Alberto da Silva.
Pocas veces pensamos en ello, pero la confianza es el verdadero motor que mantiene en marcha nuestras economías y nuestras vidas. Confiamos en que los productos que consumimos sean seguros. Confiamos en que los servicios que contratamos cumplan lo que prometen. Confiamos, en definitiva, en que el mundo que nos rodea funcione de forma fiable y responsable. Sin embargo, esta confianza no se genera de forma espontánea. Requiere garantías, estándares y mecanismos de control. Y aquí es donde entra en juego un actor poco visible, pero absolutamente esencial: el sector de la conformidad.
Este sector, que agrupa a empresas especializadas en ensayos, inspecciones y certificaciones, conocido internacionalmente como el sector TIC, por Testing, Inspection and Certification, es el que verifica que los productos, procesos, servicios y sistemas cumplen con los requisitos exigidos por las normativas legales, los estándares técnicos o los compromisos éticos asumidos por las organizaciones. Es una actividad que actúa silenciosamente, en segundo plano, pero que tiene un impacto directo en la seguridad de las personas, la competitividad de las empresas y el progreso sostenible de nuestras sociedades.
En un mundo en el que la innovación avanza a una velocidad sin precedentes, en el que la inteligencia artificial, la digitalización o la movilidad eléctrica ya forman parte de nuestra vida diaria, la necesidad de certidumbre es más urgente que nunca. La ciudadanía necesita saber que las nuevas tecnologías no comprometen su seguridad ni su privacidad. Las empresas necesitan demostrar que cumplen con normativas ambientales, de calidad o de seguridad laboral, para poder operar en mercados cada vez más exigentes. Y los gobiernos necesitan garantizar que las infraestructuras y servicios públicos se gestionan con responsabilidad y transparencia.
El sector de la conformidad, desde esta perspectiva, no sólo asegura el cumplimiento normativo, sino que actúa como una palanca impulsora del desarrollo económico, la competitividad internacional y la confianza entre agentes. Su influencia se extiende a sectores estratégicos como la energía, la automoción, la alimentación o la salud, aportando criterios técnicos y seguridad para operar en contextos complejos. Aunque no siempre sea visible, su contribución es estructural: sostiene el andamiaje técnico que permite avanzar hacia sociedades más seguras, sostenibles e innovadoras.
El problema es que, a pesar de su relevancia, este sector sigue siendo poco conocido por la ciudadanía. Se da por hecho que los productos son seguros, que las infraestructuras están en buen estado o que las empresas cumplen con la legislación. Pero detrás de cada etiqueta, cada certificado, cada aprobación técnica, hay horas de trabajo especializado, inversión tecnológica y un profundo conocimiento normativo. Esta falta de visibilidad también limita el reconocimiento del sector como motor de transformación social y económica.
Por eso, es el momento de hacer pedagogía. De explicar que, sin ensayos rigurosos, sin auditorías técnicas, sin validaciones externas, no existiría ni progreso confiable ni consumo responsable. Y también es el momento de poner en valor la labor de miles de profesionales que trabajan cada día para que nuestras decisiones, como usuarios, como empresas, como instituciones, se tomen sobre bases sólidas y verificadas.
Creo firmemente que el futuro pasa por la anticipación y la confianza. Y para construirlo, necesitamos sistemas que midan, evalúen y certifiquen con rigor. Porque la verdadera innovación no es sólo lo que se diseña o se lanza al mercado, sino lo que puede demostrar que funciona, que es seguro, y que mejora la vida de las personas.
El sector de la conformidad no es un añadido. Es una infraestructura crítica para el bienestar colectivo. Y sólo conociéndolo, reconociéndolo y fortaleciéndolo, podremos afrontar con garantías los desafíos del presente y del futuro.
*** Alberto da Silva es Country Manager en DEKRA España.