Se abre la puerta del Café Gijón. Aparece envuelto en un gabán negro, que amuralla su cuerpo desde el cuello hasta los pies. Debajo, un chaleco cubista, como de cuadro de Picasso. Azul celeste y amarillo. Calza una gorra a juego, batida en duelo con esos rizos que se le sublevan. Ah, ¡y el fular! Ese fular que, en realidad, es una sábana y da vueltas a su gaznate. Como una serpiente pitón. Porque Madrid, esta mañana soleada de invierno, es una ametralladora de catarros.

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“¡Maestro, maestro!”, le grita el mâitre como prólogo a un fuerte abrazo. Hacía muchísimo tiempo que Jesús Quintero (San Juan del Puerto, 1940) no pasaba por aquí. Han tronado varias legislaturas y una gran crisis desde que El Loco… desapareció.

Los náufragos de madrugada que subían a aquella arca rescatadora de soledades llevan años devorando los artículos sobre su invisibilidad. Por eso, los que están aquí, al filo del mediodía, le palpan como a un resucitado. Él se deja, pero sólo corresponde con la voz. Carga en las manos los libros que ha comprado a la hora del desayuno, casi todos relacionados con Maquiavelo.

Quienes le conocen, pero no le han tratado, miran. Indagan en este pescador de hombres y mujeres que inundó parlamentos, cárceles, mansiones y burdeles con la voz del profeta. 

“¿Te acuerdas, Loco, de ‘S’? Sí, hombre, sí. Aquella mujer que ligó con Neruda sin saber que era Neruda y se desnudó en la cama para inspirar al poeta. Pues murió hace poco”, le cuenta uno. “¡Loco, Loco! Tú tienes que estar aquí, en la calle, en los cafés, diles que te dejen libre, que jamás vuelvan a encerrarte”, le zarandea otro.

Y El Loco canta versos con la mirada puesta en el techo. El Loco cita a Antonio Machado y pide una tregua. Desciende las escaleras camino al comedor de sus viejas tertulias. Está vacío. Catacumba, como a él le gustan los platós. Porque El Loco ha vuelto. “Jamás doy entrevistas, nunca hablo de mí. Me llaman los periódicos, las radios, las teles, pero huyo. Hoy, he venido a confesarme. Me lo has pedido tantas veces…”, comienza en una mesa de mantel blanco, manchada por un par de grabadoras. Tras casi dos años de búsqueda, aquí está: Jesús Quintero.

¿Qué es lo que quieres exactamente? -inquiere mirando el cuestionario.

Bueno, charlar con usted de distintos temas… He traído algunas preguntas.

A mí me atrae la entrevista literaria. No me gusta cuando el periodista llega con su interrogatorio, graba, se va al periódico, se pone un whisky y piensa: “A este le voy a dar un viaje…”.

Ya no nos dejan beber whisky en las redacciones. 

Qué cosas, qué cosas… Bueno, yo he venido, estoy aquí, me confesaré de verdad. Es mejor que charlemos sin rumbo.

Venga, apartemos el cuestionario… ¿Por dónde empezamos? ¿Qué es para usted una entrevista?

De tú, por favor, trátame de tú… Creo que la entrevista es conducir al otro gentilmente hacia lo que de verdad es. No debe tener la tensión de un interrogatorio policial, pero tampoco adolecer de una especie de pirotecnia intelectual. Es el encuentro de dos seres humanos. En primer plano, sin montajes. Con los silencios que apoyen o destruyan lo que el entrevistado acaba de decir.

Y eso de los silencios, ¿tiene una técnica? Los empleabas muchísimo.

No, no hay una técnica. Fluyen de manera natural… Cuando el entrevistado dice una tontería, el silencio lo demuestra. Cuando el entrevistado dice algo interesante, el silencio también lo demuestra. Lo fundamental es ser honrado y transmitir verdad.

Encontrarla en el fondo del ser al que entrevistas.

Eso, eso.

Quizá también un juego de seducción, ¿no? Generar una atmósfera en la que alguien pueda mostrarse tal cual es.

La atmósfera es fundamental. -Iñaki Gabilondo define a Quintero como el mejor creador de atmósferas que ha conocido nunca-. Fíjate: tú le preguntas a uno… ¿Es usted un buen ciudadano? La respuesta puede ser malísima, pero si la atmósfera es buena quizá cuente algo trascendente. ¡Grecia! ¡Grecia! Allí empezó todo.

