El desacuerdo entre PP, Ciudadanos y Vox otorgó a Unidas Podemos un asiento más en la Mesa de los que previó Pablo Iglesias. La izquierda iba a contar con la mayoría en cualquiera de los casos, pero la oposición, de haber jugado mejor sus cartas, podría haber dibujado un escenario de fuerzas casi igualadas. Del 5-4 a favor de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se pasó al 6-3. Con una suma total de tres escaños menos, el proyectado Gobierno de coalición se hacía con dos tercios de este órgano.

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El Partido Popular pactó con Ciudadanos -su socio en Comunidades y Ayuntamientos- un préstamo de votos para que los de Inés Arrimadas lograran una butaca en el órgano rector del Congreso a pesar de tener tan sólo diez escaños. Para que esa vía cristalizara hacía falta el "sí" de Vox, que apenas tardó unos minutos en responder... "no".

Abascal le cobró a Arrimadas la vendetta que le había preparado a Rivera. Cuando se gestaba el auge de Vox, el expresidente liberal trataba de ningunear a la extrema derecha y se negaba a mencionarla en sus comparecencias. Hacía muchos años que había dejado de coger el teléfono a su otrora "amigo". Este martes, Ciudadanos -tras el descalabro- se vio obligado a pedir el apoyo de Vox... sin poder ofrecer nada a cambio. Y no lo consiguió.

Así fueron las negociaciones

Las negociaciones comenzaron de esta manera: el PSOE exploró la posibilidad de sumar fuerzas con otros partidos para levantar un cordón sanitario contra Vox. Los de Abascal, tercera fuerza y 52 escaños, merecían -en términos aritméticos y de tradición- un asiento como mínimo. También tenían derecho a dos. Pero las conversaciones políticas ponían en riesgo su mera presencia.

Pablo Casado -que perdió votos por el flanco derecho el pasado noviembre- corrió a desdeñar la estrategia socialista. "No contribuiré a ello", despejó nada más conocer las intenciones de Ferraz. Entonces, ¿qué iba a hacer el Partido Popular con sus votos?

Mientras tanto, Ciudadanos -sumido en el último descalabro electoral- anunciaba que pelearía por una butaca. Arrimadas, cuando se le achacaba que no disponía de suficientes parlamentarios, argüía: "Los nacionalistas han llegado a estar en la Mesa con menos escaños". La única maniobra posible pasaba por obtener la caridad de PP y Vox.

Los naranjas tuvieron éxito en sus negociaciones con Casado. El Partido Popular brindó a su socio de coalición esta alternativa: recibir prestados algunos votos de Génova y buscar la parte restante en Vox. Y ahí comenzaron las turbulencias.

Por primera vez desde el 10-N, Ciudadanos no tenía nada que ofrecer en una negociación. Diez escaños, en ese sentido, daban para poco... o para nada. José María Espejo, el encargado de la persuasión, mantuvo un encuentro con Vox a última hora del martes. Debía convencer a ese adversario al que tanto despreció Rivera. Era algo así como: "Por favor, denme un puesto en la Mesa a cambio de nada". Y los de Abascal respondieron: "No".

La extrema derecha, cuya ambición terminó estrellada, se debatía entre dos opciones por culpa de la complicada aritmética: si aceptaba la propuesta de PP y Ciudadanos, perdía un asiento en favor de Arrimadas. Si la rechazaba, perdía un asiento en dirección a Unidas Podemos.

Cruce de reproches

Vox sólo disponía de un camino para lograr dos butacas en la Mesa sin beneficiar a Sánchez e Iglesias: seducir al PP para que rompiera con Ciudadanos y les prestara a ellos sus votos. Un ruego que Casado no aceptó. Génova prefirió ser leal al debilitado partido con el que gobierna en Andalucía, Murcia o Madrid.

Así se zanjaron las negociaciones, que se mantuvieron vivas hasta el mismo momento de la votación. Unidas Podemos, para su sorpresa, lograba dos escaños. Sánchez e Iglesias goleaban 6-3 a Abascal, Casado y Arrimadas.

A partir de ahí, comenzaron los reproches. Abascal cargó contra su expartido por haber "abierto las puertas al comunismo" en lugar de beneficiar a Vox. El PP, en cambio, afeó a la extrema derecha haber priorizado Podemos a Ciudadanos.