Llevo algún tiempo con la sensación de que en Europa hablamos de inteligencia artificial como quien discute sobre el tiempo que hará mañana: todo el mundo opina, se recrudecen los debates cuasifilosóficos y las normas ambiciosas sobre el devenir de una tecnología que, sin embargo, ni desarrollamos ni implementamos ni conseguimos regular de forma efectiva en un mundo globalizado.

No es algo propio ni exclusivo de la arena digital: cualquiera que esté atento a los últimos movimientos geopolíticos puede percibir esa misma dialéctica e inacción en conflictos como el de Venezuela, Ucrania o el más inmediato ahora, Groenlandia. ¿Qué poso de autoridad le queda al Viejo Continente en estos temas cuando se está promoviendo una política global de la fuerza y el dominio? Las palabras, está bastante claro, se las lleva el viento, y no sirven de mucho cuando tus rivales (e incluso tus amigos) empuñan un arma de fuego.

Pero volvamos a la inteligencia artificial, que es mi menester. Cuanto más leo, más entrevistas hago y más datos pasan por mis manos, más evidente se vuelve que la cuestión de fondo no es tecnológica ni regulatoria como tal, sino política en el sentido más estructural del término. Y ahí es donde las musas deben bajar al teatro, cosa en lo que Europa no es especialmente experta.

Por eso merece la pena detenerse, sin prejuicios ni consignas, en el modelo chino. Vaya por delante que no propongo copiarlo, ni mucho menos idealizarlo, pero sí debemos entender qué significa tomarse en serio una transición tecnológica.

Un paper recién publicado por los investigadores Kunpeng Wanga y Jiahui Hu analiza cómo interactúan el capital de IA, el capital físico y el trabajo en la economía china, y lo hace tratándolos como lo que realmente son, esto es, piezas de un mismo sistema, no compartimentos estancos.

Entre 2016 y 2023, la inversión vinculada a la inteligencia artificial en China pasa de poco más de 15.000 millones de yuanes a superar los 213.000 millones. En ese mismo período, la inversión en capital físico no se contrae, como tantas veces se da por hecho en los debates occidentales, sino que crece de forma sostenida hasta rozar los 51 billones de yuanes. Y la masa salarial urbana prácticamente se duplica, pasando de unos 22 billones a más de 44 billones. No hay aquí rastro del colapso laboral ni de la descapitalización industrial que tanto tememos cuando hablamos de automatización.

Lo interesante no es solo la coexistencia de estas trayectorias, sino la relación que establecen los distintos elementos a juicio. El modelo muestra que la IA actúa como fuerza tractora, puesto que empuja al capital tradicional y eleva la masa salarial. El feedback negativo existe, pero es débil: ni el trabajo ni el capital físico están frenando de forma significativa la expansión de la tecnología. Y, aun así, el sistema no se desboca, más bien converge hacia equilibrios estables sin ciclos caóticos ni volatilidad endémica.

Hay una senda de transición reconocible, predecible, gobernada. Hay una gobernanza clara, con una política industrial y de país ligada a la inteligencia artificial.

Esa estabilidad surge de un perímetro regulatorio que no se limita a poner límites (tal es la única herramienta que posee Europa, a tenor del desarrollo de los últimos años), sino que orienta el despliegue tecnológico. Más que nada porque, si ponemos el caso del empleo, el equilibrio final depende abrumadoramente de parámetros ligados a la propia inteligencia artificial, no del mercado laboral en sí. Dicho de otro modo, el empleo en una economía intensiva en IA se decide antes en el diseño tecnológico que en la negociación colectiva, legislaciones o marcos normativos de ningún tipo.

Así pues, China está apostando por llevar a cabo esta transición tecnológica no sólo con políticas laborales ex post, sino con decisiones ex ante sobre qué tipo de tecnología se incentiva, cómo se integra en la industria existente y bajo qué condiciones se escala. Y no es precisamente un enfoque liberal en el sentido occidental del término, pero sí coherente con la visión del Gigante Asiático de la economía y la sociedad.

Y ahora miremos a Europa, en el lado opuesto de la ecuación y sumida en un estado de autocomplacencia que debería asustarnos. Hemos avanzado mucho en regulación, en marcos éticos, en derechos. La AI Act es un hito normativo indiscutible en esas lides. Pero seguimos teniendo un problema de fondo, ya que carecemos de una visión compartida sobre el papel de la inteligencia artificial en nuestro modelo productivo. Regulamos sus riesgos, pero no diseñamos trayectorias. Hablamos de valores, pero no siempre los acompañamos de acumulación real de capacidades industriales, tecnológicas y de capital.

Últimamente, he comenzado a trabajar en un concepto, la contabilidad de la promesa, para definir la separación entre lo que nos anticipa la IA y la realidad que vivimos, ya sea por la financiación arriesgada de los colosos tecnológicos estadounidenses o por las dicotomías entre los discursos de Bruselas y el tejido productivo inmediato del continente. Bajo esta idea, me centro no tanto en la promesa retórica de la inteligencia artificial, ni el relato aspiracional que suele acompañarla, sino el balance real entre lo que la tecnología promete aportar y las decisiones políticas, económicas y regulatorias que permiten convertir esa promesa en resultados sostenibles a corto plazo.

En el caso chino, esa contabilidad existe y se revisa de forma continua. Empero, en el europeo, demasiadas veces se da por sentada, como si el mero despliegue tecnológico junto a una regulación limitante garantizara por sí solo productividad, empleo y competitividad. Mientras China trata la inteligencia artificial como un vector de soberanía económica y de músculo industrial, Europa corre el riesgo de quedarse en una posición absurda, en la que no seamos ni líder tecnológico ni árbitro global.

Seremos, de seguir por este camino, un mero consumidor sofisticado de tecnologías ajenas, con excelentes normas de difícil aplicación y poca capacidad de influencia real sobre cómo se despliegan. Si este diagnóstico no es para preocuparse, ya me dirán qué puede serlo...