Llega el camarero. Le brinda un plato de queso de Grazalema: “Esto le sentará bien, maestro, ya verá”. El Loco pide un poleo menta. También jengibre, pero no hay. “Es que tengo la voz fatal”. Los puntos suspensivos en las respuestas de Quintero deben interpretarse como un silencio de cuatro segundos. Es la media que arroja la transcripción.

¿Qué es un periodista?

Un psicoanalista, un confesor… Un detective para el que todo lo oculto debe quedar al descubierto.

Son tiempos recios para la conversación. Vivimos una cruzada contra el diálogo pero, paradójicamente, los lugares están llenos de ruido.

Sí, yo también lo contemplo así… Según Borges, al que tuve la suerte de entrevistar, en la magna Grecia se dio la mayor cosa que ha registrado la Historia universal: el descubrimiento del diálogo. Dudaron, disintieron, cambiaron de opinión, aplazaron… Ay, esto le vendría a España divinamente. Oye, Borges decía que Dios es quien más muestras ha dado de su inexistencia, pero más tarde reconoció que, cuando se sentía en peligro, rezaba. Jode, ¡es muy fuerte lo de Borges!

Los políticos, los empresarios, los artistas… La gente de la cosa pública tiene miedo a hablar. 

Sí, sí. La televisión y la radio se han convertido en una cosa que se hace entre publicidad y publicidad. Se informa a la contra, despiadadamente. No sé qué está pasando. 

¿Qué está pasando? 

La Historia está llena de traidores. Me he vuelto a comprar lo de Maquiavelo, ya me lo he leído tres veces. España es eso: hablar y, a las veinticuatro horas, ser destruido. Pero, bueno, siempre hay uno que abre la puertecita por donde entra la luz.

España es eso: hablar y, a las veinticuatro horas, ser destruido

¿Dónde fuiste más feliz? ¿En la tele o en la radio? 

La radio es más individual… Tú sugieres y el oyente completa. Me fascina la radio para transmitir verdad. Pero la radio de noche. Durante el día, la radio corre el peligro de convertirse en ruido. Pero, de noche... Ay, la noche. El transistor se queda con todo. En la radio, el ritmo es fundamental.

¿Cómo se aprende a tener ritmo?

Nací muy cerca de una familia de cantaores. Escuchaba el compás desde el vientre de mi madre. En Andalucía hay gente que habla así, “a compás”. Tan, tacatán, tiquitín, tiquitín, tin, tan, tacatán, tum, tum, pa. En todo eso, hay trama, nudo y desenlace. El ritmo es lo que nos lleva.

¿A ti adónde te ha llevado?

Yo quería ser actor, soy un actor frustrado. Luego acabé en la radio, también a bordo de una roulot con la que recorrimos España. Una furgoneta extravagante y vagamunda. Radio Nacional, La Ser, Televisión Española, Canal Sur… Son tantos sitios… He recorrido este país pueblo a pueblo, río a río. He visto a muchos enrollarse con la fama, la riqueza y el poder. Para mí, no tiene demasiado interés. ¿Sabes? El psicoanálisis me ha ayudado mucho.

Freud.

Oh, por favor, qué maravilla. Llevo veinte años de psicoanálisis. Me siento en un sofá. “Jesús, cuénteme lo que se le pasa por la cabeza”. No sé, un gato en una esquina. Y, a partir de ahí, comienzo a descubrir cosas.

Por ejemplo, un perro verde.

Poco a poco vas profundizando… He tenido depresiones muy potentes. He pensado mucho sobre el sufrimiento. 

El sufrimiento ennoblece a quien lo comparte. 

Uno debe saber quién es el enemigo y dónde está la guerra. 

Es muy dura la colina.

Y tanto, y tanto.

¿El Loco estaba loco antes de ser El Loco o se volvió Loco al interpretarlo?

El loco me cura y luego me hunde más. Había momentos en los que no sabía dónde estaba mi casa. Vivía en el Callejón del Agua, en Sevilla, muy cerca de la catedral. El Loco de verdad, en casi cinco años, salió dos o tres veces. Cuando El Loco salía… salía de verdad. Expresaba de verdad. Cuando se me pasaba, buscaba la manera de acercarme a ese estado… Pero era imposible.

La locura, el delirio, la fiebre…

Los espartanos no preguntaban cuántos eran los enemigos, sino dónde estaban. A mí me gustaría saberlo. Porque, en apariencia, todo el mundo es amigo. Conozco la traición, el miedo, el desamor… Lo dije hace mucho tiempo: “He vivido sin dinero, he visto morir amistades que parecían eternas… He padecido los abusos del poder… He visto el odio pintado en unos ojos que me miraban. Me he asomado… al balcón de las intenciones negras”.

