Las claves
nuevo
Generado con IA
El poder adquisitivo medio de los hogares españoles, usando como aproximación la evolución del PIB real per cápita, ha aumentado un 6,7% desde 2018.
Entre el segundo trimestre de ese año, coincidiendo con la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa, y el tercer trimestre de 2025, la media de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) registra un avance cercano al 9,4%.
Es decir, España se sitúa claramente por debajo del conjunto de las economías avanzadas.
La diferencia implica que el crecimiento del PIB real por habitante en España ha sido aproximadamente un 28% inferior al de la media de la OCDE en el mencionado periodo.
Este indicador, utilizado habitualmente para medir la evolución de la renta y del poder adquisitivo medio, permite comparar el desempeño de los países en términos reales, una vez descontado el efecto de la inflación.
Ordenadas de mayor a menor crecimiento, las economías de la OCDE sitúan a España en una posición intermedia, alrededor del puesto 25 de un total de algo más de cuarenta países.
En la parte alta destacan Irlanda (más de un 40% de aumento del PIB real per cápita), Turquía (casi un 30%), Polonia (en torno al 26%) o Lituania y Costa Rica (por encima del 18%).
También superan con claridad a España economías como Grecia, Hungría, Corea del Sur o Estados Unidos.
Por encima de la cifra española se sitúan, además, varios socios europeos relevantes. Portugal roza el 10% de crecimiento, Italia supera el 8%, Bélgica se acerca al 8% y el conjunto de la eurozona avanza en torno al 7,7%.
La media de los países del G7, el club de las grandes economías avanzadas, crece alrededor de un 8,9%, también por encima del dato español.
En el extremo opuesto, algunas economías cierran el periodo con una contracción del PIB real per cápita: Alemania, México, Finlandia o Luxemburgo presentan tasas negativas.
España queda, por tanto, por encima de los países con peor comportamiento, pero sigue lejos de los que más han reforzado su renta por habitante desde 2018.
El comportamiento relativo de España no se entiende sólo mirando las tasas de crecimiento, sino también el nivel de partida.
En 2018, el PIB real por persona en España ya se situaba por debajo de la media de la OCDE. Es decir, nuestro país arrancaba el periodo con un nivel de renta por habitante inferior al promedio de las economías avanzadas.
El hecho de que, a partir de ese punto, España crezca menos que la media implica que la brecha no se reduce, sino que tiende a mantenerse.
Varias economías que hoy encabezan el crecimiento, como Polonia, Hungría o Grecia, partían de niveles claramente más bajos. En estos años han recortado parte de la distancia con los países más ricos en mayor medida que España.
Los diagnósticos de la propia OCDE y de otros organismos internacionales coinciden en señalar la productividad como el principal freno a la convergencia de la economía española.
El problema de la productividad
Desde hace años, la productividad por hora trabajada en España crece menos que en muchas economías comparables, lo que limita la capacidad de generar aumentos sostenidos de la renta por habitante.
La estructura productiva también pesa en esa evolución. El tejido económico español depende en gran medida de servicios como el turismo, la hostelería o el comercio, intensivos en empleo pero con un valor añadido por trabajador relativamente bajo.
Esa composición sectorial facilita la creación de puestos de trabajo, pero dificulta que los salarios reales y, con ellos, el poder adquisitivo medio, crezcan al ritmo de los países con mayor presencia de industrias tecnológicas o de servicios avanzados.
Se suma, además, un menor esfuerzo en inversión en investigación y desarrollo que en las economías punteras de la OCDE.
También pesan los problemas de formación y de organización de la economía. España registra más abandono escolar, falta de ciertas habilidades en parte de la mano de obra y un tejido empresarial dominado por las pequeñas compañías.
Son elementos estructurales, que se arrastran desde antes de 2018 y condicionan el comportamiento de la renta por habitante al margen del ciclo político concreto.
Rebote intenso
La fotografía cambia si se acota el análisis a los últimos cinco años. Entre el tercer trimestre de 2020 y el tercer trimestre de 2025, el PIB real per cápita de España se ha incrementado un 17%.
En ese mismo periodo, la media de la OCDE ha avanzado alrededor de un 11,9%.
En esta ventana más corta, España se sitúa así entre los países con mayor crecimiento y escala a los primeros puestos del ranking.
Este comportamiento responde, en parte, a la profundidad de la caída registrada en 2020, cuando la economía española sufrió una de las mayores contracciones de la zona euro por el impacto de la pandemia sobre el turismo y los servicios presenciales.
El rebote posterior ha sido proporcionalmente mayor. La recuperación del turismo, la fuerte creación de empleo y la llegada de fondos europeos han impulsado el PIB per cápita por encima del promedio de la OCDE en la etapa de salida de la crisis sanitaria.
La propia OCDE ha subrayado en sus últimos informes que España ha mostrado un crecimiento robusto en los años posteriores a la pandemia y que ha ganado algo de terreno en términos de renta por habitante durante esta fase.
Al mismo tiempo, el organismo insiste en que la sostenibilidad de esa mejora dependerá de avances en productividad, inversión y reformas estructurales, más allá del empuje coyuntural del turismo y de la política fiscal.
