31 de enero de 2020. Empieza la cuenta. Al principio aparece discreta y silenciosa, pero ya no queda rastro de eso. Tras varias semanas oyendo la palabra coronavirus siempre en boca de dirigentes extranjeros, España registra el que será su primer caso. Lo hace importado, viene de fuera, como era de esperar. Es un turista alemán, de Baviera, que pasaba unos días de vacaciones en La Gomera el que se lleva este dudoso premio. Tras ser contagiado por un compañero de trabajo, se trajo el Covid-19 consigo. Esto ocurrió hace exactamente dos meses, cifra redonda, pero suena como algo tan lejano.

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Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que coronavirus era poco más que un chascarrillo que se soltaba cuando alguien tosía. Una cosa rara que venía de lejos, decían, porque alguien había tenido la brillante idea de tomar sopa de murciélago en un mercado chino de dudosa salubridad. Antes de todo -porque su impacto está siendo tal que se podrá hablar de antes de y después de-, parecía que no iba con nosotros. Dos meses después de ese primer contagio, ese paciente número cero, España ya se acerca a la cifra récord de 100.000 contagiados y 10.000 fallecidos; si es que no ha llegado ya en el momento en el que usted lee este reportaje.

¿Cómo ha podido pasar? Cómo hemos ido de uno a 100.000 en tan poco tiempo, colocando a España como un país campeón en esta materia -“Soy español, a qué quieres que te gane?”-. Para el inventario quedarán manifestaciones como la del 8-M, el congreso de Vistalegre, un viaje de aficionados del Valencia a Italia, un funeral en Vitoria y sus consecuencias en Haro, Salvador Illa como superministro, el pasar revista de recortes de libertades que se ha convertido cada comparecencia de Pedro Sánchez. Para el inventario queda el contagio de los políticos, de la vecina del quinto, de ese tío lejano, del padre, del hermano, de la hija y la morgue supletoria que se ha tenido que instalar en la Ciudad de la Justicia madrileña.

Interior del hospital de campaña montado en Ifema, Madrid. EFE

Los primeros casos

Ese 31 de enero, después de conocer el primer contagio, aparecía en televisión un anónimo Fernando Simón quitando hierro al asunto. “Creemos que España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado”, decía. “Esperemos que no haya transmisión local. Si la hay, será muy limitada y controlada”, pronunciaba con su particular voz. Era un desconocido; ahora es el mejor amigo de la mayoría y su salud, ya que también ha dado positivo, se sigue como uno de esos eventos deportivos que se celebraban antes de.

“Por lo tanto, parece, según el número de casos diagnosticados día a día, que la epidemia comienza a remitir”, comentaba Simón. Pero en los días posteriores comenzaba el goteo. El 9 de febrero aparecía el segundo caso, un británico en Mallorca. El 12 de febrero se cancelaba el Mobile World Congress -¿De verdad es para tanto?, se preguntaban muchos-. El imaginario colectivo seguía dando pataditas al balón, echándolo del campo.

Los 10 primeros contagios se conocieron el 24 de febrero, hace apenas un mes, y el 25 de febrero se notaban ya los primeros positivos locales en Madrid, Barcelona y Castellón. Un día después, el 26, Sanidad aumentaba el riesgo de transmisión local y lo recalificaba de bajo a moderado. Más por si acaso que cualquier otra cosa.

Pero entraba marzo, que acaba de terminar y aún duele. El día 1 se llegó a los primeros 100 contagiados y el día 4 se comunicaba que España ya tenía su primer fallecido. Fue un anciano, que había muerto el día 13 de febrero en Valencia pero no era hasta entonces que se habían dado cuenta de que padecía coronavirus. La situación llevó a la desagradable labor de revisar los cadáveres para ver si se les podía haber escapado alguno con coronavirus. En la actualidad ya no hay dónde meter los cadáveres y ni se puede revisar si muchas personas aún vivas lo tienen.

