En su último libro, Albert Rivera apenas varía el discurso. Sigue manteniendo que él nada tiene que ver con la formación del Gobierno PSOE-Podemos. Insiste en que jamás existió la posibilidad de pactar con Pedro Sánchez y tan sólo arroja un matiz novedoso: "Me equivoqué al no lanzar antes la oferta de desbloqueo porque así le habría desenmascarado".

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Sin embargo, en las páginas de Un ciudadano libre (Espasa, 2020), el expresidente de Ciudadanos traza un retrato de sus adversarios hasta ahora inédito. Desvela algunas reuniones y analiza la relación mantenida con ellos mientras estuvo al frente del partido liberal.

Destaca el binomio Mariano Rajoy-Pedro Sánchez, que funciona al modo de los vasos comunicantes. El trato con el líder conservador fue de menos a más, mientras la sintonía con el socialista fue de "más a menos" y de "menos a nada".

El "ritmo" de Rajoy

En 2016, poco después de reunirse con el presidente gallego en la Moncloa, Rivera pensó: "La relación con Rajoy no es mala, pero debería ser más fluida, teniendo en cuenta la cantidad de asuntos que hay sobre la mesa y la inestabilidad del panorama político".

Pese a no congeniar en aquellos inicios -Ciudadanos acababa de auspiciar el Gobierno del PP-, el otrora candidato liberal admitía: "Rajoy gana en la distancia corta (...), poco a poco hemos ido cogiendo confianza". El político catalán, debido a la corrupción, había llegado a pedir al PP que "cambiara de candidato".

Según desvela ahora Rivera, con el objetivo de proteger ese clima de entendimiento, acordaron tratar entre ellos los temas susceptibles de acuerdo y delegar en sus equipos los asuntos "más espinosos".

Mariano Rajoy y Albert Rivera, aunque entonces no trascendió, se vieron "una vez al mes". Les unió -aduce el improvisado escritor- la gestión de la crisis catalana. "Él aceptó nuestras demandas reformistas (...) y nosotros tuvimos que aceptar los ritmos en su toma de decisiones".

Cuando a Ciudadanos le sobrevino el descalabro, Rajoy envió un cariñoso mensaje a Rivera. El tono debió de ser este: "Hay vida más allá de la política". "Posteriormente, hemos conversado acerca de algunos asuntos familiares, hemos recuperado el contacto e incluso hemos almorzado juntos algún día".

Sánchez y la ruptura del abrazo

"En febrero de 2016 firmamos un acuerdo de investidura, cuyo objetivo era sacar al país del atolladero en el que se encontraba (...) Contenía doscientas reformas que habrían podido ser una buena hoja de ruta. Sin embargo, los dos sabíamos que era prácticamente imposible que la investidura saliera adelante porque ni el PP ni Podemos se abstendrían", empieza Rivera sobre Sánchez.

"Sánchez y yo hablábamos con frecuencia e incluso nos encargamos directamente de cerrar los últimos flecos", incide el autor. El cambio -según su perspectiva- tuvo que ver con la moción de censura de junio de 2018.

"La presentó de la mano de Podemos y de los separatistas para quedarse en el poder con su apoyo, decisión que en ningún caso nosotros podíamos aceptar y que, por tanto, puso el punto y final a nuestra relación", justifica.

"Su forma de convertirse en presidente define muy bien qué clase de político es (...) Tanto él como su equipo más cercano han desarrollado una estrategia ganadora, eso es innegable, pero ¿a qué precio?", discurre Rivera.

A ojos del exlíder de Ciudadanos, Sánchez "es capaz de cualquier cosa para lograr sus fines". También lo tacha de "irresponsable". Una vez en el poder, el abismo -si es que eso era posible- se ensanchó.

"Ideológicamente, no estábamos tan lejos desde el punto de vista social y, por tanto, el riesgo de transferencia de voto a Ciudadanos era más alto que a los dos partidos conservadores", aduce.

Todo se encrespó el día que Rivera preguntó a Sánchez en el Congreso por su tesis: "En ese momento, cambió el gesto y, con la mandíbula apretada y el dedo levantado, me dijo: 'Te vas a enterar'. Pocas semanas después me llamó el director de un medio que había estado con Sánchez en La Moncloa y me aconsejó que tuviera cuidado".

Iglesias, Casado y Abascal

Rivera reconoce que, a priori, debería haber habido más conexión con Pablo Iglesias. Ambos llegaban de la sociedad civil y formaron un partido de la nada. Pese a sus diferencias ideológicas, existían algunos puntos de acuerdo: sobre todo la regeneración. Ahí queda el debate del Tío Cuco, organizado por Jordi Évole.

"La distancia ideológica en un país cada vez más dividido ha dificultado la conversación, el diálogo e incluso el acuerdo entre distintos", explica con trazo grueso. Aunque después aporta un dato más personal: "La otra parte de nuestro desencuentro fue fruto de alguna que otra entrada sucia (...) Desde la tribuna, me llamó 'fascista', sabiendo que se trata de un insulto inaceptable para un demócrata".

Rivera define su relación con Santiago Abascal como "contradictoria". Dice haberle conocido en 2008, a través de una fundación que presidía el entonces diputado del PP vasco. "En aquella época, no era un político que destacara por sus posiciones ultraconservadoras", afirma.

"Me cuesta reconocer al Abascal que yo conocí en los discursos que pronuncia ahora, especialmente en aquellos que tratan de inmigración, asuntos LGTBI, aborto o el uso de armas de fuego. En todo eso, estamos en las antípodas. Me pregunto si su radicalización ha sido el resultado de una evolución ideológica o si se trata de una estrategia para ocupar el espacio más conservador a la derecha del PP", sintetiza.

Con Pablo Casado, su relación es "lineal y coherente". Se conocieron en tertulias políticas televisivas. "Le vi defender con aparente convicción lo que a muchos nos parecía indefendible: la corrupción de su partido. Siempre pensé que menudo papelón le había tocado", dice.

"Las diferencias de origen no impidieron que nos entendiéramos. Si hubiéramos sumado tras las elecciones de abril de 2019, estoy seguro de que habríamos podido formar juntos un Gobierno razonable", concluye.