Incluso los más entusiastas defensores de la fusión nuclear se sorprendieron cuando, en una entrevista en la BBC, el secretario de Estado de Energía de los EEUU, Chris Wright, pronosticó que en 8 o 10 años, la tecnología que sostiene la vida del Sol y las estrellas, acelerada convenientemente con inteligencia artificial, alimentará la red eléctrica en el territorio norteamericano y en el resto del planeta.

Más que un pronóstico, la afirmación ha sido recibida como un vacile o un comentario para la galería negacionista. Sobre todo, cuando Wright emplea este argumento para seguir con otro: no hay que preocuparse demasiado, dice, por las emisiones que calientan el planeta Tierra.

Antes de ser nombrado por Donald Trump, Wright, de 60 años, era director ejecutivo de la empresa Liberty Energy. De su boca se ha oído que el cambio climático antropogénico es real, pero que sus peligros son "lejanos e inciertos". También que las políticas gubernamentales impuestas desde arriba para frenarlo están destinadas al fracaso. A su juicio, tomar medidas para combatir el calentamiento global se parece mucho al comunismo soviético.

Para quienes no creen en la reversión de la situación, ni hay una crisis climática, ni nos encontramos en medio de una transición energética.

Pero, volviendo a la fusión nuclear, Wright sostiene que la tecnología será un importante impulsor de la reducción de gases de efecto invernadero.

El aprovechamiento de la energía liberada cuando los átomos se fusionan podría producir enormes cantidades de energía baja en carbono. Esto es cierto científicamente. Pero tanto como que las plantas de energía de fusión comerciales aún están muy lejos. Mucho, muchísimo. A años luz.

Los científicos creen que la fusión nuclear, que Wright estudió en la universidad, podría algún día producir enormes cantidades de energía sin calentar nuestra atmósfera. Pero es un proceso muy complejo. Replicarlo en la Tierra implica calentar átomos a temperaturas mucho más altas que las del Sol.

El controvertido jefe de energía de Trump es un firme defensor del fracking y de conceder nuevas licencias de petróleo y gas en el Mar del Norte.

Wright no tiene ninguna experiencia política. Y hace unos años, causó enorme revuelo cuando bebió líquido de fracturación hidráulica frente a una cámara para demostrar que no era peligroso.

Ahora está a cargo de una agencia que tiene un presupuesto de alrededor de 50.000 millones de dólares y, aproximadamente, la mitad de ese presupuesto se destinará a mantener el arsenal de armas nucleares del país.

El Departamento de Energía maneja la diplomacia energética de EEUU, administra la Reserva Estratégica de Petróleo (que Trump ha dicho que quiere reponer) y dirige programas de subvenciones y préstamos para avanzar en las tecnologías energéticas.

A su cargo, por ejemplo, se encuentra el antiguo complejo de armas nucleares de Estados Unidos. También la eliminación de residuos de energía nuclear y la de otros 17 laboratorios nacionales.

El giro es realmente llamativo. Wright ha reemplazado en el puesto a Jennifer Granholm, toda una defensora de los vehículos eléctricos y de fuentes de energía emergentes como la energía geotérmica, y partidaria de la energía eólica, solar y nuclear libres de carbono. Y, con él todo gira. Excepto una obsesión: China.

Para Trump y su gobierno, Europa está impulsando la desindustrialización y empobreciendo a sus ciudadanos por su “obsesión”, dicen, en abandonar los combustibles fósiles y adoptar energías bajas en carbono. Y por llevar 33 años subvencionando la energía eólica y la solar. ¿No es suficiente?, preguntó en la BBC el secretario de Energía: “Hay que poder salir adelante por sí solo después de 25 o 30 años de subsidios". Y ahí va… otro vacile.