Una sanitaria en una residencia de ancianos, este martes. EFE

El foco de Haro

Antes de que toda España se viera en estas, los ciudadanos miraban de reojo a la localidad riojana de Haro. Ahí se vio la primera imagen de agentes de la autoridad protegidos como para una guerra bioquímica. Ahora es tan común que hasta pasan desapercibidos. Calles cerradas, notificación de aislamiento en mano, los agentes fueron recorriendo el municipio regalando imágenes de lo que se pensaba que todavía ni podía venir. Ese fue el primer gran foco.

En la ciudad vasca de Vitoria, a escasos kilómetros de Haro, se había celebrado un velatorio y un funeral los días 23 y 24 de febrero. Hasta el sepelio acudieron alrededor de 60 vecinos de Haro y, junto a ellos, una pareja que había estado de viaje en Italia. Ahí se contagió Fernando Pérez, alias Camarón. El nombre se lo había puesto su padre por su afición a tocar las canciones del mayor cantaor de la historia. De 52 años de edad, Pérez se convirtió en el paciente cero de Haro.

Guardias civiles en la localidad de Haro. EFE

El 1 de marzo, Pérez acudió a las urgencias del Hospital Santiago Apóstol de Miranda de Ebro (Burgos) porque se encontraba con síntomas. Tanto él como el resto de asistentes al funeral habían estado haciendo vida normal -a la española, ya se sabe: besos, reuniones multitudinarias y esos abrazos que aún no se habían prohibido-. Dos semanas después de que Pérez fuera al hospital, en La Rioja había ya 259 contagiados y el 95% provenía del foco del funeral.

En los días posteriores, mientras se iban conociendo las noticias, mientras las cifras iban apuntalando la realidad, la localidad de Haro se iba encerrando en sí misma. Aunque no se había decretado el confinamiento aún, muchos locales echaban el cierre, los hoteles contaban cancelaciones día tras día y los habitantes se desesperaban porque todo ello les afectaba a la economía. No lo sabían aún, nadie lo sabía, pero Haro era un tráiler de lo que iba a venir. Desde esta semana ya no pueden asistir más de tres personas a un funeral.

Así, de manera paralela y silenciosa, en el resto de España los casos iban subiendo. El 1 de marzo había 95 contagiados; el día 4 ya escalaba a 200; el 5 a 372. Y el 9 de marzo ya se había pasado una barrera psicológica que ahora suena hasta deseable: ese lunes se cerró con 1.621 contagiados, la mayoría de ellos en la Comunidad de Madrid. Antes, había dejado un fin de semana para el recuerdo.

El fin de semana trágico

-Señora Calvo, para terminar, ¿qué le diría a una mujer que está dudando en ir o no a la manifestación del 8 de marzo?
-Que le va la vida.

La que habla es, por supuesto, la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo. Y lo hace en una entrevista propagandística que se difundió días antes de la manifestación por el Día de la Mujer. Ahora, dirán los ingeniosos, “le va la vida” tanto que la vida se le fue en esa manifestación. Realmente, más allá de peripecias ideológicas, no está del todo claro qué efecto de contagio provocó la manifestación del 8-M.

Carmen Calvo, durante la manifestación del 8-M en Madrid. EFE

Pero lo que sí que cabe es discutir la idoneidad de que la manifestación se celebrara cuando, como se acaba de recoger, ese fin de semana España pasó de tener 423 contagios el viernes 6 a tener 1.621 el lunes 9. Prueba de ello es que parte de la plana mayor del Estado que acudió a esa manifestación acabó dando positivo por coronavirus, como la propia Carmen Calvo, Irene Montero y la first lady española Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez y que ha hecho que La Moncloa quede como los familiares de un paciente de la UCI: todos separados y en cuarentena.

A pesar de las cifras, España actuaba como si no pasara nada. Ese mismo fin de semana, en el plano deportivo, Lionel Messi le metía un gol de penalti a la Real Sociedad y el Barcelona se adelantaba en la clasificación al Real Madrid, que perdía contra el Betis. Ahí, en su punto, tenían los blaugranas la Liga. Pero 284.726 aficionados fueron a los 10 estadios en los que se jugó la Primera División y ya no se sabe si habrá Liga, y casi que ya importa poco.

