Las claves
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Las compras de oro de los bancos centrales se han reducido a la mitad en el arranque de 2026 y el ciclo de acumulación empieza a dar señales de fatiga. La guerra de Irán ha encendido ahora un nuevo temor en el mercado: que los antiguos grandes compradores se vean obligados a vender para hacer caja.
Durante la última década, y especialmente tras la congelación de las reservas rusas en 2022, los bancos centrales se habían convertido en el gran motor del mercado del oro en su intento de reducir la dependencia del dólar.
Ese ciclo comprador, sin embargo, ya daba síntomas claros de agotamiento antes de que estallara el conflicto bélico en Oriente Próximo.
Las adquisiciones oficiales se han reducido a la mitad en el arranque del año: apenas 25 toneladas netas entre enero y febrero, frente a las 50 toneladas del mismo periodo de 2025.
Este enfriamiento prolonga la tónica de 2025, cuando la demanda de los bancos centrales cayó un 21%, hasta 863,3 toneladas, frente al récord de 1.092,4 toneladas alcanzado en 2024.
Pese a la ralentización, la base compradora se ensanchó durante los primeros dos meses del año. Polonia, que ya fue el mayor comprador mundial en 2025 con casi 102 toneladas, volvió a liderar en febrero con otras 20 toneladas.
A su estela reaparecieron actores que llevaban años fuera del radar. Malasia compró oro físico por primera vez desde 2018, mientras que Corea del Sur optó por invertir en el metal precioso a través de fondos cotizados, los conocidos como ETFs.
Además, países africanos como Uganda o Kenia anunciaron programas para reforzar sus reservas ante la incertidumbre financiera.
La guerra de Irán, sin embargo, ha puesto en cuestión el papel de los bancos centrales como gran sostén del oro en pleno batacazo del precio.
Tras marcar un máximo histórico en 5.595 dólares por onza el 29 de enero, el metal precioso sufrió en marzo una caída del 11,5% y firmó su peor mes desde octubre de 2008.
La caída no responde a un único factor. Raphael Olszyna‑Marzys, economista de J. Safra Sarasin, apunta a ventas para hacer liquidez en plena huida de los activos de riesgo, justo cuando el dólar recupera fuerza como refugio y encarece el oro para el resto del mundo.
Pero lo que más inquieta a los inversores es el giro en el comportamiento de las instituciones.
“La narrativa de los bancos centrales como compradores unidireccionales perpetuos está siendo desafiada”, resume Nicky Shiels, responsable de estrategia de metales en MKS PAMP.
Muchos de los grandes países compradores de los últimos años dependen del exterior para cubrir su factura energética.
La subida del petróleo y del gas les deja con menos dólares libres y reduce el margen para seguir destinando parte de esas reservas al oro justo cuando su situación fiscal y política es más delicada.
Turquía y Polonia
Turquía se ha convertido en el ejemplo que concentra todas esas preocupaciones. Con una factura energética disparada y una lira que ha perdido más del 85% frente al dólar desde 2020, Ankara se ha visto obligada a recurrir a sus reservas de oro.
En apenas dos semanas de marzo, el banco central turco movilizó alrededor de 60 toneladas de oro.
Vendió una parte directamente en el mercado y utilizó el resto en acuerdos financieros para obtener dólares por un valor superior a 8.000 millones.
El movimiento supone un giro radical para un país que había sido uno de los compradores más agresivos de la última década, elevando sus reservas desde menos de 400 toneladas en 2020 hasta unas 660 toneladas el año pasado.
Para Carsten Menke, responsable de análisis de Julius Baer, el problema no es tanto que se produzcan ajustes, que el mercado ya contemplaba, como la naturaleza de estas operaciones: son ventas “involuntarias”, dictadas por la emergencia y sin margen de control, lo que las hace mucho más desestabilizadoras.
La sombra de las ventas no se limita a las economías en apuros. En Europa, la atención se centra en Polonia, el alumno aventajado del último ciclo de acumulación. En este caso, el motor no es la liquidez, sino la geopolítica.
El gobernador del banco central, Adam Glapinski, ha puesto sobre la mesa un esquema para obtener hasta unos 13.000 millones de dólares mediante la venta temporal de parte de las reservas de oro y su recompra posterior.
El objetivo de financiar de forma inmediata el gasto en defensa. Según cálculos de Julius Baer, el país tendría que desprenderse de al menos 95 toneladas en el mercado para alcanzar esa cifra.
El plan cuenta con el respaldo del presidente de Polonia, Karol Nawrocki, aliado de la administración de Donald Trump, y busca usar esas ventas de oro para comprar cazas estadounidenses F‑35.
Sin embargo, choca con un obstáculo clave: el banco central no puede financiar directamente al Gobierno y tendría que vender el oro, registrar las plusvalías como beneficio y transferir después ese dinero al Tesoro.
¿Bache o cambio de régimen?
El gran interrogante en las mesas de negociación es si Turquía y el posible movimiento de Polonia marcarán un punto de inflexión.
Si más economías con urgencia de dólares recurren a vender parte de sus reservas de oro, el riesgo de una espiral de ventas forzadas sobre unos precios ya muy castigados aumenta de forma evidente.
Aun así, muchos analistas consideran que este episodio no basta para enfriar de golpe las compras de los bancos centrales.
Desde J. Safra Sarasin recuerdan que la intención de muchos bancos centrales de reducir su dependencia del dólar sigue pesando en sus decisiones de reserva.
Ese factor puede mantener el interés por el oro, sobre todo si la guerra de Irán termina alterando el equilibrio de poder en Oriente Próximo.
