Fue presidente del Gobierno durante 14 horas; las más difíciles en la historia de la democracia española. El “¡Quieto todo el mundo!” que Antonio Tejero clamó en el Congreso de los Diputados se tradujo en una frenética actividad en el despacho de Francisco Laína García (La Carrera, Ávila, 1936). “Tenía contacto permanente con el Rey”, recuerda el entonces director de la Seguridad del Estado. “Más que nervios o miedo, sentí una gran responsabilidad”, recuerda este hombre, próximo a cumplir los 80 años, que tiene grabados a fuego en su memoria los nombres y los movimientos de aquella jornada. “El ambiente golpista existía indudablemente, y de alguna manera se sabía -asume ahora, 35 años después-. No en el Ejército en general, pero sí en determinados sectores”. Para Laína, aquel intento de Golpe de Estado que muy cerca estuvo de derrumbar a la incipiente democracia, sirvió para afianzar los cimientos de la Transición.

¿Dónde se encontraba usted cuando Tejero irrumpió en el Congreso?

En mi despacho, en la calle Amador de los Ríos de Madrid, enfrente del restaurante de Jockey. Estaba estudiando un informe con la radio, que retransmitía la sesión de investidura de Calvo Sotelo. En mitad de la letanía de los nombres de los diputados que iban ofreciendo su voto sobre si respaldaban su candidatura, el locutor comentó: “Se observa a unos guardias civiles que están entrando en el hemiciclo. Hay un teniente coronel de la Guardia Civil”.

¿Qué se le pasa por la cabeza?

En ese momento me acordé del teniente general Tejero. Le teníamos considerado como un ultraderechista y ya se le había trasladado de San Sebastián, donde era jefe de la comandancia a Málaga. Allí había tenido enfrentamientos con el gobernador civil. Se le quedó en suspenso de mando directo de tropas y estaba en Madrid. De hecho le había visto en un entierro que se había celebrado por un asesinado por ETA. Entonces hablé con José Luis Aramburu, director general de la Guardia Civil.

- ¿Qué hace este aquí?

- Está a disposición de la dirección general y no tiene cargo ninguno.

- Pues no me hace ninguna gracia verle por aquí.

En la radio hablan de un teniente coronel que da un Golpe de Estado y usted piensa en Tejero.

En la radio cortaron la transmisión porque los golpistas ya presionaron y coaccionaron a los periodistas que había allí. En ese momento me suena el teléfono directo -teníamos una red directa entre las autoridades del país-. Era su Majestad:

- Paco, ¿has oído lo que está pasando en el Congreso?

- Señor, lo acabo de oír por la radio

- ¿Y qué noticias tienes?

- Ninguna, porque se acaba de producir. Pero, por intuición y al oír que ahí hay un teniente coronel, se me va la imaginación hacia el teniente coronel Tejero.

Dio en la diana.

Di en la diana. El Rey me dijo que le tuviera informado. Pusimos en marcha todo el dispositivo.

¿En qué consistió ese dispositivo?

Lo primero era conocer qué estaba pasando en el Congreso. Al oír lo de los guardias civiles, llamé al general Aramburu.

- Oye, José Luis, que me he enterado de esto y que hay guardias civiles.

- Pues me han sacado de la reunión porque me has llamado tú urgentemente y no sé nada. Voy a ver si me informo.

¿Qué hizo después?

A continuación llamé a Manolo Ballesteros, comisario jefe de Información de la Dirección General de la Policía:

- ¿Qué sabes?

- Pues lo que tú me dices.

Al cabo de pocos minutos me llamó y me confirmó que era Tejero. Me dijo que tenía metidos a 150 o 200 guardias civiles y que habían secuestrado al Congreso, a los diputados y al Gobierno. Le pregunté:

- ¿Qué talante tiene él?

- Dice que lo hace por hacerle un servicio a España.

¿Cómo era Antonio Tejero?

