"La crítica pública y profunda de los actos de gobierno es una necesidad, por no decir una obligación; pero el ataque irracionalmente sistemático y la permanente descalificación de las personas (…) no son a mi juicio un arma legítima". Adolfo Suárez, en su discurso de dimisión.

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Esos momentos en los que se asume “un especial sentido de la responsabilidad” suelen obligar las ojeras y una mirada vidriosa. Incluso en el hombre más carismático. A las 19:40 del 29 de enero de 1981, Adolfo Suárez anunciaba su marcha. Ya no brillaba en sus ojos el fuego de la "revolución pacífica" ni asomaba en sus labios la cita de Machado: “Hoy es siempre todavía”.

La alegre sintonía elegida por Televisión Española (TVE) para el mensaje presidencial poco tenía que ver con el adiós de un presidente que sólo encontraba oposición a su paso: la Iglesia, el Ejército, los empresarios, el PSOE, el Rey, sus propios compañeros de UCD…

“Creo haber asumido mi responsabilidad dignamente durante los casi cinco años en que he sido presidente del Gobierno. La responsabilidad que siento hoy me parece infinitamente mayor (…) Mi marcha es más beneficiosa para España que mi permanencia en la presidencia”.

Han pasado cuarenta años de aquel discurso que conmocionó a sus adversarios y a sus aliados. El paso del tiempo -la Literatura y la Historia- han abrillantado el recuerdo de un hombre que soñó desde muy joven con aventurar el rumbo del país. De ahí la magnitud de su renuncia.

“¡Ya era hora!”, le dijo a Juan Carlos I cuando conoció el nombramiento. “A mí sólo me sacarán de aquí con unas elecciones o con los pies por delante”, es otra de las frases que se le atribuye -en referencia a los golpes militares en marcha-.

Suárez se fue al constatar que la “continuidad de una obra exige un cambio de personas”: “Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea una vez más un paréntesis en la Historia de España”. Esto, que hoy puede sonar grandilocuente, era una verdad incuestionable. Como bien recordó el entonces presidente, nadie había gobernado tanto tiempo -de manera democrática- en 150 años. 

“El hombre abierto, desafiante, orgulloso, dominador del escenario y seductor era aquel día un hombre hundido, derrotado. Era el rostro de la decepción”. Son palabras de Fernando Ónega, que fue director de Prensa de la presidencia, escritor de discursos de Suárez, autor del mítico “puedo prometer y prometo”.

“Adolfo sentía una amargura terrible por tener que marcharse de esa manera pese a sentir que había cambiado para bien a España. Le costó recuperarse de esa tristura. Lo fue haciendo poco a poco, pero lo consiguió. Guardo una carta emocionante en la que lo da a entender”, relata el periodista.

La circunstancia de la dimisión de Suárez está muy alejada de la santificación del personaje una vez muerto. Muchos de los que hoy le reconocen como “gran hombre de Estado” lo tachaban entonces de “desastre e inoperante” ante un país sumido en una fuerte crisis económica y asolado por el terrorismo de ETA.

Sin embargo, pese al clima antisuárez, la dimisión fue una sorpresa. Un sacrificio inesperado. Así lo confirman cuatro históricos dirigentes de UCD en entrevista con este periódico -tres de ellos ministros aquel enero de 1981-.

La corrección del discurso 

Rafael Arias-Salgado (Madrid, 1942) era el responsable de la cartera de Presidencia. Uno de los colaboradores más estrechos de Suárez. El jefe de Gobierno le convocó, por aquellas fechas, a una reunión sin motivo concreto. Se encontró con el propio Suárez, Pío Cabanillas -adjunto al presidente- y Josep Meliá -secretario de Estado para la Información-.

“Adolfo nos enseñó el texto de un discurso. Era su dimisión. Le echamos un vistazo, lo corregimos e hicimos algunas aportaciones. Quisimos que quitara aquella frase que vinculaba la democracia a la temporalidad – ‘Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea una vez más un paréntesis en la Historia de España’-, pero no hubo manera”, detalla en charla con EL ESPAÑOL.

“No queríamos que su dimisión quedara conectada a una democracia en riesgo. Además, la frase era equívoca. Incluso podía interpretarse que él mismo se describía como un riesgo para la democracia”, apostilla Arias-Salgado.

Suárez trabajaba de esa manera. No se le daba bien la pluma ni el debate de las ideas, pero poseía una gran intuición, un inusitado sentido de la estrategia. Tomaba unas notas y se las entregaba a sus colaboradores para que armaran el discurso.

Rodolfo Martín Villa (León, 1934) era ministro de Administración Territorial. Se le describía como opositor interno a Suárez. En la última remodelación, el presidente volvió a contar con él como ministro para ganarse su confianza. Aquel día, estaba comiendo en la sede de Interior con Juan José Rosón y Josep Tarradellas.

“Tuve que levantarme de la mesa apresuradamente. De camino, en absoluto pensé que Adolfo fuera a dimitir. Si digo que lo contemplaba, estaría faltando a la verdad. Cuando nos lo contó a los ministros, estaba muy sereno. Expuso su análisis y aseguró que no había vuelta atrás”, anota para este periódico el que luego fue vicepresidente con Calvo-Sotelo.

