Llevo décadas contando esta semana. Primero lo hacía mediante un correo electrónico enviado a amigos y colegas; después llegó un blog y durante un tiempo la semana de los Nobel coincidía con una comisión de evaluación científica a la que pertenecía.
En este último caso, entre evaluación y evaluación, organizaba una porra con los miembros de la comisión. Enviábamos candidatos, discutíamos méritos y, cuando Estocolmo pronunciaba los nombres, comprobábamos quién había acertado. Evaluábamos la ciencia española mientras intentábamos adivinar a quién consideraría Suecia digno de la eternidad.
Debo decir que hay maneras peores de pasar una mañana burocrática. Pero eso fue hace mucho. Desde hace algunos años esta columna ocupa aquel lugar.
Octubre llega, comienzan las llamadas telefónicas desde Estocolmo y yo vuelvo a escribir sobre los Nobel con la misma curiosidad de antaño.
No contaré otra vez la historia de Alfred Nobel, la dinamita, el testamento y los premios. Tampoco explicaré por qué no hay Nobel de Matemáticas. Circulan tantas leyendas sobre novias, amantes y matemáticos que casi resultaría descortés estropearlas admitiendo lo único seguro: nadie conoce realmente la razón.
El lunes se anunció el de Medicina y Fisiología, fue un premio particularmente hermoso. Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel fueron los agraciados por sus descubrimientos sobre los canales iónicos activados por luz y el desarrollo de la optogenética.
La historia comienza con algo aparentemente pequeño: un alga unicelular que sabe nadar hacia la luz. Hegemann quería comprender cómo lo hacía y, junto con Nagel y otros investigadores, acabó identificando las canalrodopsinas capaces de convertir la luz en una señal eléctrica. En 2003, Nagel y sus colaboradores describieron a la channelrhodopsin-2 como un canal catiónico directamente activado por luz.
Dos años después, Deisseroth y su equipo demostraron que aquella proteína podía introducirse en neuronas y permitir controlar su actividad mediante pulsos luminosos de milisegundos. De la curiosidad por saber cómo nada un alga nació una herramienta capaz de preguntarle al cerebro qué neuronas participan en el miedo, la memoria, el movimiento o el placer.
La ciencia tiene estas insolencias. Alguien estudia una criatura verde que persigue fotones y, años después, cientos de laboratorios iluminan neuronas para comprender el cerebro.
También me gusta imaginar la llamada. Deisseroth había estado trabajando hasta tarde en un artículo y acababa de acostarse cuando sonó el teléfono; Georg Nagel confesó después que pensaba que aún era demasiado pronto para que la optogenética recibiera el Nobel.
Dicen que Estocolmo tiene una forma peculiar de alterar el sueño.
El martes llegó la Física y con ella uno de esos experimentos que parecen haber sido concebidos por Julio Verne después de estudiar partículas elementales.
Francis Halzen —en solitario— es el Nobel de este año por sus contribuciones decisivas al observatorio IceCube y la descripción de neutrinos de alta energía procedentes del cosmos.
Los neutrinos son partículas que atraviesan nuestro cuerpo constantemente, casi siempre sin dejar huella. Para atraparlos hubo que convertir aproximadamente un kilómetro cúbico de hielo del Polo Sur en un gigantesco detector, introducir miles de sensores a kilómetros de profundidad y esperar a que alguno de esos mensajeros invisibles del universo "decidiera" interactuar con la materia.
IceCube consiguió detectar neutrinos de enorme energía y con ellos abrió otra manera de observar el cosmos. Podemos mirar el universo mediante luz, ondas gravitacionales y también mediante esas partículas fantasmales que cruzan galaxias, planetas y personas con admirable indiferencia.
La mejor anécdota la proporcionó el propio Halzen después de recibir la llamada. Mirando hacia atrás, dijo que lo más sorprendente era que hubieran conseguido financiación para construir aquello. Cualquier científico que haya escrito un proyecto excesivamente ambicioso reconocerá la emoción contenida en esa frase.
Quizá ese sea el pequeño milagro detrás de muchos Nobel: antes de demostrar que una idea funciona, alguien tuvo que creer lo suficiente en ella como para pagarla.