Tejero había estado de jefe de la comandancia de la Guardia Civil en San Sebastián y Manuel Ballesteros había estado de jefe superio de la Policía en Bilbao, así que se conocían. Sabía que Tejero era un loco. Entonces, Ballesteros me dijo:

- He intentado razonar, pero no admite razonamiento ninguno. Estoy intentando reunir un grupo de guardias civiles para dirigirme para allá y ordenarle que deponga su actitud.

Cogió unos autobuses y fue allá. Se produjo la escena en la que Aramburu entra en el Congreso y le dice a Tejero que qué locura era esa. Tejero le amenazó y le dijo: “Mi general, ni se mueva de ahí, porque primero le mato y después me pego un tiro”. Hubo momentos de mucha tensión. Pero Aramburu salió y estableció un cordón alrededor del Congreso para aislar aquello, e instaló un pequeño puesto de mando en el Hotel Palace.

¿Qué sentía usted en ese momento? 

Más que miedo o nervios, fue un gran sentido de responsabilidad. Por un lado estábamos estudiando lo que pasaba en el Congreso y lo que podría hacer Tejero. En esas estábamos cuando Milans del Bosch publicó el bando de guerra en Valencia. Lo que hice fue llamar inmediatamente al gobernador civil de Valencia, José María Fernández. Le tenían… retenido es poco. Estaba secuestrado en el Gobierno Civil, vigilado por el gobernador militar, el general Caruana.

¿Llegó a hablar con Milans del Bosch o con Tejero?

Yo hablé con Tejero un par de veces intentando convencerle de que depusiera su actitud. No había manera: no obedecía más órdenes que las de Milans del Bosch. Una cosa estaba liada con la otra. A continuación llamé a los gobernadores civiles, a ver qué pasaba en las capitanías generales. Mientras, estaba en contacto con su Majestad el Rey y con Sabino Fernández Campo [secretario general de la Zarzuela]. Ellos me daban información y yo se la daba a ellos. Sobre las 19.45, tanto el Rey como Sabino me advierten que tuviera cuidado con Alfonso Armada, que sospechaban que estaba metido en todo el tema.

El de Armada es uno de los grandes nombres de la noche.

Indudablemente. “Cuidado con Armada, que está metido hasta las orejas”, me dijeron. Esta frase me la dijo el Rey o Sabino, no lo recuerdo. Hablé con Quintana Lacaci, teniente general de Madrid, para conocer su posición. Madrid era un lugar clave en todo esto. “No te preocupes, director, que tengo una postura muy clara. Porque Franco, en su testamento, nos dijo que apoyáramos al Rey de España, a Juan Carlos I, igual que le habíamos apoyado y defendido a él”. ¡Fíjese a qué conclusiones puede llegar la gente! Quintana Lacaci hizo lo imposible por que no saliera la división acorazada. Se portó de maravilla. Luego, desgraciadamente, los etarras lo asesinaron a la salida de misa. Yo aquel día lloré.

Transcurre la jornada y a las 21.00 se lee un comunicado en el que el Ministerio del Interior le nombraba a usted presidente de un Gobierno provisional.

Aquella noche todos trabajábamos en equipo. En el Ministerio había un equipo de gente muy cohesionada que dirigía Juan Rosón. El subsecretario, Luis Sánchez, me dice:

- Me ha llamado José Terceiro [secretario de Estado en presidencia del Gobierno] proponiendo crear una comisión de secretarios de Estado y subsecretarios.

- Me parece buena idea.

Pero yo no hacía nada sin comunicárselo a la Zarzuela. Y ellos, a su vez, me comunicaban las decisiones importantes y pedían mi opinión. Les llamé y se lo comuniqué.

¿Y qué le dijeron?

Le propuse a Sabino la creación de esta comisión. Me dijo que le parecía interesante, pero que iba a consultárselo al Rey. Cinco minutos después me llamó su Majestad y me dijo que lo respaldaba y que yo lo presidiese, que nos reuniésemos en la Dirección de la Seguridad del Estado. Convocamos a la gente y allí empezamos a funcionar.