Primer plano de Jesús Quintero, durante la entrevista con este periódico. D.R

Vaya programas los de aquella época…

Un día, el presidente de la Cadena Ser me dijo algo así: “Estamos todo el día ganando dinero con la publicidad para que por la noche se ponga ante el micrófono un náufrago, un hombre perdido. Es una locura. Pero, mientras yo sea presidente, ese náufrago que eres tú, Jesús, seguirá ahí”. Aquel presidente murió. Dos años después, me dijeron: “Hay que meter publicidad”. ¿Y de qué es? Aspirinas Bayer. No me dolía la cabeza. Me fui.

Pero te siguen llamando El Loco. Eso es algo que no se va.

Me llaman loco porque nunca he tenido un sentido práctico de la vida. Me llaman loco… porque aún creo en los grandes sueños, en las utopías… Y porque no renuncio a la felicidad. No comprendo a quienes están dispuestos a todo para alcanzar el poder, la riqueza o la fama. Antonio Banderas me dijo: “La fama es un rumor a seis metros”. Tenía razón.

También necesitamos dinero. Incluso para charlar o informar. Las propias entrevistas cuestan dinero, incluso las escritas. El redactor que cobra por su trabajo…

Nunca me ha atraído lo material. Soy un enamorado de la belleza, de la creatividad. Ahí muero yo. Las ideas, que son lo bueno, no se registran en la SGAE. El sentir de otra manera tampoco se registra. Este es un tiempo donde todo eso se ha perdido.

Le decía Kafka a un amigo que la creación literaria es estar sobre un suelo muy frágil, que cubre un agujero negro. Definía la creación como un conjunto de factores que impiden al inventor dejar de imaginar, pero que, al mismo tiempo, le lleva por el camino oscuro.

Absolutamente. Decides crear y la vida te va llevando. Salí de mi pueblo porque montaron la fábrica de celulosa y el olor era insoportable. Luego llegó lo de la radio, pero yo quería ser actor. Quería hacer teatro.

En cierto modo, has sido un actor. 

Sí. 

¿Habrías sido más feliz en un escenario que ante el micrófono?

Me lo planteo… Una vez conocida la comunicación… No sé. La entrevista, la de la televisión, es lo mejor. Sin manipulación, sin censura.

La entrevista desnuda. 

Sí. Ver la reacción del personaje… Quizá el montaje valga para quitar lo que no aporta, pero esos momentos de intensidad, esos silencios… Lo ves. No es lo mismo que cuando te vas a casa y transcribes la entrevista. Aunque hay entrevistadores por escrito que me gustan. Rosa Montero, un gallego que se llamaba Pedro Rodríguez, Raúl del Pozo. Ah, Raúl es un fenómeno.

Ya lo creo. 

Vivíamos muy cerca. Pero, un día, el conserje me dijo que se había muerto mi vecino. No lo sabía. Pensé: “¿Qué hago yo en una ciudad donde se muere el vecino y no te enteras?”. Y me volví a Andalucía. Para recuperar mi vida, mi gente. Me gusta hacer televisión allí.

¿Qué hago yo en una ciudad donde se muere el vecino y no te enteras?

Llevas mucho tiempo lejos de los medios de comunicación.

Sí. Creo que, sobre todo en la tele, se ha perdido el gusto, la sensibilidad y hasta la vergüenza. Lo que en Andalucía llamamos el paladar. ¿Sabes? En Radio Nacional me castigaron tres meses porque pretendían que el título del programa fuera “Para mayores sin reparos”. Y me expulsaron de TVE por una entrevista con José María García. Yo fui lleno de buena fe. No imaginaba que el director nombrado por el Parlamento fuera un censor. Me pueden prohibir una entrevista y llevarla al archivo, pero no tolero que me la manipulen. Creo que era la primera vez en democracia que aparecía un fundido a negro en la televisión.

¿Hay más libertad ahora que antes en los medios de comunicación?

