Europa.

Cualquier lugar que le ofrezca buenas condiciones, acceso a recursos de computación, a redes de colegas, a financiación, a compañías interesantes, y que tenga una política migratoria mínimamente razonable.

No nos engañemos: Silicon Valley sigue siendo un foco de financiación tecnológica brutal, es la única ciudad en la que uno puede recorrer una avenida, Sand Hill Road, y ver a prácticamente todos los fondos tecnológicos de capital riesgo relevantes, y ha captado el 80% del capital de inversión en inteligencia artificial del país. Pero aunque siga siendo un foco muy potente, ya no es inevitable: se pueden hacer muchas cosas sin pisar Silicon Valley, y más cuando está en un país en el que por venir de otro sitio, te miran mal.

En cuestiones de talento es importante entender dónde se forma, a dónde va a buscar trabajo, y dónde se financia. En la primera cuestión, las tornas ya han cambiado de manera decidida: de universidades como Stanford y Berkeley, a otras como Tsinghua, Pekín, Zhejiang o Fudan: Silicon Valley ya no tiene el monopolio del talento. En la segunda, ahora el talento va allí donde le pagan y se siente apreciado, sea San Francisco, Nueva York u otro sitio: ese talento se escapa del magnetismo generado por Silicon Valley. Sólo en la tercera cuestión sigue Silicon Valley dominando claramente. Pero ya veremos lo que dura.

La inteligencia artificial puede estar provocando que se deshaga la histórica relación entre talento, universidad, empresa y territorio que dio lugar a Silicon Valley: es posible, simplemente, que el futuro tecnológico ya no necesite una capital.