Fue entonces cuando emitieron el comunicado a través de TVE: la constitución de un Gobierno en funciones del que usted era presidente.

Redacté el comunicado en el que se informaba de que se constituía la comisión de secretarios de Estado y subsecretarios y que estábamos enlazados con la junta de Jefes de Estado Mayor. Ese comunicado se emitió a las 21.03. TVE, desde más o menos las 20.15, ya estaba libre de la ocupación de los militares que en un primer momento la habían tomado. El mensaje en el que el Rey llamá a la unidad se da a la una y pico de la madrugada. Mucha gente dice: “¿Y qué pasa en esas cuatro horas?”. Las explicaciones más bobas dicen que TVE estaba ocupada y que el Rey andaba mareando. ¡Mentira! Porque a las 21.03 se emitió el comunicado del Ministerio del Interior.

Entonces, ¿qué hacía Juan Carlos I en esas horas?

Los golpistas y otras personas que querían dañar a la Monarquía han dicho, con muy mala baba, que el Rey había estado manipulando o maniobrando, y no oponiéndose al Golpe militar. Lo que de verdad ocurrió es que, durante ese tiempo, el Rey estuvo hablando con los capitanes generales, sabiendo de primera mano cuál era la postura de cada uno de ellos. El Rey no podía salir con un mensaje como con el que salió, de unidad y de tal, y que hubiera dos, tres, cuatro, seis capitanes generales que le dijeran: “Tururú que te vi”. Esa es la razón y el motivo.

Y esas cuatro horas fue las que tardó en hablar con todos ellos.

El último con el que contactó fue con el teniente general Ángel Campano, de la capitanía de Valladolid. Yo sabía por el gobernador civil, que tenía sus informadores en capitanía general, que estaba allí. Pero tardó en dar su opinión al Rey. Hasta que Juan Carlos I no tuvo la seguridad de que todos los capitanes generales acataban sus órdenes, no se hizo público su comunicado. Pero no es que estuviese ocupada TVE durante esas cuatro horas.

Porque la versión de que TVE estuvo ocupada hasta más tarde se ha repetido en varias ocasiones.

Correcto, correcto. Otra mentira que me indignó, porque no fue así, fue el tema del asalto al Congreso de los Diputados. Se ha dicho que queríamos hasta meter gases por los conductos del aire acondicionado para envenenar o intoxicar a los diputados y a los golpistas. Bueno, bueno, bueno…

Volvamos a aquella noche. ¿Qué hizo como presidente de aquel Gobierno en funciones?

Fui al Palace, a un despachito que había a la izquierda. Siempre había tomado la precaución. Como director de la Seguridad del Estado, de no ser demasiado mediático y de no salir en ruedas de prensa. Llegué al hotel y me encontré a unos cincuenta periodistas. Me abrí paso entre ellos y ninguno de ellos me reconoció. Entré en el despacho.

¿Quién estaba ahí? ¿Qué ambiente había?

Me había llamado previamente el entonces gobernador civil de Madrid, Mariano Nicolás, que estaba en el Palace. Aquella noche yo no me fiaba de nadie y estaba con las orejas tiesas. En aquella llamada de teléfono escuché la caída de monedas de un teléfono público.

- Mariano, ¿pero desde dónde me estás llamando?

- Te estoy llamando desde un teléfono público porque en el Palace veo un ambiente que no me gusta. No veo las cosas claras de la gente”.

Fui enseguida hacia allá.

¿Qué se encontró en aquel despacho del Palace?

Estaban varias autoridades, como Aramburu, y dos o tres tres generales de la Guardia Civil que me miran de muy mala manera. Al ver el ambiente, los eché. “Aquí hay mucha gente y esto no es para estar aquí de tertulia. Ustedes, fuera”, dije.

Y se pusieron manos a la obra.

