Sergio Sáez Blasco es director ejecutivo de Secpho
Durante las dos últimas décadas, el mundo ha vivido una revolución digital que lo ha cambiado todo: la manera en que trabajamos, nos comunicamos o consumimos información. Pero esa etapa, como la de todo producto, está llegando a un punto de madurez. En los últimos tiempos, estamos entrando en una nueva revolución tecnológica, más silenciosa, más lenta, pero infinitamente más profunda: la revolución deep tech. Y en esa transformación, España tiene una oportunidad histórica para posicionarse entre los países que están dando pasos en la vanguardia de la tecnología.
En los 2000, el terremoto fue digital. Una red global agitó la información del planeta y puso a los algoritmos en el centro. En los últimos años, estamos pasando de la revolución de los datos a la de los átomos. Y así, pasamos del terremoto digital al tsunami científico: el de la ciencia aplicada, que no sacude la superficie, sino las profundidades. Desde los laboratorios, la física, la química y la biología están dando origen a nuevas soluciones de energía, salud y movilidad.
Las tecnologías profundas —fotónica, microelectrónica, robótica, materiales avanzados, cuántica o inteligencia artificial— no son una moda. Son la base sobre la que ya se está construyendo la nueva economía. Si la primera ola tecnológica se centró en procesar información, esta se está enfocando en el poder de transformar la materia y la energía.
No hablamos de crear apps, sino de diseñar sensores cuánticos, fabricar nuevas generaciones de chips que den lugar a nuevas cadenas de valor en nuestro país o escalar la aplicación de nuevas terapias fotónicas. De llevar el conocimiento científico a la economía real… y con ello, a una nueva etapa de competitividad y autonomía industrial.
Europa ya ha comprendido esta transición. Según estimaciones de la Comisión Europea y del Joint Research Centre, una proporción sustancial de los objetivos del European Green Deal y de las misiones de Horizon Europe están directamente vinculadas a las tecnologías profundas (deep tech), desde la fotónica y la microelectrónica hasta la inteligencia artificial o los materiales avanzados. Pero la cuestión es: ¿cómo estamos respondiendo en nuestro país?
España parte con una base excepcional. Contamos con talento científico de primer nivel, una red de universidades y centros de investigación de referencia, y un tejido industrial más resiliente de lo que solemos pensar. Pero también con un gran reto: avanzar más rápidamente en la conexión entre ciencia e industria. Durante años, ambos mundos han caminado en paralelo. Y sin ese punto de encuentro, la innovación se queda a mitad de camino: brillante en el laboratorio, pero invisible en el mercado.
Desde el ecosistema que dirijo, llevamos más de 15 años creando entornos de confianza que den lugar a esa intersección entre ciencia e industria. Hemos visto cómo un grupo de investigadores pasaba de trabajar en óptica a crear implantes médicos de precisión. O cómo una startup fotónica desarrollaba un láser pionero para comunicaciones seguras espaciales. Cada vez que eso ocurre, España gana algo más que innovación: gana soberanía tecnológica y con ella, bienestar para las futuras generaciones.
Francia cuenta con bpifrance, institución pública que desde 2019 lidera un plan deep-tech dotado con miles de millones de euros para proyectos de tecnología de frontera. En el Reino Unido, British Patient Capital actúa como inversor paciente en empresas deep tech y ciencias de la vida, movilizando capital público para atraer privado. Y en Alemania, KfW Capital ha iniciado la inversión pública en venture capital tecnológico. En España, tenemos el instrumento INNVIERTE del CDTI para invertir en empresas tecnológicas innovadoras mediante coinversión público-privada. O la Sociedad Española de Transferencia Tecnológica (SETT), creada a raíz de los fondos Next Generation.
Si INNVIERTE ha sido durante años el mejor instrumento público de coinversión en España, la SETT es el instrumento que faltaba para que muchas deep tech no se queden a medio camino. Representa una semilla de un modelo moderno de coinversión público-privada. Pero esa semilla necesita crecer más allá de 2026.
Sin un marco presupuestario estable, los proyectos en deep tech pueden verse frenados y las empresas perder el ritmo que requieren para competir a nivel global.
He tenido el privilegio de ver cómo, cuando la ciencia se cruza con la industria, ocurren cosas extraordinarias: laboratorios que firman sus primeros contratos industriales, pymes que integran tecnologías de frontera en sus líneas de producción, o nuevas spinoffs que en pocos meses encuentran mercado en Europa. Detrás de cada uno de esos avances hay personas, confianza, capital paciente y una red que cree en la colaboración como motor del cambio.
Lo que necesitamos ahora es escala y continuidad. Continuidad de capital, pues más allá del conocimiento de frontera, en deep tech la paciencia y el capital son también ingredientes principales. Se hace necesario seguir conectando a la comunidad de agentes públicos y privados para que con un esfuerzo coordinado y complementario sean capaces de sostener el esfuerzo durante años, más allá de los ciclos políticos o los titulares. Porque el futuro de un país no se improvisa: se construye, se financia y se cultiva. Con paciencia.
España tiene talento, conocimiento y capacidad industrial. Merece la pena continuar apostando por la ciencia como motor económico, entendiendo que invertir en tecnologías profundas es invertir en soberanía, en empleo cualificado y en resiliencia industrial. Estamos en un cambio de era. Y este país, si quiere tener voz en el nuevo mapa global, debe apostar, de verdad, por sus científicos, ingenieros y emprendedores.
Porque el futuro hoy ya no solo pertenece a quienes innovan más rápido, sino también a quienes innovan más profundamente.
*** Sergio Sáez Blasco es director ejecutivo de Secpho, ecosistema de innovación 'deep tech' que agrupa a 170 empresas y centros de I+D que conforman la industria tecnológica en nuestro país.