A. R.
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España no fue un actor secundario en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Su intervención militar, económica y diplomática resultó “absolutamente necesaria e imprescindible” para la victoria final de las colonias frente a Gran Bretaña. Así lo defendió este el diplomático y escritor Eduardo Garrigues durante el ciclo ‘Madrid, capital de la Hispanidad’, organizado por EL ESPAÑOL con motivo del 250 aniversario de la independencia estadounidense.

Garrigues, uno de los grandes conocedores de la huella española en Estados Unidos, puso el foco en una dimensión de la guerra que, a su juicio, continúa insuficientemente explicada. España mantuvo inicialmente una política ambivalente: ayudó a los rebeldes de manera secreta y, en ocasiones, sin que estos supieran siquiera de dónde procedían los suministros. Pero todo cambió en 1779, cuando Madrid declaró la guerra a Inglaterra.

Fue entonces cuando entró en escena Bernardo de Gálvez. Sus campañas en el Misisipi y la conquista de posiciones británicas en el golfo de México permitieron a España bloquear las comunicaciones y movimientos ingleses desde el sur. “Era esencial que España pudiera bloquear la presencia de Inglaterra tanto en el Mississippi como en el Golfo de México y en el Canal de las Bahamas”, explicó Garrigues.

Madrid, capital de la Hispanidad - Eduardo Garrigues

Para el diplomático, la batalla de Pensacola tuvo incluso una importancia estratégica superior a la de Yorktown. Mientras George Washington y el ejército continental combatían en el este, Gálvez presionaba desde el sur. “Sin esa ayuda, Inglaterra hubiera tomado como en una tenaza por el norte y por el sur” a las fuerzas rebeldes, sostuvo.

La decisión de Carlos III de entrar en la guerra no fue, sin embargo, sencilla. España tenía intereses propios y el recuerdo de Gibraltar y Menorca pesaba en la política de la Corona. En ese debate destacó la figura del conde de Aranda, que terminó viendo en la rebelión de las colonias una oportunidad para golpear a su enemigo histórico. La ayuda española, no obstante, se desarrolló con tal discreción que durante años los propios estadounidenses apenas fueron conscientes de su magnitud.

Pero el legado español en Estados Unidos, según Garrigues, no comienza en 1776. Hay que retroceder dos siglos y medio hasta la Escuela de Salamanca. Francisco de Vitoria, Francisco Suárez, Domingo de Soto y Juan de Mariana desarrollaron principios sobre el bien común, la justicia y la legitimidad del poder que acabarían teniendo eco al otro lado del Atlántico. Garrigues recordó, además, que figuras como John Adams conocieron directamente la obra de Mariana.

Esa influencia intelectual convivió con una presencia española mucho más tangible en el territorio. En los estados del suroeste perviven elementos vinculados a la tradición hispana: desde la arquitectura de adobe y los sistemas de irrigación hasta la equitación y buena parte del vocabulario del Oeste. “El cowboy no es un invento de los Estados Unidos”, señaló Garrigues, recordando que incluso la palabra “rodeo” procede del español.

Dos siglos y medio después, el diplomático reclama recuperar esa historia sin convertirla ni en propaganda ni en autoflagelación. La clave, sostiene, está en contarla completa: desde la ayuda de Gálvez a los rebeldes hasta las ideas de la Escuela de Salamanca y la huella cotidiana que España dejó en Norteamérica. Un legado que, a su juicio, todavía espera ser contado con la dimensión que merece.