Tengo mis dudas. En El País no se puede hablar de Polanco, en Antena 3 no se puede hablar de Lara. El periodista tiene un airbag. Bueno, algunos tienen hasta ocho. Sabemos mejor que nadie dónde estamos y qué no podemos decir. Ese es el rollo. Lo gordo viene cuando te lo saltas. A mí me admiran, me saludan… Pero, ah, cuando te has saltado eso…

A Quintero le suena el móvil. Tiene que cogerlo porque está pendiente del AVE. Se disculpa. Dígame, bla, bla, bla y todo eso. Yo bien y tú. “¿Un espectáculo sobre la familia Aragón? A mí me encantaba Fofó. Una vez estuve con él en Jerez. La gente le ofrendaba niños como si fuera la Virgen del Rocío. Gritó desesperado, ya no podía más. Un genio maravilloso (…) Vale, muchas gracias, apunto el recado”.

Sigue la conversación. Es como si fuera de noche. Entran ganas de fumar, de bucear en el humo para agarrar las respuestas. Quintero mira a las paredes enmaderadas de la bóveda. Cuando ronda el camarero, le pregunta quiénes siguen viniendo a la tertulia.

¿Sabes? Una vez entrevisté a un periodista de Al Jazeera que había charlado con Bin Laden. Le pregunté cómo había llegado hasta él. Se presentaron unos tíos, le metieron en una furgoneta, le taparon los ojos y le llevaron.

El eterno debate: ¿debemos entrevistar a las personas que encarnan el mal?

Sí. Un periodista debe buscar lo oculto. Es una tontería declinar esas oportunidades.

¿Qué villano te viene ahora a la cabeza?

Buf, he entrevistado a tantos… No sé por qué, pero estoy pensando en uno de Fuerza Nueva, cuyo nombre no recuerdo. Me regaló una foto de Franco. 

¿Y qué hiciste con ella? 

Se la devolví.

Me acuerdo del general Líster, que te dijo: “Fui a la batalla con 12.000 hombres y regresé con 6.000”.

“Señor Quintero…”. Tenía una voz impresionante. “Hay victorias pírricas, pero también hay derrotas grandes”. Tremendo.

Por cierto, viendo tu móvil -negro, grande, de tapa, muy antiguo- imagino que no tienes redes sociales.

No quiero saber nada de las redes sociales… Bueno, en realidad, sí. Estoy buscando un libro que me explique qué son y para qué sirven.

Estoy buscando un libro que me explique qué son las redes sociales y para qué sirven

Hay muchísimos libros al respecto.

Hombre, pero habrá alguno que resuma todo. No lo sé… Esto de las redes sociales… Aparentemente, nada está prohibido y todo está prohibido. Las redes saben todo de nosotros. Si digo que me quiero comprar un abrigo, al día siguiente aparecen en mi casa diez anuncios de abrigos… Internet es el gran espía del mundo. Bueno, pues eso, me informaré con algún libro. Los libros pueden cambiarte la vida. También cambian la Historia. Ahora busco mucho silencio, soledad y lectura. A la izquierda de mi casa está Punta Umbría; a la derecha, El Rompido; a quince minutos, Portugal.

¿Qué haces un día normal?

Leo de doce a tres de la madrugada. Me levanto a las diez u once. Vivo en un pinar. Tengo mucho sol. De vez en cuando voy a Sevilla. En realidad, poco. Busco soledad para contestar a las preguntas que, a lo largo de tanto tiempo, hice a los demás. Aunque me gustaría volver para hacer las grandes preguntas a los más sabios de la Tierra en la catedral de Sevilla. 

Por ejemplo, ¿a quién?

Ojalá fuera posible con Gabriel García Márquez. Iba a hacérsela, pero me la prohibieron. ¿Quién? No importa, qué más da. Viajé a Cuba con Vázquez Montalbán. De repente, cuando estábamos en la embajada española, me rodearon unos cuantos obispos. En ese instante, me dijeron que García Márquez nos invitaba a cenar. Cuando llegué, le hice una reverencia.

¿Y cómo reaccionó? 

Me dijo: “Loco, no te pongas así. Yo te escuchaba cuando estaba en España, exiliado en Barcelona”. Tocó el piano y cantó boleros. Lo hacía bien. En esa cena me di cuenta de la diferencia entre un artista y un intelectual. 

¿Cuál es la diferencia? 

García Márquez llamaba a Fidel Castro y le decía: “A ver si echas ya a este, que lleva demasiado tiempo…”. Conmigo delante, telefoneó a Clinton. Eso es el poder.

Quizá tenga más poder el artista que el intelectual porque, con su obra, seduce al poderoso.

