Cada semana, quienes trabajamos en ciencia recibimos algún correo prodigioso. Una academia nos invita a convertirnos en miembros o un congreso asegura que nuestra presencia sería un honor para la humanidad.

Al principio uno se siente importante durante unos siete segundos. Después mira la dirección del remitente, descubre tres faltas de ortografía y recuerda que el premio Nobel todavía no se entrega por correo masivo.

La broma pierde gracia cuando la apariencia empieza a ser impecable. Nature publicó recientemente una investigación sobre una red de sociedades científicas que habría utilizado prácticas engañosas para engordar sus listas de miembros y construir una reputación internacional que, en varios casos, no resistía una comprobación elemental.

La historia comienza con científicos de prestigio que descubrieron que pertenecían a academias desconocidas. Algunas organizaciones habían incluido nombres sin una aceptación clara; otras anunciaban relaciones con instituciones consolidadas que dijeron a Nature no conocer tales acuerdos. También aparecieron fotografías de edificios y reuniones modificadas digitalmente.

El decorado era formidable y todo estaba dispuesto para resultar convincente. Había páginas elegantes, consejos llenos de apellidos respetables, ceremonias, diplomas y nombres capaces de sonar a institución centenaria, aunque su biografía real fuera bastante más corta.

Una de esas sociedades anunciaba, según la investigación, un doctorado virtual por 10.000 dólares y un programa posdoctoral por 2.000. Nature encontró además consultoras que ofrecían ayuda para entrar en algunas de estas organizaciones, aunque no pudo establecer si existía relación entre esas empresas y las sociedades investigadas.

La persona vinculada a varias de ellas negó que fueran organizaciones mal gestionadas y atribuyó algunos nombres utilizados sin consentimiento y ciertas imágenes manipuladas a errores administrativos o fallos técnicos. Nature señala que esas explicaciones no encajan con el patrón y la cronología de varias irregularidades que documentó.

Hasta aquí podríamos pensar que estamos ante otra variante del viejo timo: fabricar una fachada respetable y cobrar por entrar. La parte menos divertida es que más de treinta universidades e instituciones publicaron comunicados celebrando la incorporación o los premios de sus investigadores en algunas de esas entidades; varias corrigieron o retiraron los textos cuando Nature preguntó por ellos.

La escenografía, por tanto, funcionó y lo hizo incluso en lugares acostumbrados a evaluar credenciales. Ese detalle debería preocuparnos.

La ciencia vive de la duda, mas la comunidad científica necesita confianza para existir. Confiamos en que un artículo ha pasado por la revisión que declara, que una afiliación significa lo que dice, que un congreso reúne a quienes anuncia y que una sociedad posee algo más que un dominio de internet, un logotipo y una cuenta bancaria.

Ese pacto es frágil.

En 2019, varios especialistas describieron en Nature las publicaciones depredadoras mediante rasgos como la información engañosa, la falta de transparencia y prácticas que priorizan el interés propio a costa de la ciencia. La estafa cambia de traje, sin embargo, la lógica resulta familiar.

Antes fueron revistas que publicaban casi cualquier manuscrito a cambio de una factura. Después aprendimos a reconocer congresos cuya principal actividad científica parecía consistir en cobrar la inscripción. En 2026, Nature describió bases de datos con miles de anuncios que ofrecían autorías científicas como si fueran plazas en un vuelo low cost.

Ahora llegan también sociedades capaces de vender prestigio empaquetado. La inteligencia artificial facilita un salto importante: redactar correos convincentes, fabricar páginas pulidas, crear imágenes verosímiles y multiplicar identidades cuesta cada vez menos.

Aquí conviene no culpar a la herramienta y absolver al sistema. Nature recuerda que el peso excesivo de títulos y honores en la carrera académica puede favorecer este negocio; nuestra obsesión por publicaciones, citas, premios y siglas proporciona un escaparate perfecto.

Cuanto más larga la lista, mejor parece el científico. Ergo, si existe demanda de prestigio, tampoco sorprende que aparezca una oferta de prestigio sintético.

El problema no afecta únicamente al ingenuo que paga por un diploma. Cuando una universidad celebra un honor sin verificar quién lo concede, presta su escudo a la ficción; cuando un investigador acepta una distinción dudosa porque luce bien en el currículum, ayuda a que gane solidez.

Y luego está quien hace las cosas bien.

El joven investigador que tarda años en publicar un trabajo sólido, participa en una sociedad real, revisa artículos sin cobrar y construye lentamente una reputación comparte escaparate con quien encuentra atajos.

Nature advierte de otro riesgo. Estas sociedades pueden dirigirse a investigadores al inicio de su carrera, cuando pertenecer a una comunidad profesional, conseguir mentores y reunir méritos pesa especialmente; responder cerrando todas las puertas a lo desconocido dañaría también a quienes más necesitan esas oportunidades.

La solución tampoco exige convertirnos en detectives privados. Basta recuperar una costumbre bastante científica: comprobar quién dirige la sociedad, dónde está registrada, cómo elige a sus miembros, qué actividades mantiene y qué dicen de ella investigadores independientes.

Cinco minutos de curiosidad pueden ahorrar un diploma precioso para enmarcar y bastante difícil de explicar después. Las universidades podrían hacer la misma comprobación antes de lanzar una nota de prensa.

Si exigimos seis firmas para comprar una pipeta —algo que sufrimos en España—, quizá podamos dedicar un rato a verificar la academia internacional que acaba de convertir a uno de nuestros profesores en eminencia planetaria. La burocracia científica descubriría así, por una vez, una aplicación verdaderamente útil.

Hay una ironía final y no es menor. La ciencia construyó uno de los mejores métodos que conocemos para desconfiar de las apariencias: preguntar, buscar pruebas, contrastar fuentes y aceptar que una afirmación puede derrumbarse si los datos no la sostienen.

Resultaría triste olvidar ese método precisamente cuando alguien viene a decirnos lo extraordinarios que somos. Quizá el engaño académico más eficaz no sea el que aprovecha nuestra ignorancia, sino el que sabe acariciar nuestra vanidad.