El miércoles fue el turno de la Química. Henri B. Kagan y Kenso Soai recibieron el premio por descubrir efectos no lineales y autocatálisis en la síntesis orgánica asimétrica, una formulación que puede vaciar cualquier conversación familiar en treinta segundos, mas esconde una de las preguntas más bellas de la química: ¿por qué la vida eligió una mano?
Muchas moléculas existen en dos formas que son imágenes especulares, como nuestras manos. Tienen los mismos componentes y, sin embargo, una mano izquierda jamás encaja exactamente en un guante derecho.
En biología esa diferencia importa: aminoácidos, azúcares y medicamentos pueden comportarse de manera distinta dependiendo de su orientación espacial.
Kagan mostró cómo pequeñas diferencias iniciales podían amplificarse en reacciones asimétricas. En 1986, junto con sus colaboradores, publicó un trabajo ya clásico sobre esos efectos no lineales.
Soai llevó la historia todavía más lejos. En 1995 publicó en Nature una reacción de autocatálisis asimétrica donde una pequeña preferencia inicial podía amplificarse enormemente: la molécula favorecía la producción de más moléculas con su misma orientación.
Era una pista experimental para una pregunta que acompañaba a la química desde siempre: ¿cómo pudo surgir la homoquiralidad característica de la vida?
Dicen que cuando Estocolmo llamó a Soai para decirle que había ganado, estaba haciendo la compra en un supermercado cerca de su casa.
Reconozco que me gusta ese detalle porque devuelve la ciencia a su escala humana: puedes dedicar medio siglo a intentar comprender por qué la materia escoge entre izquierda y derecha y enterarte del Nobel mientras eliges qué llevar para la cena.
Tres premios y tres historias muy diferentes comparten algo que solemos olvidar cuando hablamos de excelencia científica. Ninguno nació de una pregunta formulada para obtener inmediatamente un producto rentable. Esto no se suele entender, diría que nunca se entiende.
Un alga que busca la luz, una partícula que atraviesa la Tierra y unas moléculas que prefieren una orientación parecen preguntas destinadas a investigadores con demasiado tiempo. Ergo, conviene desconfiar de quienes exigen a la ciencia que explique de antemano para qué servirá cada descubrimiento.
La utilidad suele llegar después. A veces tarda décadas y otras aparece donde nadie había pensado buscarla.
El jueves tocó a la señora Literatura. Entonces nos enteramos que Anne Carson es la premiada de este año. Según la Academia "por su obra audaz e inventiva que, en un diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea".
Carson conoció la noticia en Islandia "escuchando el viento", lugar desde donde está evitando entrevistas y llamadas.
Para el final de la semana, La Paz, quizá el Nobel obligado a convivir con la mayor distancia entre lo que deseamos del ser humano y aquello que el ser humano suele hacer.
Muchas han sido las veces que ha recaído en asociaciones, pero esta vez tuvo nombre propio: Navanethem 'Navi' Pillay, jurista sudafricana que combatió el apartheid desde los tribunales y ayudó después a construir la justicia internacional, desde Ruanda hasta Naciones Unidas.
El Comité Nobel la premia por sus esfuerzos en favor de la paz y el derecho internacional. Hay cierta poesía en recordarlo ahora: cuando las armas hacen tanto ruido, se decide premiar a quien pasó una vida defendiendo que incluso la guerra debe responder ante la ley.
Sé que todavía quedará el lunes. Entonces se anunciará el Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel, ese pariente incorporado a la familia en 1968 y siempre bastante cercano a las Matemáticas, quizá para compensar parcialmente aquella ausencia cuyo motivo seguimos sin conocer.
Cada octubre repetimos el rito: esperamos nombres, discutimos ausencias y descubrimos que algunos científicos a quienes considerábamos eternamente jóvenes tienen ya edad de Nobel.
Después regresamos al laboratorio, a los estudiantes, a los artículos rechazados y a las convocatorias que vencen. Y, en mi caso, también a revisar las correcciones de mi próxima novela.
Los Nobel poseen todos los defectos de cualquier intento de reducir una empresa colectiva a unos pocos nombres. También conservan algo hermoso: durante una semana hacen que el mundo hable de algas, neutrinos, moléculas, novelas y paz.
No es poca cosa. Afuera siguen pasando demasiados sucesos, no obstante, todavía conseguimos escuchar cómo piensa la humanidad.