Sí. Vázquez Montalbán, por ejemplo, era extraordinariamente culto. Había hecho muchas cosas, pero no era García Márquez. Esa genialidad… Eso es el artista. Quedamos en que lo entrevistaría en la Escuela de Cine de Cuba, pero luego todo se fue al traste. Mandaban los que mandaban. ¿Sabes a quién me encantaría entrevistar? ¡A Tejero! Es la última gran entrevista de la democracia. 

¿Lo intentaste?

Se lo dije a Pilar Miró -directora entonces de TVE-. Me respondió: “Es una gran entrevista para el archivo”. Fui a verle dos veces a la cárcel de Figueras. Tengo dos blocs llenos de notas. Cuentan que su padre estaba en Alhaurín de la Torre jugando al dominó cuando lo del 23-F. Entró uno y dijo: “La Guardia Civil ha tomado el Congreso”. Él respondió: “Eso debe de ser cosa de mi Antoñito”. Es una maravilla lo que los padres piensan de sus hijos. Extraordinario.

Aunque su tren parte dentro de una hora, Jesús Quintero no tiene prisa. Le repugna la prisa. Tan, tacatán, tacatán, tin, tin, tan, tacatán. El ritmo. Y su pentagrama, febril, ordena una cadencia de balanceo, de peregrinación mística. Algunos de sus invitados, en aquel largo tránsito por “el Guadalquivir de las estrellas”, se levantaban al baño en directo: “Ya disculpará, pero es que llevamos aquí tanto tiempo…”. El móvil ha vuelto a sonar, pero no lo coge. 

He vivido situaciones… Me acuerdo de cuando fui a entrevistar a uno que se parecía a Tadzio, el de “Muerte en Venecia”. Cárcel de Sierra Chica, a trescientos kilómetros de Buenos Aires. Contraté a un productor argentino para realizar el asunto. Cuando ya estaba todo montado y sólo faltaba que llegara el preso, el tío me dice: “Me voy”. 

Tenía miedo.

Tuve que ir solo con los cámaras. Tadzio estaba condenado a cadena perpetua. Una celda de dos por dos. “Tú eres El Loco”, me dijo. Para que accediera, había enviado a la cárcel la entrevista que le hice a Rafi Escobedo. A Tadzio también le llamaban “chacal” y “ángel de la muerte”. Era de familia catalana. Creo que se apellidaba Robledo Puch. Me recibió con una biblia en la mano y un papel dentro: “Estas son las preguntas que tienes que hacerme”. 

Entiendo al productor que se fue…

Y yo pensando: “¿Cómo me salto el veto?”. Me acerqué a los cámaras y les advertí: “Ha pasado esto… Igual me ataca”. Empecé la entrevista así: “¿Es verdad que usted ha matado a trece personas?”. Me miró durante varios segundos. Diez, quizá quince, como diciéndome: “Esto no es lo pactado”.

Hay miradas que duran toda una vida.

Sí… Él respondió: “¿Cómo?”. Y yo inquirí: “Es lo que dicen los periódicos”. A veces, eso es una buena defensa. Al final, terminó contándome todo. A veces, abría la biblia y leía pasajes. Era interesantísimo el tío. En otra ocasión, entrevisté a otro que había matado a una mujer tirándola por el balcón. El cabrón había sido boxeador y me decía: “No entiendo, en los cuadriláteros siempre me gritan que lo mate”. Contaba que su técnica, en el ring, era ir matando el cuerpo y acabar con la cabeza.

Eso, a veces, también es una entrevista.

Ya lo creo.

Quintero fue un asiduo de las tertulias del Café Gijón. D.R

¿Por qué te han atraído tanto la marginalidad y los suburbios?

Hay una cosa en mi tierra que se llama el “aje”. No es la gracia, sino el “aje”. Vas por Sevilla y te encuentras a uno que está fumando un canuto. Y empieza la conversación. Me atrae esa capacidad de ir a contracorriente y desobedecer con tanta originalidad. Yo, en mi programa, concedía el mismo tiempo a un presidente que a un presidiario. Iba por Cádiz y en los callejones me recibían con caceroladas: “El Loco, El Loco, El Loco…”. De vez en cuando lanzaba mensajes de afecto y compañía. 

Como el que salvó a aquella chica.

Sí. Una joven estaba en su casa, se metió en la cama y se tomó un bote de pastillas para suicidarse. Tenía la radio puesta y yo estaba haciendo un canto a la vida. Ella se levantó y fue corriendo a pedir ayuda a su madre. La llevó al hospital y se salvó. Aquella señora le envió un pañuelo bordado a mi madre.