Martín Villa desvela que el “análisis” de Suárez señaló a los poderes fácticos, en aquel momento los empresarios, los medios de comunicación, la Iglesia y el Ejército. Arias-Salgado, en esa línea, desvela que el entorno de la CEOE pagó campañas de prensa y remuneró a columnistas para que hundieran la imagen de Suárez.

“Todos sabíamos que había una colección de causas que le afectaban… Pero ninguno imaginábamos el sacrificio. ¿Por qué? Porque, desde muy joven, tuvo la idea clara de lo que quería ser y cómo alcanzarlo”. Al otro lado del teléfono, Ignacio Bayón, ministro de Industria y Energía en 1981. Todavía hoy, tiene grabada en la cabeza aquella frase de Suárez: “He decidido no ser un obstáculo”.

La ruptura con el Rey 

Pero, ¿por qué dimitió Suárez exactamente? Mucho se ha especulado al respecto. La versión más novelesca -probablemente también la menos verosímil- relaciona la renuncia con las conspiraciones militares en marcha. En 1980, el Ministerio de Defensa elaboró un informe que recogía todas ellas. Tenían un punto en común: más que golpes contra la democracia parecían golpes contra Suárez. Tal era la inquina contra el presidente.

“En el Ejército -había legalizado al Partido Comunista- y en la CEOE lo tachaban de rojo peligroso”, expone Arias-Salgado. Al poco de su nombramiento, los empresarios bendijeron a Suárez, pero cambiaron de opinión e hicieron de Manuel Fraga -exministro de Franco y líder de Alianza Popular- su candidato.

Ninguno de los entrevistados da crédito a esa versión: Adolfo Suárez no se marchó para evitar el golpe. Habla Fernando Ónega: “Descarto esa hipótesis. Hubo golpe pese a su dimisión. Un hombre que se enfrenta así en el Congreso a las Fuerzas Armadas habría aguantado en la presidencia si hubiera sabido que llegaba una asonada”.

¿Qué pasó entonces? Arias-Salgado habló con Suárez pocos días después de la dimisión: “Le influyó la conciencia de su desgaste. Primero vino la división en UCD, cuando comenzó a perder facultades de dirección interna. Después, la presión de su familia, que quería que abandonara el cargo. Y, por último, lo más importante: sintió que había perdido la confianza del Rey”.

-¿Por qué sintió aquello? 

-Según la Constitución, la confianza del Rey no es condición indispensable para seguir siendo presidente, pero sí lo era para Adolfo. Cuando fue a ver a Juan Carlos I para anunciarle la dimisión, esperaba que le animara a retractarse.

-No sucedió.

-No. Ninguna frase del estilo “Adolfo, espera, hay que preparar bien el relevo”. Nada de eso. Juan Carlos no hizo ningún gesto.

-¿Y si lo hubiera hecho? ¿Suárez habría aplazado su dimisión? 

-Sí. Adolfo no habría dimitido en ese momento.

"No soy capaz"

Sería ingenuo aseverar que el desgaste de Suárez sólo se debió a las presiones externas mencionadas. El político también se derrumbó, en parte, consecuencia de sus acciones. Es clave, en este punto, el testimonio de Óscar Alzaga, catedrático de Derecho Constitucional y diputado de UCD. Acabaría fundando el Partido Demócrata Popular (PDP).

“Cuando Adolfo se entera de que Felipe González va a presentar una moción de censura, reúne a la Comisión Ejecutiva de UCD. Nos dice que no se siente capaz de enfrentarse a Felipe en el debate. Incluso pide a Landelino Lavilla, presidente del Congreso, que desarrolle una norma para evitarlo. Nos quedamos muy preocupados”, señala Alzaga. A ojos del entonces diputado, ese fue un “hito” en el “deterioro de la fe de UCD en Suárez”.

Ignacio Bayón cuenta: “Yo no participaba en ninguna familia en concreto. Intentaba llevarme lo mejor posible con todos. Digamos que los que no estaban cerca de Suárez tenían ganas de comparecer”. Una manera muy diplomática de describir la conspiración interna que voló los cimientos de la coalición de centro.

Cuando comunicó su dimisión a la Comisión Ejecutiva de UCD, Suárez también reveló que su sucesor sería Leopoldo Calvo-Sotelo. Óscar Alzaga, en público y en privado, le espetó: “En un sistema democrático, el presidente que dimite no nombra sucesor. La coalición debe elegir al candidato”.

Suárez, a continuación, reunió en un aparte a Alzaga y a Miguel Herrero de Miñón: “Nos dijo que volvería a la presidencia”. ¿Cuál era el plan? “No contó demasiado, pero pienso que quería recuperar su imagen y regresar, pero su imagen no mejoró todo lo rápido que él pensaba, ni siquiera con su papel durante el 23-F”.

Hace cuatro décadas, Adolfo Suárez dimitió tras casi cinco años en la presidencia del Gobierno. Renunció a lo que más había deseado para insuflar al “sistema democrático de convivencia” el oxígeno que le faltaba.

“A medida que pasa el tiempo, dejando a un lado lateralidades de menor importancia, el recuerdo de Adolfo se engrandece. Fue un hombre excepcional para un momento excepcional”. Una conclusión cada vez más generalizada y que describe a un político que, aquel 29 de enero de 1981, fue la diana de una campaña atroz.