Analizamos la situación. El pobre Aramburu me contó con detalle su enfrentamiento con Tejero. Se tomó la decisión de consultar unos planos del Congreso para ver si a través de algún sitio los GEO podían entrar. Nada. Todo estaba blindado. Nos enteramos por el ayudante del presidente de Adolfo Suárez dónde estaban apartados aquellos diputados que habían sacado del hemiciclo [Adolfo Suárez, el ministro de Defensa Agustín Rodríguez, los socialistas Felipe González y Alfonso Guerra, y el líder del Partido Comunista, Santiago Carrillo]. No había forma de llegar hasta allí, ni con explosivos. Se desistió de intentar algo así.

Mientras tanto, Tejero...

Nos interesaba que Tejero supiese que estábamos tramando algo. Y sabía que la noticia le iba a llegar. Para que no estuviese tan tranquilo. Tuvimos el asesoramiento de un catedrático de Psicología, José Luis Pinillos, quien nos aconsejó sobre el comportamiento que debíamos tener con Tejero a la hora de irle cortando los teléfonos. Nos dijo que no convenía que le dejáramos aislado de una manera drástica y que fuésemos poco a poco, como así sucedió. Tejero hizo las últimas llamadas desde el teléfono del coche del presidente del Gobierno.

Entre tanto movimiento, hay que destacar el papel que jugó Alfonso Armada.

Lo que está claro es que él, desde meses anteriores al 23-F, estuvo propiciando una acción de ese tipo. Andaba rondando en el tema de un Gobierno de concentración al margen de lo que era normal en la Constitución. Tenía muchos años de contacto con el Rey y fue nombrado segundo Jefe del Estado Mayor del Ejército, lo que le permitió mantener alguna serie de contactos como los que mantuvo con Milans del Bosch, con el coronel San Martín -que había sido jefe de los servicios de espionaje en la época de Carrero Blanco-, etc. Había una serie de personas que estaban enredando.

¿Cómo se enteraron de su implicación en el Golpe de Estado?

Tejero tenía contacto directo con García Carrés [dirigente del Sindicato Vertical durante el régimen de Franco] y teníamos intervenido el teléfono. Hablaban de él y de lo que iba planeando. Llegó el momento en el que di la orden de detención de Carrés, pero pedí que no se hiciese público y que se quedasen algunos policías en su casa para seguir manteniendo el contacto telefónico con Tejero.

Llega el momento en el que usted se reúne con Armada.

Armada le hace la propuesta a Tejero de asumir la presidencia del Gobierno. Éste no acepta y le echa de mala manera del Congreso. Le dije a Mariano Nicolás que quería hablar con Armada y me lo trajo al despacho. Me contó la conversación que había tenido con Tejero, pero no contó que le había propuesto asumir la presidencia del Gobierno: “Se ha vuelto loco -me dijo, sobre Tejero-, está enloquecido y no he podido llegar a un acuerdo con él”. Y después añade: “El Rey se ha equivocado. Esto es un asunto entre militares y lo tenemos que resolver los militares”. Entonces me indigné, porque de alguna manera me sugería, sin decírmelo claramente, que yo di la orden a la Guardia Civil y a la Policía de que apoyasen la situación que se había creado.

¿Qué le respondió usted?

Le dije: “Dices que esto es un asunto entre militares. ¿Quién es tu jefe? ¿Quién es el capitán general de los Ejércitos? ¡El Rey! ¿Qué ordenes te está dando el Rey? A mí, en la milicia universitaria, vosotros me enseñasteis que al jefe se le sigue hasta la muerte, y que las órdenes que está dando el Rey es de que se retiren las fuerzas de Valencia, de que salga Tejero del Congreso de los Diputados y de que se termine esa locura”. Me puse muy duro, muy taxativo. Le vi que de alguna manera se venía abajo. Nos sentamos, porque estábamos en pie y nos tomamos un café. La intentona de Armada era ser él presidente del Gobierno y que el Rey lo aceptase, que los diputados también… ¡Una locura!

Armada fue juzgado después por aquellos movimientos.