¿Por qué disfrutabas tanto ese papel de locutor de los desposeídos? Me acuerdo de tantos personajes… Risitas, El Beni, El Cojo Peroche… 

He ido conociéndolos desde niño. En mi pueblo había mucha gente así. No lo sé, no era algo impostado.

La moqueta, el lujo y Moncloa te han atraído menos.

Cuando, en Argentina, le pregunté al presidente Menem a ver si había vendido armas a Honduras, me contestó: “España también las vende, ¿no?”. Y luego añadió: “Todos los países que se sientan a la mesa de la paz venden armas”. Cuando uno conoce el asunto… prefiere quedarse con la tierra. ¿Sabes? Una vez me robaron 80.000 pesetas en Marbella.

¿Disculpa?

Había quedado con El Beni de Cádiz y con Picoco. Me acompañaron a comisaría. El policía me lanzó esa pregunta tan típica de los comisarios: “¿Tiene alguna sospecha?”. Le contesté: “¡Seguro que ha sido uno de estos dos!”. El Beni y Picoco gritaron: “¡Eres un hijo de puta!” -El Loco se parte de risa-. ¿Ves? Esa chispa es la que a mí me atrae.

La chispa de la vida.

¡Que no es la Coca-Cola! Amo intensamente mi tierra, a pesar de que mataran a Lorca y expulsaran a Cernuda. Qué terrible todo aquello… ¿Te acuerdas del Risitas? Es un personaje en el mundo entero. Ha triunfado hasta en las redes sociales de Irán. Y él sin enterarse. Cuando murió Peito, el del diente, fuimos al cementerio a enterrarlo. Vi una lápida que era un escudo del Betis. Risitas, ¿te has fijado? Contestó: “Eso debe de ser del año que bajamos a Segunda” -El Loco suelta una larga carcajada-. 

Eran tremendos.

Buf, y un día que paseaba por Cádiz con El Beni y el Cojo Peroche… Ante la casa de Pemán, El Beni se puso a leer la inscripción: “Aquí nació el gran escritor José María Pemán bla, bla, bla… ¿Qué pondrán en mi casa cuando yo me muera?”. El Cojo le contestó: “¡Se vende!”. ¿Ves? Los siento míos. No soy superior a ellos. Me duele cuando van a otros programas y los dejan en evidencia.

Jesús Quintero, durante uno de sus míticos programas. Efe

Háblame de la otra cara de la risa: la tristeza, el final. Tú siempre has preguntado mucho por la religión y la muerte. ¿Tienes miedo?

Tenía una madre muy cristiana. Pero cristiana como las de Roma, cuando se echaba a los hombres a los leones. Una persona muy honrada y verdadera. Aunque vivíamos en un extremo del pueblo, la querían un montón. Se llamaba María. Mi padre era electricista, José. Y yo, Jesús. Qué remedio. Él iba a Huelva a trabajar y yo a estudiar. Marchábamos juntos en el tren. Él preguntaba todo al de enfrente, era muy curioso. Yo me ponía nervioso y le daba patadas para que se callara… Y luego mi vida ha sido eso: preguntar.

¿Y el final?

¿Quién decía aquello de “perdone que no me levante”? Ama, vive… Lo demás no importa.  

¿Te inquieta lo de Thoreau? Regresar de los bosques y darte cuenta, en el momento de morir, de que no has vivido. 

He vivido con mucha intensidad. En San Juan del Puerto, en Huelva, en Sevilla, en Buenos Aires, en París, en Madrid, en Nueva York… He amado, he sentido… Sí, ese es el resumen de mi vida. He entrevistado a reyes, a presidentes, a escritores, a poetas… He escuchado tantas cosas… No tendría que leer. ¿Sabes? Me quedaba con casi todo lo que me decían. El silencio venía de ahí. Escuchaba con atención, lo sentía de verdad y me quedaba pensando. Terminaban contándome todo.

Una pregunta estilo Quintero: ¿quién dicen los hombres que eres tú, Jesús?

Alguien que también ha tenido una buena ración de sufrimiento. Sé lo que es acurrucarse en un rincón y esperar a que llegue el final… También sé lo que es no creer en nada, no alegrarse ni conmoverse por nada.

Ponle un epitafio a esta conversación.

Interesante, creo que muy interesante… Te siento cerca. He tratado de ser, en todo momento, cariñoso y afectuoso contigo. Creo que la mejor manera de entrevistarme es esta… Sí, este es el camino: mirarnos y contarnos lo que sentimos.