El coronavirus ha movido las ya de por sí agitadas aguas de la vida pública española. El confinamiento ha permitido a Pedro Sánchez probar el viejo caramelo del control de la opinión pública con sus sermones del fin de semana o las ruedas de prensa con preguntas previas. La voracidad de la crisis y los planteamientos de Unidas Podemos en el Gobierno han obligado a mover ficha a los empresarios para crear un nuevo centro de poder entorno a la figura de Antonio Garamendi desde el que ejercer influencia en las decisiones.

La cumbre empresarial de la CEOE no habría sido posible sin el impulso a la figura del presidente de la patronal de los más poderosos ejecutivos del Ibex 35. Ana Botín, José María Álvarez Pallete y Pablo Isla son tres de los grandes valedores de ese nuevo líder que ha sido capaz de montar un foro que ha fortalecido la figura de los empresarios hasta el punto de generar inquietud en La Moncloa.

Un Garamendi empoderado firmó un acuerdo la semana pasada para extender los ERTE hasta el mes de septiembre, frente a la petición de la CEOE de ampliarlos hasta diciembre. Sin embargo, el líder de los empresarios rechazó hacerse una foto con los sindicatos y el Gobierno para escenificar la buena marcha del diálogo social en España. Algo que no gustó nada en La Moncloa.

Ana Botín, José María Álvarez Pallete y Antonio Garamendi.

Los posados de Garamendi son muy necesarios para Sánchez e Iglesias. El presidente los necesita para reforzar su mensaje ante Bruselas y los mercados de que su Gobierno es seguro para la economía. El vicepresidente, para blanquear el discurso anticapitalista y antiempresarial con el que ha labrado su carrera política.

A comienzos de mayo, la foto de Garamendi, Unai Sordo y Pepe Álvarez, junto con Sánchez, Yolanda Díaz, Nadia Calviño, María Jesús Montero y José Luis Escrivá para escenificar el acuerdo con el que se activaron los ERTE fue tan importante que hasta se coló en ella Pablo Iglesias.

Tener presente la unidad que existe en este momento en la clase empresarial y la determinación del Ibex 35 de que la empresa no asista impasible a decisiones políticas es imprescindible para entender lo que se juega este lunes en la junta de accionistas del Prisa más allá de los intereses editoriales del grupo de medios.

Imaginen un tablero de juego con cuatro esquinas. En una, Sánchez observa a Garamendi. En la otra, Botín y Álvarez Pallete sostienen el equilibrio del cuadrilátero. Y en el centro, una pelota oscila. La esfera es el grupo Prisa, que celebra hoy una Junta de Accionistas clave para su futuro y el de su presidente, Javier Monzón.

Garamendi está en la imagen porque es el árbitro necesario para que el mundo de la empresa que representan los otros dos ejecutivos no pierda partidos como los que se están jugando con los ERTE, la ley del teletrabajo o la ley de la igualdad salarial. 

Debajo del tablero, un inversor extranjero llamado Joseph Oughourlian ha estado dando algunos cabezazos en los últimos meses para que Botín suelte la tabla o Pallete la gire de manera que Iván Redondo pueda pasar una nueva pelota a Sánchez para lograr el match ball con la salida de Monzón.

Como ha contado Fernando Cano en este periódico, el interés del dueño de Amber Capital no es político, sino financiero. Pero está siendo el adalid de una operación política abierta en La Moncloa para tomar el control editorial de Prisa. 

Joseph Oughourlian, Ana Botín, Antonio Garamendi, José María Álvarez Pallete y Javier Monzón.

Ha sido un fin de semana intenso en llamadas, movimientos, presiones. La llegada del nuevo y viejo director de El País, Javier Moreno, al timón de la cabecera no ha gustado ni a Sánchez, ni a su asesor estrella, que estaban más cómodos con Soledad Gallego Díaz.

El País siempre fue ese medio de centro izquierda que se entendió bien con el PSOE. Pero el Partido Socialista de hoy no es el de hace 30 años y su simpatía con los postulados de Felipe González incomoda a Pedro Sánchez.

Pese al reciente nombramiento, hay quien busca director para El País y presidente para Prisa. Y el voto de Telefónica (9% del capital de Prisa) es clave para abrir esa nueva etapa que Santander no quiere abrir para no entregar la llave de un grupo estratégico y con más de 3.000 trabajadores a un hedge fund extranjero. 

Los accionistas llegan divididos a esta junta. Santander con un 4,8% (pero influencia sobre otro 18% del accionariado) no quiere dejar en manos de un inversor extranjero el futuro de Prisa. Para garantizar que el movimiento de Oughourlian fracase, el banco español necesita a Telefónica.

Hay buena sintonía entre Botín y Pallete. Tras este fin de semana, esa amistad puede salir reforzada, puesto que todo apunta a que Telefónica votará a favor de todos los puntos del orden del día, entre los que figura la renovación de Monzón y otros dos consejeros Sonia Dula y Javier de Jaime.

La alianza de Telefónica y Santander en la batalla de Prisa refuerza el bloque del Ibex 35 frente al poder político. Y evita una carambola que hubiera debilitado al presidente de la CEOE en un momento crítico para los empresarios.

ATENTOS A...

La sostenibilidad y la transición ecológica son clave para la recuperación económica en Europa. Pero no en Estados Unidos, un país cuya economía caerá este año un 8%, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Esta pérdida de riqueza le hará acortar distancias con China, que crecerá un 1%, de acuerdo con esas mismas proyecciones hechas en Washington.

2021 será el año de la recuperación lenta y gradual que llevará al mundo a un nuevo escenario en el que el cuidado del planeta formará parte de la agenda de las empresas y muchos gobiernos desarrollados. 

Donald Trump y Joe Biden.

En este contexto, no es descartable del todo que EEUU acabe abrazando la 'agenda verde'. De hecho, como recordó la pasada semana Javier Solana en su intervención en la cumbre empresarial de la CEOE, si en las presidenciales de noviembre de 2020 gana Joe Biden las elecciones, el candidato demócrata ya ha avanzado que volverá a los Acuerdos de París.

Una victoria que no es descartable a la vista de los últimos sondeos que muestran el coste electoral que está causando el coronavirus a Donald Trump.