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Las claves

Menos mal que las sesiones de control al Gobierno en el Congreso no las ve nadie. Menos mal que un ceutí, un día como hoy, tiene tanto que hacer que no se va a poner a ver el esperpento del Congreso. Porque ha habido un momento que quedará para siempre como metáfora del abandono.

Un gesto que ojalá no provoque un polvorín.

Le estaba recriminando una diputada del PP a Sánchez que se hubiera ido de vacaciones tres semanas a Canarias tras visitar Ceuta y ver con sus propios ojos las consecuencias de la invasión. Y Sánchez, sardónicamente, ha exhibido una carcajada.

En esa carcajada, captada desde la tribuna y también perceptible en las imágenes que emite el canal oficial del Congreso, entra todo lo sucedido en Ceuta: la falta de blindaje ante los informes del CNI primero y la tibieza en la respuesta después.

Es cierto que, en su entrevista con la SER, Sánchez defendió sin despeinarse que, a su juicio, el derecho al descanso es compatible con visitar una ciudad del país que gobiernas, decir que se ha producido “un ataque a la integridad territorial” y después postrarse tres semanas en La Mareta.

Pero no es lo mismo escuchar un argumento que ver una carcajada. Ambos gestos nacen de una desconexión absoluta con la realidad, pero la carcajada entraña el regodeo.

Estaba a su lado, en el escaño, Yolanda Díaz, armada con un bolso enorme, anticipando que, quizá, la salida más noble que le quede a Sánchez sea la que decidió Rajoy: una despedida con un bolso en el escaño presidencial.

Sánchez no dejó un bolso en Ceuta. Dejó a su ministro del Interior, don Fernando el Caótico, que prometió quedarse hasta que la ciudad recuperara la normalidad. Se fue al día siguiente.

Lo que sí debe reconocérsele al presidente es que nos ha propinado la carcajada con anestesia. No lo ha hecho directamente. Antes, en su careo con el padre Feijóo, había contestado a las críticas por su actuación en Ceuta diciendo que España es el principal destino de inversión, que los ciudadanos europeos nos ven muy bien según una encuesta y que las agencias de deuda nos tratan de maravilla.

El presidente, con cada dosis inclemente de irrealidad, nos iba exponiendo gradualmente al dolor. “¡Esa es la España real!”, proclamaba con triunfalismo cuando se le arrojaban los síntomas de la inseguridad en Ceuta.

El padre Feijóo le había hecho dos preguntas muy concretas: cuándo fue la última vez que habló con las autoridades marroquíes; si Marruecos dice estar dispuesto a aceptar la vuelta de todas las personas, incluidos menores y nacionales de terceros países, ¿por qué no sucede?

Sánchez había contestado recriminándole que el PP europeo haya propuesto suspender los acuerdos de colaboración con Marruecos: “Si suspenden un convenio con el país al que deben retornar, ¿están resolviendo o cronificando el problema?”.

La trampa atávica del qué fue antes el huevo o la gallina.

La última inyección que nos ha puesto Sánchez antes de retorcernos con el garrote vil de la carcajada ha llegado en forma de aforismo: “Ceuta va a salir reforzada gracias al Gobierno”. Luego se ha puesto a hablar de la Ley de Memoria Democrática. Pero esto no habrá quien lo olvide.

Al regalar Sánchez gestos así, pienso casi automáticamente en la conversación que mantuvo con Maxim Huerta el día de su cese como ministro de Cultura. El emperador mirando al infinito preguntándose cómo pasará a la Historia. Pues de esta manera.

Cuando los socios se convierten en el espejo de la realidad, como ha sido el caso esta mañana, el Gobierno se pone muy amarillo, como sobrevenido por una enfermedad terminal.

Ahí no queda la posibilidad tan recurrente de decir que ese es un análisis falso porque lo profiere un “reaccionario”.

Miriam Nogueras, sin quitarle una coma: “Son ustedes una máquina de fabricar pobres y una autopista para la extrema derecha. El ascensor social solo funciona de bajada, pero la corrupción de ustedes va hacia arriba”.

Mertxe Aizpurua, de Bildu: “La vida sube, pero los sueldos no”.

Sánchez ha contado que el otro día se fue a una escuela de Formación Profesional y que todo lo que deseaban los chavales era trabajar, emanciparse y comprarse una vivienda.

Debió de contestarles con la misma carcajada y la cita de Jardiel Poncela: “En esta vida, los sueños no se cumplen; se roncan”.

Dice el ministerio del Interior en su lista negra que soy un moderado, así que, si tuviera delante al presidente, reaccionaría como tal: le pondría la mano en la espalda y, muy cariñosamente, como ha hecho Patxi López al entrar en el Parlamento esta mañana, lo acariciaría en la zona del omoplato y le susurraría al oído: "Déjalo ya. Vete a casa".