Inicialmente me molestó, aunque con el paso de los años vi que fue una decisión acertada, que no se extendieran las investigaciones a otros militares por su actuación en el 23-F. Si hubieran salido más implicaciones, es probable que el Ejército hubiera quedado dividido. La Justicia militar abrió el procedimiento y juzgó a lo menos que se podía juzgar.

Para no provocar ese cisma.

Correcto, correcto. Lo que hizo muy bien Leopoldo Calvo Sotelo fue recurrir la sentencia del consejo de guerra al Tribunal Supremo, sacando el tema de la jurisdicción militar. El TS agravó algunas penas, como las de Milans del Bosch y la de Armada.

Cuando los guardias civiles por fin abandonan el Congreso y los diputados abandonan la Cámara...

Se ha comentado en libros que yo me entrevisté con Adolfo Suárez a la salida del Congreso. Mentira. El presidente fue a la Zarzuela y yo, a la Moncloa, porque me lo pide el ministro del Interior, Juan Rosón: “No sabemos nada. Vente para acá y nos informas”. Estaban en una salita.

¿Sabe cómo fue el encuentro entre Suárez y Juan Carlos I?

Adolfo llega allí y le pide perdón al Rey, creyendo que Armada había tenido una intervención decisiva para terminar con el tema del Golpe y por haber desconfiado de él. Pero el Rey le dijo: “No, no. Tú llevabas razón, Alfonso Armada está metido en el asunto y está implicado”.

Volvamos a la Moncloa, donde estaba usted.

Mientras eso ocurre en la Zarzuela, yo estoy en Moncloa con Gutiérrez Mellado, Rodríguez Sahagún, Juan Rosón… algunos ministros. Yo les cuento que uno de los implicados era Alfonso Armada. No se lo quería creer ninguno, lo veían como un hombre del Rey. Tras un rato contándoles la situación, se abre la puerta y entra Adolfo Suárez. Y dice: “Alfonso Armada. El Rey me ha dicho que estaba implicado”.

Tuvo que llegar Suárez para que se convencieran.

¡Claro! A continuación me dijo el presidente: “Pasa al consejo de ministros que se celebra una reunión e informas”. E informé. Y después me dice: “Esta tarde también hay reunión de la Junta de Defensa Nacional y tú también te incorporas”. Preparé unas notas y me llevé una de las cintas que habíamos grabado a García Carrés en la que quedaba muy claras las vinculaciones de Armada.

¿Cómo fue aquella reunión?

Se celebró sobre las cinco y media de la tarde. Estaban el ministro de Defensa, el presidente del Gobierno, el del Interior, jefes de los Estados Mayores del Ejército, el capitán general de Madrid… Informo de los datos que tenía. Y cuando el Rey oye lo que se dice en la cinta entre García Carrés y Tejero, el hombre se pone la mano en la frente, se tapa los ojos, se echa mano a un pañuelo y se seca las lágrimas. Al tener la certidumbre de que le ha traicionado Armada.

Fue entonces cuando también asumieron que el Golpe de Estado había fallado.

A pesar de que todo el mundo se ha querido poner o atribuir actuaciones, fueran ciertas o no, la realidad es que el Golpe lo resuelve el Rey con la postura que mantuvo desde el primer momento. En ningún momento dudé de ella. Y en segundo lugar, la defensa de democracia de la Junta de Jefes del Estado Mayor: de Tierra, Mar y Aire. Quien resuelve el Golpe no es la Policía, ni la Guardia Civil, ni las autoridades civiles… es el Rey respaldado por las Fuerzas Armadas. Luego hubo colaboración de mucha gente. Milans del Bosch sacó los tanques a Valencia diciendo que las fuerzas democráticas se habían echado a la calle y que había que poner orden. Temíamos que otras autoridades militares imitasen a Valencia, y pedimos a los sindicatos que no saliesen, que no convenía que la gente clamase por la defensa de la democracia. Ahí también colaboraron los medios de comunicación.

¿Estos acontecimientos sirvieron para refrendar los valores democráticos?

Indudablemente.

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