El pasado sábado tres de enero nos despertamos con imágenes dignas de una película de acción, al más puro estilo de Hollywood. En una operación tan espectacular como quirúrgica, fuerzas de élite del ejército estadounidense extrajeron al presidente venezolano Nicolás Maduro del mismísimo Palacio de Miraflores, y todo ello sin sufrir ninguna baja.
Mientras el mundo digiere las coloridas interpretaciones sobre el impacto que este hecho tendrá en el panorama geopolítico a partir de ahora, los más tecnófilos analizan el papel que la tecnología, concretamente la IA, ha podido tener. Para algunos, tan decisivo como contar con fuentes sobre el terreno, lo fue el haber dispuesto de algoritmos capaces de procesar miles de heterogéneos datos en tiempo real, para saber no sólo dónde estaba el objetivo, sino a dónde se iba a dirigir… incluso antes de que él mismo fuera consciente. ¿No será que la peli era realmente de ciencia ficción?
Lejos de ahondar y abundar en el análisis geopolítico del caso, lo ocurrido nos abre dos reflexiones que no deberían pasarnos desapercibidas. La primera nos lleva a un debate tan antiguo como la filosofía de Aristóteles: el libre albedrío. Si nuestras acciones pueden preverse con precisión matemática gracias al análisis de datos – y entonces es posible anticipar nuestros movimientos antes de que los decidamos conscientemente - ¿podemos seguir hablando de libertad o, incluso, de responsabilidad de nuestros actos?
No me negarán que la pregunta es, como poco, inquietantemente irónica: justo cuando más celebramos la autonomía individual, más predecibles somos para los algoritmos que nos observan sin descanso... y a los que alimentamos permanentemente. ¿Y si eso que llamamos “libre albedrío” fuera solo un fallo temporal del sistema, un algoritmo incompleto al que todavía le faltan variables para predecirnos del todo?
Ay, creo que me estoy empezando a marear. Mejor aceptamos que el libre albedrío sigue vivo y dejamos la discusión para el imaginario de memes que debaten cuestiones filosóficas desde el sofá del Despacho Oval. Vayamos a la segunda reflexión, más tangible, inmediata y también incómoda: la desigualdad algorítmica.
Porque si algo ha quedado claro con la operación que capturó a Nicolás Maduro es que la superioridad de Estados Unidos no fue solo militar, sino algorítmica. Y eso redefine el poder en el siglo XXI. Ya no se trata solo de tener más soldados o más misiles, sino de contar con la capacidad de procesar y cruzar datos a una escala que el resto del mundo, simplemente, no tiene.
Igual que el petróleo definió qué países fueron potencias en el siglo XX, los algoritmos están empezando a definirlo en el XXI (vale, y el petróleo también… como hemos visto estos días). Quien tenga acceso a la mejor tecnología no solo tendrá un dominio militar visible, sino también una sútil influencia sobre mercados, narrativas y decisiones.
Si algo ha alimentado el discurso del empoderamiento individual en las últimas décadas ha sido internet. Esa gran promesa de voz, visibilidad y libertad de expresión para cualquiera con algo que decir (bueno… y a veces ni siquiera hace falta eso). Las redes sociales se alzaron como el principio del fin de las oligarquías de opinión. La democratización de la generación de contenidos. Sin embargo, en la sociedad de la información en la que vivimos, los datos a menudo nos llevan la contraria. Según algunos artículos, el 1% de los vídeos de Youtube concentra el 90% de las visualizaciones… un patrón que se repite en diferentes plataformas y que se refuerza cada segundo por los algoritmos de recomendación: lo que más se ve es lo que más se ha visto.
Y ahora llegamos a la inteligencia artificial, que está provocando una explosión de creatividad y progreso científico sin precedentes, aunque con un matiz: la IA no se alimenta de un mundo ideal, sino del internet que existe, con sus sesgos, sus concentraciones y sus reglas de juego establecidas. Lo que hace es automatizar esa lógica. Y amplificarla.
La desigualdad ya no se mide solo en ingresos o educación, sino en la capacidad para beneficiarse del dato. El acceso a la tecnología es solo el primer paso; lo decisivo es tener el conocimiento, la infraestructura y el poder para traducirla en decisiones estratégicas. Por eso, la verdadera igualdad del siglo XXI será igualdad algorítmica. Y no hace falta imaginar distopías de naciones sometiendo al resto del mundo. Nos basta con observar cómo agricultores tradicionales compiten contra industrias que ya automatizan cultivos enteros con sensores, drones y modelos predictivos. O cómo empresas que incorporan robótica y análisis inteligente de datos duplican la productividad de quienes aún operan con herramientas del siglo pasado.
En el siglo XXI, estar conectados no es suficiente. Hay que entender el sistema, participar en él tan europeamente como podamos – es decir, con estrategia, valores y, a ser posible, con más brío del que nos caracteriza - y, sobre todo, saber cuándo está decidiendo por nosotros.
La alfabetización digital ya no es un extra en el currículum: es la nueva ciudadanía. Y las personas, empresas e instituciones que lo comprendan a tiempo, serán quienes diseñen el futuro. Los demás seguirán creyendo que escapan… justo en la dirección que otros ya han trazado para ellos.