En el otro lado del tablero político, frente al 8-M feminista, el partido ultraderechista de Vox también celebró su esperado, entre ellos, Vistalegre III. El mismo domingo. Sin novedad en lo político más allá de consolidar el poder de Santiago Abascal, la noticia real llegó cuando el número dos Javier Ortega Smith dio positivo por coronavirus. Así cuadraba el círculo de sus toses en Vistalegre y ponía bajo la lupa todos los viajes que hizo las dos semanas anteriores a que se conociera su positivo. A ese congreso acudieron 600 cargos públicos y 9.000 simpatizantes y la formación acabó teniendo que pedir perdón. Vox acudió en tromba a autoaislarse.

La semana que siguió a ese fin de semana ya fue la primera realmente seria. Cerraron los colegios en País Vasco, primero, luego en Madrid, y después en el resto de comunidades autónomas. Una semana después, el lunes 16 de marzo, ya había 10.097 contagiados en España, casi 9.000 más que el viernes 13. Antes de que acabe el mes, ya estamos rozando los 100.000 contagios y 10.000 muertos. El ansiado pico, además, parece que se resiste a hacer presencia.

Javier Ortega Smith junto a Santiago Abascal en Vistalegre III. Vox

Los 1.000 muertos

Después, ya todo fue demasiado en serio. El 14 de marzo el Gobierno echaba mano al artículo 116 de la Constitución y decretaba el estado de alarma. A la par, se empezaba a notar la saturación de las UCI y los centros hospitalarios en general. EL ESPAÑOL recorrió algunos de los principales hospitales de Madrid, la comunidad entonces más afectada, y los testimonios desoladores hablaban de falta de espacio, de falta de recursos, de gente muriendo en soledad.

Ese reportaje se elaboró la madrugada del 21 de marzo, esa noche se superaba la barrera psicológica de los 1.000 muertos. Apenas 10 días después, esa barrera parece de nuevo envidiable a medida que nos acercamos a los 10.000 fallecidos. Así, el 18 de marzo se llegaba a los 17.068 contagiados; el 23 (sólo cinco días después) se duplicaba la cifra y se ponía en 35.635 casos diagnosticados. Al día siguiente, el 24, se llegaba a los 40.000. Esto fue hace una semana. En sólo siete días se ha más que duplicado. Lo que se ha vivido desde entonces ya casi ni hace falta recordarlo.

Un policía y una enfermera se saludan con el codo, este martes. EFE

En esta semana se ha hecho latente el colapso sanitario, se ha visto cómo Pedro Sánchez endurecía y alargaba el confinamiento mientras que la oposición está a medio camino entre apoyar y exigir. Se ha notado cómo las autonomías se pelean por salvar su parcela, cómo se habilitan hospitales complementarios en Madrid y Cataluña y se crean morgues in extremis en la primera. Cómo salen los militares a la calle, cómo los sanitarios denuncian malas condiciones, las víctimas de maltrato están encerradas en casa con sus agresores y estudiantes de cuarto de carrera tienen que asumir labores de gente que lleva años trabajando en la UCI.

El pasado 26 de marzo, jueves, se superaba los 50.000 contagiados y los 4.000 fallecidos. Este martes, alejando la esperanza, se batía un nuevo récord: 849 fallecidos en 24 horas. En el momento en el que se escribe este reportaje hay 94.417 contagiados y 8.189 fallecidos y en el momento en el que usted lo lee puede que ya haya 100.000 contagiados y 10.000 muertos. Mientras tanto, cada día a las 20.00 horas, los españoles siguen saliendo a sus balcones a aplaudir. Al principio era por la labor de los sanitarios, ahora es un poco por todos nosotros. Sólo cabe preguntar ¿hasta cuándo? y esperar a que la madrileña Gran Vía absolutamente vacía sólo vuelva a ser una escena de Abre los ojos.