España y Francia vuelven a arder, y volvemos a comportarnos como si el fuego, en vez de ser cada vez más una consecuencia lógica del entorno irracional que hemos creado en el planeta, fuese una catástrofe imprevisible, una especie de maldición meteorológica que aparece de pronto y contra la que solo cabe movilizar aviones, helicópteros, soldados y discursos solemnes.

Pero los incendios forestales no empiezan cuando alguien ve una columna de humo. Empiezan muchos años antes, cuando dejamos de mantener el territorio.

La emergencia climática es, obviamente, el punto de partida. Temperaturas más elevadas, sequías prolongadas, vegetación sometida a estrés hídrico y episodios de viento extremo convierten cada chispa en una amenaza potencialmente incontrolable.

Negarlo, como hacen ignorantes falaces como Donald Trump, no es sólo absurdo: es ya directamente ridículo — o peor, patético. Pero utilizar el cambio climático como explicación única también resulta demasiado cómodo: el clima prepara el escenario, pero la magnitud del desastre depende de lo que hayamos hecho (o dejado de hacer) sobre él.

En España tenemos una relación profundamente disfuncional con el mantenimiento. Nos encanta inaugurar, fotografiar y anunciar, pero nos interesa mucho menos conservar, revisar, limpiar o reparar.

Gobiernos de izquierdas y de derechas han compartido durante décadas la misma tentación: recortar lo que no luce

Ocurre con los ferrocarriles, con las carreteras, con las infraestructuras hidráulicas y, naturalmente, con los montes. Gobiernos de izquierdas y de derechas han compartido durante décadas la misma tentación: recortar lo que no luce, aplazar lo que no genera titulares y confiar en que el problema no estalle durante su mandato.

Pero el mantenimiento, como bien sabemos los tecnólogos, siempre termina pasando factura. Un bosque abandonado, con biomasa acumulada, caminos impracticables, cortafuegos degradados, masas forestales homogéneas y núcleos urbanos pegados a la vegetación no es naturaleza protegida: es combustible esperando una ignición.

La despoblación rural, el abandono de la ganadería extensiva y la desaparición de usos tradicionales han eliminado buena parte de quienes limpiaban y fragmentaban el paisaje de manera cotidiana. Pretender sustituir todo eso por medios aéreos durante tres semanas de verano es una fantasía carísima y que, además, no funciona.

La tecnología puede ayudar muchísimo. Satélites de observación, cámaras térmicas, sensores distribuidos, torres autónomas, drones que pueden incluso mantenerse constantemente en el aire, y modelos de inteligencia artificial permiten estimar el riesgo con enorme granularidad, detectar humo o anomalías térmicas en cuestión de minutos, predecir la propagación del frente y asignar recursos antes de que los incendios alcancen dimensiones catastróficas.

Podemos construir gemelos digitales del territorio, combinar meteorología, topografía, humedad, vegetación, actividad humana e historial de incendios, y convertir la prevención en una verdadera disciplina basada en datos.

La gestión de la biomasa debería convertirse en una política industrial y territorial

Pero una inteligencia artificial no desbroza un monte: puede decirnos exactamente dónde se acumula el combustible, qué pista forestal está bloqueada, qué parcela supone el mayor riesgo o dónde conviene abrir una discontinuidad, pero después hay que enviar personas y máquinas, mantenerlas todo el año y dotarlas de presupuestos estables. La tecnología sirve para decidir mejor, no para evitar la responsabilidad de actuar y de mantener.

La gestión de la biomasa debería convertirse en una política industrial y territorial. Retirar restos forestales y aprovecharlos de manera sostenible para producir calor, biogás, materiales o energía puede reducir la carga de combustible, generar actividad económica y crear empleo rural.

No se trata de vaciar los bosques ni de presentar cualquier combustión de madera como ecológica, sino de diseñar cadenas locales, trazables y sometidas a límites científicos. Una biomasa bien gestionada puede ser prevención, una explotación indiscriminada sería simplemente otro problema.

También necesitamos recuperar el pastoreo, las quemas prescritas, los mosaicos agroforestales, las franjas de seguridad alrededor de viviendas y carreteras, y los bosques menos homogéneos, con especies y edades diversas.

Las cabras, las ovejas o determinadas razas bovinas pueden ser una tecnología tan eficaz como un dron cuando se utilizan en el lugar adecuado. La prevención moderna no consiste en elegir entre tradición y tecnología, sino en integrarlas.

Y sobre todo, exige pactos y continuidad. No campañas cuando empieza el calor, sino brigadas estables, contratos plurianuales, formación, inventarios actualizados, cumplimiento de las obligaciones de desbroce y coordinación real entre municipios, comunidades autónomas y Estado, sean del color que sean, sin fisuras.

Medir cada año cuánto combustible se ha retirado, cuántos accesos se han recuperado, qué superficie está gestionada y cuánto riesgo se ha reducido. Lo que no se mide termina convertido en propaganda.

Podemos detectar antes, modelizar mejor y apagar más rápido. Pero si seguimos tratando el mantenimiento como gasto prescindible, cada mejora tecnológica servirá únicamente para contemplar con más precisión cómo arde el país.

Los incendios del futuro ya están creciendo hoy, silenciosamente, entre la maleza que nadie retira y los presupuestos que alguien decidió recortar. Y lo más inquietante es que sabemos perfectamente qué hacer, y no tiene color político. Simplemente, seguimos sin hacerlo.

***Enrique Dans es Profesor de Innovación en IE University.