Entre las muchas preocupaciones con que se inicia el año nuevo, una atrae ahora la atención por haberse agudizado recientemente: la amenaza de Rusia sobre Ucrania, que se suma a otras amenazas intercadentes, como la de la China continental sobre Taiwan, o la ya cotidiana de la COVID-19, que cumple dos años, como dos años cumple esta semana que empieza la jeremiada de Pedro Sánchez el 21 de enero de 2020 decretando azotar al cambio climático (Jerjes I también lo hizo con el Helesponto). En Alemania celebran este último cumpleaños quemando más carbón y en Reino Unido más petróleo.

La eventual invasión de Ucrania por Rusia centra la preocupación de los geo-estrategas y, cómo no, de los ejércitos y gobiernos norteamericanos y europeos. También los inversores se preguntan que es lo que sucedería en Bolsa si tal cosa llegara a ocurrir. A juzgar por los acontecimientos del pasado, lo más razonable sería pensar que no pasaría nada relevante en la esfera geopolítica. Tampoco en las Bolsas. Tanto si Rusia invade Ucrania, como si no.

Cuando se habla de las tremendas repercusiones que tendría una invasión de Ucrania se suele olvidar que esa invasión ya se produjo parcialmente en dos fases en el año 2014 (sin que sucediera nada de nada, en el terreno bélico, con Occidente) con la anexión de la península de Crimea en marzo y la práctica invasión del Este de Ucrania y el inicio de la llamada “Guerra en el Donbás”, en abril de ese mismo año.

Decir que no pasó nada de nada es una manera drástica de decirlo ya que no hubo consecuencias bélicas ni a gran ni a mediana escala. Seguro que las víctimas de los choques armados entre fuerzas rusas y ucranianas, además de los pasajeros del avión derribado sobre Ucrania por un misil, o sus familias, no dirían lo mismo.

Lo que sí trajo aquella invasión parcial de Ucrania fueron consecuencias de índole económico para Rusia (que, desde entonces, está sometida a diferentes sanciones por parte de Estados Unidos y de la Unión Europea) y para quienes desde Occidente hacían negocios con Rusia y se vieron afectados por la imposibilidad de continuar con ellos, al pertenecer su actividad a alguno de los sectores sancionados.

Pero en términos de crecimiento económico y de comportamiento de los mercados europeos y de EEUU el impacto, si lo tuvo, apenas es detectable: en el año 2014 la economía de la Unión Europea se recuperaba de la doble recesión sufrida entre 2008 y 2012, y la de EEUU continuaba su crecimiento, iniciado mucho antes que el europeo, pero que casi se había detenido en 2012, también.

Y en cuanto a las Bolsas, en 2014 y en EEUU, estaban más preocupadas por la retirada de los estímulos monetarios que por otra cosa y, a pesar de eso, subieron un 11%, mientras que las europeas tenían una trayectoria mucho más modesta en la que la revalorización no pasó del 3%. Aunque es verdad que ambas, americanas y europeas, titubearon y cayeron en los meses de marzo y abril, mientras se producía la invasión parcial de Ucrania, pero es que estuvieron así durante todo el año, cayendo y recuperándose, incluso cuando el tema de la invasión ya no estaba en las portadas de los diarios.

Lo más razonable sería pensar que no pasaría nada relevante en la esfera geopolítica

¿Quiere decir esto que las guerras no tienen influencia sobre las cotizaciones en Bolsa? No. De hecho, la tienen y grande, aunque a su modo caprichoso, y no a la manera en la que el sentido común y el argumentario al uso parece indicar que debería ser. Así, la Bolsa de Nueva York estuvo cerrada durante los cuatro meses iniciales de la I Guerra Mundial, pero se mantuvo insensible al comienzo de la Segunda, si bien cayó más tarde, cuando los alemanes tomaron París, y también en los meses anteriores y posteriores al ataque japonés a Pearl Harbor.

Si a algo puede parecerse al enfrentamiento entre Rusia y Occidente por causa de Ucrania es a la “crisis de los misiles” en Cuba, que tuvo lugar en octubre de 1962. Aquello, que en la memoria colectiva siempre pasó por ser el momento en el que el mundo estuvo al borde del holocausto nuclear, a las Bolsas no las impresionó en absoluto: el índice Dow Jones bajó un 5% en la semana álgida de la crisis. Y un año y medio antes, cuando la invasión fallida de Bahía Cochinos, la bajada de la Bolsa fue de un 3,5%.

Ahora, ya en plena “Segunda Guerra Fría”, seguirán abundando las ocasiones de tensión extrema como en los años 1947 a 1989, tanto con Rusia como con China, pero es de suponer que, si nadie se vuelve loco (cosa que tampoco hay que descartar por completo) lo más probable es que se salden como se saldó la crisis de los misiles de Cuba, con el regreso al statu quo anterior al inicio del enfrentamiento abierto; es decir, a que se queden las cosas como están hoy.

Rusia le exige a EEUU y Europa que Ucrania no entre en la OTAN de la misma manera que John F. Kennedy le exigió a la URSS que retirara sus misiles de Cuba, comprometiéndose a no intentar invadir la isla de nuevo. También la Guerra de Corea terminó con el compromiso de la división del país, aunque la del Vietnam no acabó precisamente bien para el compromiso norteamericano, por lo que no hay que descartar totalmente que Putin, alentado por ello, de un paso más y termine invadiendo Ucrania.

Resultaría asombroso ver cómo un país como Rusia, cuyo PIB (antes de la pandemia) era de 1,7 billones de dólares (no tan distante de los 1,4 billones del de España y algo menor que los 1,8 billones del PIB de Italia) se vaya a enfrentar militarmente a la OTAN que, conjuntamente tiene un PIB que ronda los 35 billones. Aunque en este mundo nada es descartable, el recuerdo, aunque lejano, de que la monarquía zarista cayó por una guerra malhadada, algo pesará en el ánimo de Putin: una ocupación permanente de Ucrania podría ser letal para él. Por no hablar de lo que más pesó también durante toda la Guerra Fría: la amenaza de destrucción mutua.

De ahí que, basándose en la experiencia de los últimos 75 años, lo más probable es que todo se quede como está, como pasó no solo en la crisis de los misiles, sino durante el bloqueo soviético de Berlín en 1948 y con el derribo de un vuelo coreano o los ejercicios militares de la OTAN en 1983. Es decir, que ni Ucrania entre en la OTAN ni Rusia lance sus tropas sobre ella. Pero probable no quiere decir que necesariamente vaya a ser así. Hay veces en que los dirigentes y las naciones pierden la cabeza. Y la de Putin, con independencia de su autoritarismo, parece bastante bien amueblada, aunque surjan las dudas cuando se mira el PIB de Rusia, algo que debería inducir a sus dirigentes a pensar en cómo incrementarlo (y con ello el bienestar de sus ciudadanos) más que a meterse en aventuras bélicas. Pero nunca se sabe.

En el improbable caso de una invasión, la experiencia también dice que la OTAN no replicaría con una repuesta directa y que las Bolsas de EEUU apenas se inmutarían. Las europeas se verían algo más afectadas, pero el disgusto les duraría poco tiempo.

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